REGION : Padre Miguel D'Escoto Brockmann - Mis 50 años de sacerdocio

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Miguel d’Escoto Brockmann, M.M., 10 de junio de 2011

Palabras del Padre Miguel D'Escoto Brockmann en la ocasión del 50 aniversaio de ser sacerdote.

La mañana que comencé a escribir estas anotaciones para compartirlas con ustedes hoy, tratando de recordar lo que ha sido mi vida, mi pensamiento se fue metiendo en algo que solo los mortales comprendemos: el tiempo. En la inmortalidad solo hay presente – para Dios no hay pasado ni futuro. Pero, para nosotros, la vida está toda segmentada en trozos que llamamos tiempo.

A veces me parece que todo el tiempo de mi vida ha pasado tan rápido como una chispa que salta del fogón, como luciérnaga o quiebraplata. Pero, otras veces, reflexionando en tantas cosas que han pasado, me parece que mi vida no ha sido, en realidad, tan breve; que ya dura bastante; más de lo necesario. Siento ansias de atemporalidad, de mudar, ya para siempre, este enclenque caparazón que me ha servido muchos años y por el cual estoy agradecido, pero que ahora siento, más bien, que me aprisiona.

Anhelo solo vivir en estado permanente de oración, de ofrenda al Padre celestial, por la paz y la solidaridad mundial. Convertido en crisol, ardiendo con el fuego de su divino corazón, ayudando así a purificar las intenciones y agendas de este mundo para que sean únicamente aquellas que nuestra fidelidad a Jesús nos impone y que, concretamente hoy, aquí y ahora, en esta mi querida Nicaragua, en los albores del Siglo XXI, implica seguir, con toda el alma, tras los objetivos del Frente Sandinista, en la ruta tan sabia y generosamente señalada por Daniel.

No estoy queriendo yo apartarme de la lucha que he vivido hasta hoy, y que ha sido la razón de mi existencia. Es, más bien, que quisiera cambiarme de trinchera. Pero sabré esperar el tiempo que mi Señor atemporal decida. Le pido que me colme de paciencia y de esa humildad, que hoy, más que nunca, siento necesitar para no sentir que mis inquietudes son irrelevantes necedades de un anciano impertinente.

Cuando estoy solo y, especialmente si es muy de mañanita, suelo caer en este tipo de disquisiciones metafísicas. Ustedes me perdonarán. Pero entre tantas otras bondades, la metafísica sirve para limpiar el panorama sobre el que reflexionamos. Como que ayuda a barrer todo lo superfluo, para que quede solo lo esencial. En el caso de esta mi disquisición introductoria, lo que me va quedando absolutamente claro es que, en mi vida, lo único real y verdadero es, y ha sido siempre, mi Señor Jesús, de quien nunca me debo distanciar ni un solo instante.

Con este trasfondo introductorio quiero compartir con ustedes, muy brevemente, lo que ha sido mi vida.

Mis padres fueron personas de mucha fe y de gran amor a Jesús y a María. Nuestras oraciones vespertinas, que incluían el santo rosario, fue siempre algo que hicimos todos juntos, en familia. En mi casa, desde muy niño, me acostumbré a ver a mi papá recibiendo visitas de obispos, sacerdotes, Hermanos Cristianos de La Salle, monjas y, a veces, también seminaristas. Una hermana de mi papá era monja de la Asunción, Madre Amanda, dos primas mías también son monjas de la Asunción y una hermana de mi abuelita Conchita, la mamá de mi papá, era monja Belemita a quien, de vez en cuando, viajábamos a visitar a Jinotepe.

Creo que, desde el inicio de mi vida consciente, Dios fue una realidad sumamente importante para mí. Pero ese fuego, ese inmenso y apasionado enamoramiento con mi Dios, es algo que empecé a sentir solo cuando ya tenía cinco años. No sé cómo sea ahora pero, en aquellos tiempos, era necesario tener siete años cumplidos para recibir la primera comunión. Mi hermana Rita, aunque solo tenía seis años, empezó a prepararse para su primera comunión que sería el 8 de diciembre de 1938, precisamente el día en que ella cumpliría sus siete años.

Recuerdo, como si fuera hoy, lo ansioso que esperaba su retorno de las clases preparatorias para su comunión. Le pedía que me lo contara todo, sin omitirme nada, pues para mí era todo eso lo más lindo que jamás había oído y escuchado. Después lo comentábamos y tratábamos de encontrar consecuencias prácticas que de esas maravillosas enseñanzas se desprendían ineludiblemente. Así fue que se nos ocurrió, una vez, pedir a la cocinera que, sin contarle a nadie, todos los días cocinara un poco más de arroz, frijoles, sopa, o lo que fuera, para compartir con gente pobrecita que pasaba pidiendo limosna por la casa.

Ya como al mes de estar en esa rutina en que mi hermana Rita, o Tuty, como yo la llamo, me repetía todo lo que le decían en las clases de catecismo, le sugerí que, para que no tuviéramos que perder tiempo repitiendo lo que a ella le decían, me consiguiera permiso con Madre Francisca, la superiora de la Asunción, para que me permitieran asistir a las clases como oyente.

