Nicaragua, Sede de la Paz en Centroamericana

Submitted by tortilla on Lun, 04/12/2017 - 17:42

Edwin Sánchez, 2 de diciembre 2017

En estos días, los países de Centroamérica se enfrentan sin fusiles, ni cañones, ni aviones de combate. Las “trincheras” son el Complejo de Piscinas Olímpicas Michele Richardson, el ring, las canchas, el campo, el Estadio Nacional Dennis Martínez, las universidades y el Polideportivo Alexis Argüello.

Es la competencia de la habilidad y el músculo, la destreza y la pasión,  y la posibilidad de subir al estrado a obtener las preseas de oro, plata y bronce.

Son luchas donde los participantes ganarán la principal medalla: ser emisarios de la concordia, porque el deporte es una de las principales herramientas para decirle, en palabras de Hemingway, y con la letra viva de nuestra realidad nacional, “adiós a las armas”.

Nicaragua exhibió, en tiempo record, la magnitud de sus facultades y energías para contar con las necesarias instalaciones olímpicas a la altura de los XI Juegos Deportivos Centroamericanos. Pero no se quedó solo en lo funcional, sino que los atletas, los periodistas, los turistas, podrán comprobar el valor agregado de la majestuosidad de estos palacios del deporte.

Nuestro país, de acuerdo al presidente del Comité Olímpico Nicaragüense, Emmett Lang, ya había asumido el reto para 1990. Entonces, igual que en la actualidad, contaba con el apoyo del presidente de la República, comandante Daniel Ortega. Mas ya conocemos lo ocurrido. Así llegaron otros gobiernos de fin de siglo y de la nueva centuria, empero, el evento continuó en el círculo de espera, hasta hoy.

El Sandinismo demostró sus capacidades plenas para asumir desafíos mayores que, para el tamaño de nuestra economía y otras limitaciones estructurales –y sobre todo mentales– heredadas, colindan entre las fronteras del tal vez y lo imposible.

Solo para que existiera un espléndido Estadio como el Dennis Martínez, debieron pasar siete décadas. Ningún otro poder, que no sea el Sandinista, se atrevió a erigir esta monumental construcción que se constituye en el más colosal parque de pelotas de América Latina. Y no sólo eso: también erigió el Complejo Michele Richardson y el Polideportivo que lleva el nombre de Alexis.

No hay registro, en los anales nicaragüenses, que algo así haya sucedido antes del Frente Sandinista, ni por partes, ni mucho menos simultáneamente. Y, esto, a propósito de marcas difíciles de tumbar, hace la diferencia entre el pensamiento subalterno –fabricado a la medida de la metrópolis de que Nicaragua es un “paisito”, una “república bananera”– y la nación concebida por Rubén Darío: la patria soñada en grande que amanece con acontecimientos del tamaño de ser la

Sede de la Paz en Centroamérica.

Tampoco, nunca antes, se había tomado en serio la articulación vial del país, y con las mejores carreteras del istmo y más allá. Estas modernas arterias acercan en asunto de horas el Pacífico con el Caribe, la otrora abandonada tierra, tan desconocida por los gobiernos anteriores que la llamaban “Costa Atlántica”, llevándose por delante, de un plumazo, el mapa y la riqueza cultural, étnica e histórica de sus gentes.

Colombia, Venezuela, Cuba, Puerto Rico, Jamaica, en fin, todos eran del Caribe, menos nuestros hermanos y hermanas de Bilwi, Bluefields, Corn Island, Laguna de Perlas, San Juan del Norte…, hasta eso les habían arrebatado: el privilegio de ser caribeños.

Ruptura con el atraso

El Gobierno Sandinista exhibe el potencial del ser nicaragüense: cuenta con los talentos para emprender y construir metas superiores. Se ha pulverizado así el antivalor tan arraigado en la mentalidad neocolonial –llevado a niveles de Estado y otros ámbitos– del no-se-puede.

Es evidente que el Sandinismo eleva como referente el plantearse proyectos de envergadura que tengan una ejecución eficiente, durable y a la vez, estética. Con estas magníficas infraestructuras se acabó también aquella pésima costumbre de la mediocridad que, para desgracia del país, esculpió en buena medida nuestro pasado: hacerlo-todo-a-la-carrera.

Eran tiempos de repetición, remiendos, reciclajes, maquillajes, parches… en fin, aquello que pudiera comunicar a los nicaragüenses que estaban hechos –y deshechos– para el estancamiento. ¡Filosofía hueca y democracia de papel!

Hemos padecido de “líderes” que veneraron y reverencian el atraso. Resulta  obvio que una República con mayúscula no funciona de esa lastimosa manera, pero nos lo hicieron creer así desde la Colonia: solo los otros, nunca nosotros, pueden hacer con excelencia  cualquier cosa que se propongan.

La época, larga, casi inacabable, en que la elite reflejaba sobre la sociedad su subdesarrollo congénito, cuando éramos entrenados para el entumecimiento, para admirar lo ajeno allende las fronteras, exaltar a cualquiera, menos al “nica”, peor, al “indio”, llegó a su fin. Que haya sido el Sandinismo el causante, aunque para una minoría sea insoportable, ya estuvo de Dios.

Los Juegos Deportivos son una prueba irrefutable de la estabilidad nacional, de la seguridad ciudadana, del tesón pinolero emprendedor, y de que la paz bien administrada es un activo invaluable que se irradia hacia Centroamérica.

Nicaragua ya no podía seguir dando vueltas en el mismo desierto y viendo hacia atrás como la mujer de Lot. Sin embargo, hay quienes prefieren mirar arruinada a la nación antes que admirarla en las sendas del éxito con el Sandinismo y los hombres y mujeres de buena voluntad. Son los rescoldos de la vieja historia, pues aún hoy, como lo denunció Rubén Darío, “fraternizan los Judas con los Caínes”.