La respuesta fue afirmativa, aunque dejando bien claro que, como yo solo tenía cinco años, no recibiría la comunión con los demás. Pero cuando ya se aproximaba la fecha de la comunión, olvidándome de lo acordado, yo insistí mucho en que también a mí me gustaría recibirla.

Para lograr eso tuve que ir, nada menos, que donde Monseñor José Antonio Lezcano y Ortega, el primer Obispo de Managua, tío abuelo de Daniel, con quien él compartiera, muchos años después, el desayuno, una vez terminada la misa dominical en Catedral, con doña Lidia y don Daniel. Frente a Monseñor Lezcano, vestido de pantalones cortos, y con solo mi papá presente, la verdad es que yo me sentía muy a gusto y bien contento, respondiendo las preguntas del anciano y querido Monseñor, a pesar de que, por una ingenuidad e ignorancia, nada raras en el clero, él había impartido su bendición a los marines gringos que perseguían a Sandino en la montaña. Pero, por el momento, me sentía bien con él, nada de nerviosismo de mi parte. Solo recuerdo que las rodillas y los codos aun me ardían, pues a mi papá se le había ocurrido darme una buena bañada con mucho jabón y paste, diciéndome que yo no debía presentarme ante el Señor Arzobispo de Managua con codos y rodillas tan curtidos de tierra.

Eso era consecuencia de que yo me mantenía en el jardín de mi abuelito, que en diciembre ya era polvoriento, corriendo tras las gallinas, los patos, los perros, los venados y cuantos otros animales allí habían. Monseñor Lezcano terminó dándome el permiso que yo solicitaba y, rompiendo todo protocolo, de lo cual yo no sabía nada en ese entonces, solo recuerdo que corrí a darle las gracias con un gran beso y un abrazo.

La misa de mi primera comunión, a petición de mi papá, fue celebrada en la capilla del colegio de la Asunción, frente al Parque Central de Managua, por el Padre Ángel Martínez y el acólito fue, nada menos, que el Hermano Antonio Garnier, director del Instituto Pedagógico de La Salle y también un amigo a quien mi papá admiraba y quería mucho.

Al hacer estas anotaciones me doy cuenta, por primera vez, que los hilos de mi vida y los de Daniel se vienen cruzando desde antes que él naciera, no solo por nuestro amor a Jesús, a Sandino, a Zeledón y Morazán sino que, además, por nuestras distintas, pero importantes, relaciones con Monseñor Lezcano. Al decir esto, no estoy queriendo, para nada, compararme con Daniel, el más grande estadista y patriota con quien Dios ha bendecido a Nicaragua. Yo no soy, ni he aspirado nunca, a ser más que su inclaudicable, fiel y humilde servidor, como corresponde a un seguidor de mi Señor, Jesús de Nazaret, ordenado para ser voz de los desposeídos y marginados en este mundo tan carente de solidaridad y llamar a todos a la fraternidad y reconciliación.

Durante toda mi vida de estudiante mi amor a Jesús siguió siempre creciendo. Los hermanos de La Salle fueron los encargados de toda mi escolaridad, primaria, secundaria y universidad. Recuerdo todos esos años con mucha alegría, amor y gratitud a todos esos hijos de San Juan Bautista de La Salle en quienes, sin excepción alguna, yo siempre vi el reflejo de Jesús y me inspiraban a querer llegar a ser yo como ellos.    

Permítanme retroceder un poco para contarles sobre un incidente que ocurrió cuando apenas tendría yo unos siete años. Es algo que se grabó en mi mente para siempre. Nosotros vivíamos en lo que era entonces las afueras de Managua. Más allá del puesto de policía donde uno se reportaba al salir de la ciudad y al volver a entrar. Nuestra quinta tenía como cinco manzanas de parques, hortalizas, gallineros y hasta dos manzanas de potrero donde pasteaban, y se ordeñaban todas las mañanas, dos vacas mucas para la leche del desayuno.

Siendo llevados por Toño, el conductor, a misa de 7:00 un domingo por la mañana, cuando Managua apenas empezaba a despertar y el hielo de la mañana tropical aun no se había disipado totalmente, pasamos, como de costumbre, por el Club Terraza –el club privado de la burguesía del cual mi papá fue varias veces presidente. En la acera del club, a esa hora todavía estaban los barriles llenos de sobras de los banquetes de la noche anterior. Siempre veía gente embrocada sobre los barriles en busca de algo para comer y llevar a sus casas.

Ese domingo le pregunté a mi mamá que por qué la gente estaba haciendo eso. Me respondió lo obvio: porque tienen hambre. Entonces recuerdo que yo le seguí preguntando ? ¿Por qué tienen hambre, mamá? Y su respuesta no pudo haber sido más contundente: “Tienen hambre porque no es cierto que nosotros seamos tan cristianos como nos creemos, solo porque vamos a misa y rezamos. Nicaragua y el mundo tienen que cambiar, hay mucho egoísmo e injusticia.”

La religiosidad de mi mamá, a pesar de haber sido hija de quien probablemente, en su momento, fuera el hombre más rico de Nicaragua y de haberse educado en colegios de la más alta burguesía en Alemania, no fue opio que le impidiera ver la realidad. Sus palabras a mí, aquella mañana inolvidable, fueron la semilla que, con el tiempo, me llevó a pensar que seguir a Jesús era ser un revolucionario, es decir, transitar, y ayudar a los demás también a transitar, de la lógica del “yo” y de lo “mío”, a la lógica del “nosotros” y lo “nuestro”. Entonces fue que empecé a pensar en el sacerdocio en el que hace hoy 50 años fui ordenado. Pensaba que la iglesia era el lugar natural desde donde más claramente se tenían que difundir los conceptos revolucionarios de Jesús – aun no sabía de su colusión con el poder ni de otras tristes realidades que solo más tarde llegaría a descubrir. La realidad de mi Santa Madre Iglesia pecadora era algo más complejo de lo que mi joven cabeza hubiera podido digerir sin abortar mis nobles deseos y anhelos.

El proceso de discernimiento fue largo. Como en el maravilloso poema The Hound of Heaven, del místico Francis Thompson, sentí el llamado de Dios al sacerdocio, pero me le corría, no quería oír nada de eso, pues implicaba privarme de poder yo también reproducir un núcleo familiar como aquel en que nací y fui criado. En la secundaria logré, con bastante éxito, ignorar ese llamado. Los estudios, los deportes y las fiestas me distraían lo suficiente como para llenar plenamente mi juventud con las alegrías típicas de esa edad. Yo era un incansable bailarín y muchas de las fiestas a que asistí se convertían en verdaderas “amanezqueras”, como llamábamos entonces a las que se prolongaban hasta como las siete de la mañana. Pero esta etapa de gran alegría juvenil, por lo menos para los hijos de la clase privilegiada, fue cambiando a medida que yo iba madurando.

Ya en la Universidad de St. Mary’s (Santa María), en Moraga, cerca del valle de San Joaquín en la parte central de California, el acoso del “Sabueso Divino” se volvió cada vez más insistente y esto me obligó a pedir el consejo de Brother Francis, el encargado del piso del edificio dormitorio donde yo vivía. Recuerdo que me dijo que si yo realmente no quería ser sacerdote, por las razones que le había expuesto, dijera un NO rotundo, definitivo y sin vacilaciones. Pero le contesté que si realmente era Dios que quería que me hiciera sacerdote yo no podría nunca decir NO. Fue por eso que terminé entrando al seminario. La escogencia no pudo haber sido mejor: Maryknoll. No hay día de mi vida que pase sin que yo, por lo menos una vez, agradezca a Dios por haberme guiado a Maryknoll. El Padre John Spain, uno de los co-celebrantes de esta misa también es de Maryknoll y vino de El Salvador especialmente para acompañarnos. Mil gracias John.

Ya en la primera edición española de mis “Oraciones y soliloquios” se publicó algo que titulé “Castración por el Reino” y que aquí se me ocurre oportuno compartir con ustedes. Dice así:

Cuando por fin me decidí, entré al Seminario
deseando oír allí que me había equivocado de camino.
Porque, si bien es cierto que escuchaba Tu insistente
llamado al sacerdocio, también sentía una gran atracción
al matrimonio, por tener mi compañera,
mis hijos y mis nietos.

¿Había un auténtico llamado de Vos, Señor, al sacerdocio?
Y mi natural inclinación a mujer y a familia,
¿acaso no venía esta de Vos también, Señor?
Si de opciones se trataba,
Vos bien sabés, mi Dios,
que con esta segunda me quedaba.
Pero lo importante no era establecer mi preferencia.
Desde temprano comprendí que lo único
absolutamente indispensable en esta vida
es descubrir y cumplir Tu Santa Voluntad, Señor.

El Seminario fue escogido como el lugar más adecuado
para poder mejor discernir Tu Voluntad.
Pero en vez de oír allí que me había equivocado de camino,
lo que oí fue que allí, Señor, Vos me querías.
Que abandonara, por lo tanto, mi natural deseo
y la esperanza de prolongar mi vida
en mis hijos y en los hijos de mis hijos.
Y así fue que, para poder ser ordenado sacerdote,
debí aceptar la castración por el Reino de los Cielos.
1975

El primer año del seminario fue algo difícil, aunque no tanto como se pudiera uno imaginar. En el segundo año sentía que las raíces ya habían crecido suficiente como para poder soportar cualquier situación que pudiera hacerme desistir de mi propósito de que fuera allí donde me ayudaran a discernir la voluntad de Dios. Tenía que esperar lo que mis superiores me dijeran. Terminados los estudios de filosofía entramos al año del noviciado. Un regalo de Dios, el mejor año de mi vida entera, de mucho silencio y oración.

Los cuatro años de Teología pasaron relativamente rápidos. Soñando en el día de mi ordenación y asignación a una misión en África, Asia o América Latina. El tan esperado día llegó y mis padres, que vivían en España, también llegaron para acompañarme y traerme a Nicaragua a la celebración de mi primera misa cantada. Allí estaba el Padre Toñito, como seminarista y miembro del coro, allí estaba también mi querido hermano, el arquitecto Mario Salinas y el ex-presidente Arnoldo Alemán, compañero de quinto año de Mario y, posiblemente, muchos más de los que están hoy aquí presentes, además de mi adorada María Azucena y otros familiares.

Fuimos 36 los ordenados aquel 10 de junio de 1961. 34 recibieron la asignación que todo misionero aspira recibir – sea al Asia, África o América Latina. Dos solamente fuimos retenidos para seguir con estudios de postgrado. Pero yo me había preparado para aceptar lo que fuera la voluntad de Dios y, claro está, la acepté aunque no puedo decir que con gran alegría. El Obispo Comber, mi Padre General, el que me había ordenado, me pidió que lo aceptara como un sacrificio por la congregación que algún día podría llegar a requerir mis servicios como comunicador.

Fue solo después de haber sacado la maestría en comunicaciones sociales – con especialidad en televisión – en el Instituto Pulitzer de la Universidad de Columbia y de haber servido un año como sub-director del Departamento de Comunicaciones Sociales de Maryknoll, que recibí mi asignación a Chile.

Mis años en Chile fueron los años de más felicidad apostólica de mi vida. Siempre recuerdo lo que el Hermano Gregorio, uno de mis compañeros en la casa central que teníamos en Santiago, me dijo. Así no más, sin ninguna preocupación por asuntos de tacto o delicadezas, “Miguel”, me dijo, “tú no eres un buen misionero.” Para mí, recuerdo que fue horrible, escuchar eso, y le pregunté que por qué me lo decía. Me respondió diciéndome que era evidente, porque a mí siempre se me veía muy alegre, feliz de estar allí, encantado con el pueblo y con todo lo que tuviera que ver con Chile.

A Gregorio yo le respondí que todo eso era cierto, pero que no entendía por qué razón eso me hacía un mal misionero. “Simplemente”, me respondió, “porque si se llegara a presentar una situación en que Maryknoll se sintiera en la necesidad de cambiarte de misión, estoy seguro que no estarás dispuesto a obedecer.” Parece que Gregorio había adivinado que el Padre General ya estaba contemplando mi traslado a Maryknoll, en Nueva York, como director del Departamento de Comunicaciones Sociales de nuestra congregación. Me fui de Chile. Muy triste ciertamente, porque Chile se había metido muy dentro de mi corazón y allí había sido donde aprendí a descubrir a Dios en la convivencia fraterna entre los más pobres y desposeídos de esta Tierra y en la lucha inclaudicable y noviolenta por su liberación.

Luis Alberto Quiroga Jiménez, q.e.p.d., uno de los más distinguidos dirigentes sindicalistas de la CUT, Central Única de Trabajadores de Chile y fundador de CENAPO, Central Nacional de Pobladores de Chile, fue el maestro que me enseñó más que ninguno y me ayudó a encarnarme en ese mundo al que me metí de lleno, sin reservas, hasta llegar a sentir que era de ellos – que a los pobladores de Chile yo pertenecía, pues pensaba que era por ellos que el Señor había querido que me hiciera sacerdote, y eso lo sigo sintiendo y pensando hasta hoy. Ellos me prestaron para ir a cumplir una tarea, en el entendido que regresaría, cosa que ahora ya estoy muy decrépito para poder cumplir. Pero mis luchas, en todas las trincheras, siempre se las he dedicado a ellos.

Mi obispo en Santiago era don Raúl Silva Enríquez, el famoso Cardenal salesiano de Chile. Nos convertimos en amigos entrañables. Cuando me invitaba a almorzar con él, recuerdo que yo siempre iba un poco temeroso de que me halara las orejas por algo que pude haber hecho o dicho por radio o por televisión sobre el capitalismo, sobre la justicia social o algún otro de esos temas que incomodan a los ricos. Pero eso nunca pasó. Más bien don Raúl me alentaba y me decía –seguí sin temor – si metés demasiado las de andar, yo voy a decir que eso se debe a tu pasión por la justicia y por los pobres y al hecho de que, como cura joven, no siempre sos lo más prudente en tu discurso. Pero yo te apoyo y confío en ti. Recuerdo lo mucho que eso significaba para mí viniendo de mi obispo a quien tanto quería y admiraba.

Ese fue don Raúl, a quien también me dolía dejar, pero él se las ingeniaba para que nos viéramos por lo menos dos veces al año y me pedía acompañarlo en varios de sus viajes fuera de Chile. Dejé detrás también a personas que ya se habían convertido en parte inseparable de mi vida, además de Lucho Quiroga y mis hermanos y hermanas en Maryknoll, los promotores con quienes hacíamos el trabajo en los barrios más pobres del gran Santiago, Talca, Chillán, Concepción, Talcahuano, Temuco y muchas otras ciudades del país que adopté como propio. Pero, entre todas esas personas, sobresale Elena Castillo, la que fue compañera de mi hermano Lucho y con quien hasta el día de hoy mantenemos los mismos lazos de entrañable amor y amistad.

Permítanme saltarme un poco hacia adelante antes de regresar a hablar un poco sobre lo que fue mi estadía en Nueva York como Director de Comunicaciones en Maryknoll.

Años después de haber abandonado Chile, mi primer amor, como muchos misioneros nos referimos a nuestra primera misión, al recibir la noticia que había sido nombrado canciller de Nicaragua, un diario santiaguino publicó un artículo bajo el título de “El curita del Cerro Blanco”. De todos los nombres, títulos o reconocimientos que, con más generosidad que objetividad, he recibido a lo largo de mi vida sacerdotal, ese del “curita del Cerro Blanco”, es el que más me gusta y con el que quisiera que siempre se me recordara. El Cerro Blanco era emblemático de la miseria y pobreza de las callampas chilenas, esos asentamientos humanos pobrísimos que en Argentina llaman “villas miserias” o en Brasil “favelas”. Por razones obvias, la pobreza es más dura en países fríos como Chile que en el trópico donde calentarse un poquito no es tan problemático.

Quiero compartir con ustedes un breve extracto de ese artículo escrito por un reportero llamado Ignacio González y que en realidad, si es que lo conocí algún día, hoy no lo recuerdo para nada. Y cito:

El curita del Cerro Blanco

En Recoleta y Conchalí recuerdan al actual canciller nicaragüense, el Padre Miguel d’Escoto, quien durante ocho años vivió entre los pobres. Allá por el inicio de 1964, una vez a la semana, un sacerdote de boina y anteojos apartaba el saco que servía de puerta en una de las cuevas practicadas en las laderas del Cerro Blanco y habitadas por pobres. El “curita” compartía los alimentos con su rebaño y le hablaba. Era un religioso de la congregación misionera católica norteamericana Maryknoll, llegado hacía pocos meses a Chile.

Tras permanecer ocho años en el país –entre 1963 y 1970– se llevó muchas raíces chilenas en su equipaje y dejó plantadas las suyas.

Al “curita” terminaron por gustarle las patitas de chancho con salsa verde. Y también el pastel de choclo y la cazuela de osobuco.

Se sumergió en el mundo popular con tal sinceridad, que muchos hablan de él como “un hermano”. “Era” –dice uno de sus amigos “un teórico-práctico o un practico-teórico”. “No fue un revolucionario de escritorio” señala Erika Cabezas, funcionaria del INAP. “Andaba siempre en terreno”.

Buscaba la construcción de una sociedad basada en el amor. A su juicio, la organización comunitaria era básica para que el marginado de la época fuera un actor real en su propio destino. El sacerdote jesuita Josse van der Rest expresa:
“Su mayor preocupación era organizar a la gente para conseguir aquello a lo que tenía derecho”. Es decir, que el pueblo avanzara sin paternalismo.
Se le recuerda como un hombre cordial, cálido, de fácil comunicación. Tuteaba con facilidad y empleaba los chilenismos. En su actividad absorbente había una dosis de carisma. Un gran amigo suyo, el periodista Luis Quiroga, señala: “Es líder, por que atrae, orienta y hace a la gente confiar en él”. Acepta a cada cual como es, sin fijarse en la ideología política ni en las creencias religiosas.

En un periódico de la Central Nacional de Pobladores que se editaba en Santiago, escribió en 1963: “…. La benevolencia fundada sobre la injusticia es una ilusión y solo fomenta el resentimiento. Los patrones injustos que pretenden ganar la gratitud de sus empleados con humillantes ´favores’ o ´regalos’ no serán nunca gratificados. Los hombres, antes que nada, quieren la justicia. Esto demanda que reconozcamos que todo hombre por humilde que sea…., tiene derechos fundados en su dignidad humana y no en el buen humor o la benevolencia del patrón”.

De regreso en Maryknoll me metí de lleno en mis tareas de Director de Comunicaciones Sociales para mi congregación. Era un puesto de suma importancia que solo había sido ocupado antes por el Obispo Thomas Walsh, uno de nuestros cofundadores y por el Padre Albert Nevins. Yo fui apenas el tercer Maryknoller en tener ese puesto y pedía mucho a Dios que me iluminara y me guiara para hacerlo bien.

Guardo la correspondencia completa con los Superiores Generales durante todo el periodo de mi desempeño en ese cargo. Hace un par de semanas la revisé toda y la verdad es que los juicios que emiten mis superiores sobre mi trabajo son tan extremadamente generosos que me da vergüenza citarlos.

Fue en ese tiempo que fundé la editorial Orbis y, para hacerlo, busqué a alguien que era, sin lugar a duda, el mejor posible director en ese tiempo para el tipo de editorial que yo tenía en mente. Se trataba nada menos que de Philip Sharper, reconocido por todo lector serio de literatura cristiana en los Estados Unidos en los años 60 y 70.

Recuerdo que muchos amigos me decían que eso era una quijotada, un sueño, una quimera irrealizable; que yo nunca podría persuadir a Sharper que dejara su trabajo y se metiera a la improbable aventura que era Orbis.

Pero no me costó mucho convencerlo. Recuerdo que mi argumento principal era que el pozo de pensamiento filosófico, ético y teológico de Estados Unidos estaba ya quedando seco porque, en realidad, estaba acostumbrado a depender mucho de Europa en estas cosas y que las reservas de este tipo de pensamiento en Europa se estaban ya agotando.

Le hablé a Sharper de mis relaciones con un grupo de teólogos en diferentes países de América Latina, comenzando con Gustavo Gutiérrez en Perú, que estaban desarrollando una teología que llamábamos de liberación. Muy diferente a la de domesticación, de resignación o de sutilezas tan encumbradas que era difícil, por no decir imposible, descubrir su relevancia en nuestra vida cotidiana.

El mero hecho de que hayamos podido fundar Orbis fue en sí cómo un milagro. Todo el consejo del Padre General estaba en contra. Era una época en que todas las editoriales más o menos de esta naturaleza estaban en bancarrota – la mayor parte de ellas concluyendo su trabajo de publicaciones. Después de dos largas reuniones donde yo explicaba mis razones, el Superior General, Padre John McCormack, q.e.p.d., me llamó a una reunión solo con él donde me dijo que él había escuchado con mucho detenimiento a los miembros de su Consejo General y entendía sus dudas y preocupaciones porque, además, la creación de una editorial implicaba una inversión de varios millones de dólares etc…, etc… Pero terminó diciéndome que también había escuchado mi visión y todo lo que había dicho sobre la emergente Teología de Liberación. Que había orado y reflexionado mucho y que, como a él le correspondía la última palabra, quería decirme que me autorizaba la fundación de Orbis y, además, que me garantizaba todo el apoyo necesario para su lanzamiento. El Señor bendijo la confianza del Padre Superior y, en apenas cinco años, Orbis ya se había establecido como la editorial más importante en su género en los Estados Unidos.

Los años pasaban y todo parecía ir muy bien aunque, para decir verdad, la cantidad de correspondencia critica y agresiva, lo que en inglés llaman “hate mail”, cartas de odio, llegó a niveles nunca antes vistos en Maryknoll. Las críticas eran contra mi persona y contra de mi línea editorial. Llegaron hasta decir que yo era un impostor, que no era un verdadero sacerdote, que había sido infiltrado por el Kremlin para lograr que el comunismo avanzara en Estados Unidos a través de la Teología de liberación. Como en mi congregación existe la política de no dejar ni una sola carta sin contestar el superior ordenó que se asignara a una secretaria tiempo completo para contestar esta correspondencia.

Al poco tiempo llegaron a ser tres las secretarias que tenían eso como su única tarea. El Padre Superior me dijo que no quería que yo me preocupara por esas cartas ni que perdiera tiempo leyéndolas. Que esa reacción era inevitable y lo que me debería preocupar era más bien si todos estuvieran contentos con mi transmisión del exigente mensaje de Jesús.

En la plana mayor del clero latinoamericano el ultra reaccionario e influyente Monseñor Alfonso López Trujillo y el Vaticano me pusieron en la mira por estar difundiendo la teología de liberación. A pesar de las inmensas presiones sobre Maryknoll, mi congregación siempre me apoyó.

Pero si bien es cierto que con mis superiores y mis compañeros en Maryknoll todo marchaba bien y que logré hacer un excelente equipo de trabajo y amistad con Philip Sharper, con Moisés y Penny Sandoval y mis hermanos sacerdotes Joseph Hahn, q.e.p.d., Morgan Vittengl, q.e.p.d., Ron Saucci, Donald Casey y Darryl Hunt yo, en lo personal, empecé a sentirme inconforme. Meditaba mucho en la vida y el ejemplo de Martin Luther King, y en el hecho de que seguir a mi Señor Jesús, el crucificado, implicaba asumir mayores riesgos en la lucha activa por la justicia, la fraternidad y la solidaridad. Así fue que un día antes de cuaresma se me ocurrió, como resolución para ese tiempo penitencial, repetir, lo más posible, una oración que escribí precisamente para eso:

Señor,
Ayudame a comprender
el misterio de tu Cruz.
Ayudame a amar la cruz.
Concedeme la gracia de abrazar
mi propia cruz
siempre con amor, alegría y sin rencor;
en la forma que Vos permitás
que a mí me venga.

Creo que esa fue la resolución cuaresmal que con mayor fidelidad jamás cumplí. La repetía todo el tiempo, bañándome, manejando, caminando de un lugar a otro – antes de terminar la cuaresma ya se me había convertido en hábito. Lo que yo no sabía era que, con esa oración, Dios me estaba preparando para asumir el próximo paso en mi vida adonde Él me estaba, a Su manera, conduciendo.

El segundo y definitivo llamado de Dios lo recibí cuando tenía apenas 16 años de ordenado sacerdote. Me vino a través del Frente Sandinista de Liberación Nacional en la persona de Daniel a quien Él había encomendado la liberación de nuestro pueblo, proyecto que aun sigue avanzando, firmemente, pero que aun requiere, y seguirá necesitando por mucho tiempo a Daniel, para seguir consolidándose y para consolidar también la monolítica unidad de América Latina y el Caribe, indispensable para hacer realidad nuestra independencia, soberanía e integridad territorial, aun amenazadas por diabólicas pretensiones de dominación de las potencias imperiales que nos incumbe trabajar para hacerlas desaparecer en cuanto tal.

No puedo terminar estas palabras sin manifestar mi profundo agradecimiento al Frente Sandinista de Liberación Nacional y a nuestro Comandante, el Presidente Daniel Ortega, por haberme permitido trabajar tan cerca de él, y aprender tanto de él, durante la primera década de la revolución. Aunque para decir verdad, de él sigo aprendiendo mucho y gozo al escucharlo siempre por la televisión en el desempeño de su responsabilidad política y pastoral, alimentando nuestros espíritus de esperanza y firmeza inclaudicable en estos días tan difíciles no solo para los libios, iraquíes y afganos – sino también para toda la humanidad. Gracias, Daniel, donde sea que estés, por todo lo que hacés por Nicaragua y por el mundo.

Gracias Fidel por haber dejado que Dios te convirtiera en antorcha de solidaridad que brilla hasta en los más recónditos lugares de esta Tierra, gracias Raúl y gracias querida hermana República de Cuba, siempre heroica y solidaria. Gracias Hugo por inspirarnos tanto con tu maravilloso trabajo en Venezuela y por tu heroica lucha por la paz mundial, gracias mi queridísimo Evo, Héroe Mundial de la Madre Tierra por tu encomiable fidelidad a nuestros sagrados valores ancestrales y gracias mi querido Rafael por todo lo que sos y lo que hacés por Ecuador y nuestra Patria Grande y por animar con tanta firmeza a este tu humilde servidor. Gracias Lula, amigo entrañable de por vida, desde tus tiempos de obrero en San Bernardo y, como nuestro gran hermano Hugo Chávez no se cansa de repetir, por tu inmenso aporte en la indispensable tarea de convertir el sueño de Bolívar en algo que debemos proceder de inmediato a transformar en realidad.

Gracias Maryknoll por no dejarme nunca solo en este mi sacerdocio tan atípico, que vos siempre rehusaste ver como capricho personal y siempre defendiste como cumplimiento con mi sacerdotal conciencia. Gracias a mis adorados papá y mamá por su ejemplo, sus sacrificios y su amor, gracias mi Tuty y Tom, Chacaraquita, Ruy, Jo y Chico, Jack, Diana, María Dolores, Armando José, Sofía Margarita, Miguel –hoy en una valiente lucha contra el cáncer en la que todos los aquí presentes acompañamos con nuestra oraciones. Gracias a todos mis queridísimos sobrinos, sobrinas, ahijados, Janeth y todas y todos mis nietos adoptivos y bisnietos en toda mi linda familia que ahora incluye, en especialísimo lugar, a mi hijo adoptivo Manuelito, que me ha dado gran parte de su vida y se ha sacrificado tanto por este viejo enclenque y fregador que aun anda trotando por el mundo tratando de cambiarlo.

Gracias Monseñor Casaldáliga, por su humildad, por su ejemplo, por su amor y perseverancia inclaudicable en su lealtad al Señor Jesús, gracias Leonardo, Uriel, Padre Toñito, Theo, John, Lenin y Marisol, Aldo, Jacinto, Edwin y Patricia, Vicente y María Elena, Oscar-René, Orlando, Chico, Norman, Ramsey, Michael y Eleonora, Kevin, Danilo, Nirupam, María Fernanda y Eduardo, Samuel, Paul, Gustavo-Adolfo, Ruth y Chicón, Daniel y Adelita, Álvaro y Valentina, don Horacio, don Gregorio, Enmanuel, Miguel Ángel, Rossi López, Carlos, Rodolfo, David, Jeanne, Jackeline, Julio, Jesenia, Monchito, Daniel, Alberto, Junior, Calía, y todos los que me rodean y, en muchas y variadas formas, me ayudan y alientan. Finalmente mi muy sentido agradecimiento a toda la feligresía de esta mi parroquia, La Merced, por todo el apoyo que me han dado con oraciones por mi salud y para el éxito de mi tan atípico ministerio de cura suspendido “a divinis”, pero que, por gracia de Dios, no sabe de rencores ni resentimientos para con nadie y sigue adelante tras Jesús.

A pesar de cargar ya por 26 años, 4 meses y 22 días, el mayor castigo imaginable para un sacerdote que, a pesar de ser un pecador, como lo somos todos, incluyendo al Santo Padre, lo único que he querido siempre es ser fiel a mi Señor Jesús y a mi vocación sacerdotal, consecuente con los marginados y desposeídos en esta Tierra, por quienes acepté la ordenación sacerdotal y a quienes siempre he sentido que me debo.

Siempre he querido vivir de tal manera que mi vida fuera un total absurdo, una locura, si no existiera Dios. Pero, ¿quién es este Dios por quien yo vivo? Intenté responder esta pregunta en una de mis oraciones y soliloquios que, con su venia, me permitiré leer aquí:

   Aunque apenas te conozca
Vos sos mi Dios, por Quien yo vivo
y para Quien quiero vivir todos los instantes de mi vida.
Vos sos para mí lo único totalmente real y verdadero
sólo en Vos confío plenamente
y, a pesar de eso, creo que
muy escasamente Te conozco, Señor, Dios mío, Padre Celestial.

Para Gandhi Vos sos, por sobre todo, Verdad
para mí, Vos, más que nada, sos Amor
y para otros sos Belleza.
Pero viéndolo bien,
en su máxima expresión
esas no son tres cosas diferentes,
son sólo facetas de Tu misma infinita Realidad

Vos Te manifestás también como Misericordia,
Justicia, Antiimperialismo,
Solidaridad, Revolución y, aún más claramente,
en la implacable Lucha Noviolenta por alcanzar el Reino.
Pero donde mejor Te manifestás, Padre Celestial, es en Jesús.
En Su vida, en Su evangelio y en Su Cruz,
sin la cual no hay resurrección.

Ese sos Vos, mi Dios, que apenas logro conocer un poquitito,
pero cuya presencia siempre siento
dando sentido a mi vida y ayudándome
a seguir en el proceso de comprender cada vez más
que vivir es seguir los pasos de Jesús: amar, entregarse y luchar
en forma noviolenta, por un mundo mejor
de todos y para todos y todas por igual.
julio 2005

Quiero terminar con unas palabras del Padre Cesar Jerez, SJ, q.e.p.d., quien fuera, además de entrañable amigo, algo así también como mi confesor y director espiritual y que, por consiguiente, me conocía casi más que nadie.

“Yo diría, Miguel, que lo quieras o no lo quieras, tu vida ha sido un signo de contradicción. Quisiste a los pobres, quisiste vivir en medio de ellos y la vida te llevó a una vida cosmopolita. Quisiste dedicarte a los marginados y la vida te llevó, después de dedicarte algún tiempo a ellos, a los grandes foros internacionales para servir a Nicaragua, para servir a ese sueño que se llama la Revolución Popular Sandinista. Y precisamente ese signo de contradicción ha ido profundamente marcado por la cruz, profundamente marcado por la Eucaristía. Tu vida ha estado hecha de sufrimiento, has tenido que sufrir mucho y muchas veces has tenido que sufrir solo. Pero la oración, la Eucaristía, el amor a la Cruz y la resurrección te han dado la fuerza para seguir adelante.

“La Eucaristía ha sido para ti algo central y ahora no la puedes celebrar. Y no la puedes celebrar, no porque hayas abandonado el sacerdocio. Dices que nunca, en ningún momento se te ha ocurrido esta idea. Sin embargo, no la puedes celebrar por amor a este mismo pueblo. Y ahí dirán que viene la contradicción. Y ahí me van a acusar a mí también de hereje pero no importa. Porque cuando nuestra santa madre Iglesia te dijo: ?Si sigues en ese puesto, te van a caer tales y tales castigos, con toda sinceridad, respondiste: ?Obedezco a la Iglesia, que nos caigan los castigos y nos quedamos con el pueblo. La decisión fue muy dura, la decisión fue muy criticada. Pero indudablemente los frutos de esta decisión los estamos viendo, los hemos visto, y sólo el dolor y el sacrificio han hecho posible que este sacrificio diera su fruto en esta Nicaragua, en estos diez años que hemos vivido.

“Jesús, Gandhi, Luther King, Dorothy Day y Tolstoi han sido tus maestros, han sido tus guías en la reflexión, y así te has puesto al servicio de Nicaragua, y al servicio de los pobres de la Tierra en la actualidad.”

Ante todos ustedes hoy quiero declarar solemnemente que amo a mi Santa Madre Iglesia pecadora y le quiero ser siempre fiel, hasta donde mi conciencia me permita, ya que la fidelidad principal debe ser siempre con Jesús. Pido, de todo corazón, a Dios que perdone todos mis pecados personales y también todas las traiciones, arrogancias y soberbias de mi iglesia y la convierta en faro de unidad fraterna y solidaria entre todos los creyentes de la Tierra, en el único Dios que es el Padre de todos, sin distinción alguna por razones de diferentes énfasis en carismas, dogmas o creencias.

Ha llegado ya la hora de que el modelo de iglesia imperial-dictatorial desaparezca para siempre y que la iglesia siga el camino de servicio y humildad que Jesús nos enseñó y defienda la biodiversidad, la diversidad cultural, el derecho de los pobres, condene las guerras y deje, de una vez por todas, de seguir avalando activamente, o por silencio cómplice, golpes de Estado militares promovidos por el imperio genocida contra el derecho a la autodeterminación de nuestros pueblos, como hasta hace poco sucedió en Venezuela, Ecuador y en Honduras y promueva, más bien, el bien común de la Madre Tierra y de la humanidad para que la vida no desaparezca y sigamos, por mucho tiempo más, alabando al Creador, viviendo todos y todas en fraterna armonía y solidaridad.

Pediré a Sofía que, a la hora del ofertorio, vaya a poner sobre el Altar nuestra propuesta para la reinvención de la ONU –a la cual hemos dedicado más de dos años de investigación, consultas y desvelos en cumplimiento de mi atípica misión sacerdotal por la paz y los desposeídos de la Tierra.
Muchas gracias.

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