EE.UU. - Deuda Tóxica, y Seres Humanos Titulizados
Edward E. Baptist, Common Place, vol. 10 · no. 3 · April 2010
http://www.common-place.org/vol-10/no-03/baptist/
(Traducción: Jorge Capelán, Tortilla con Sal)
Edward E. Baptist es Profesor Adjunto de historia en la Universidad de Cornell. Escribe un libro sobre cómo la expansión de la esclavitud en el siglo XIX formó a la América Africana, a los Estados Unidos y al mundo.
El pánico de 1837 y el destino de la esclavitud
A inicios de la última década, un discípulo de Ayn Rand llamado Alan Greenspan, a quién se le confiaron los poderes del gobierno de los Estados Unidos. para regular la economía financiera, expresó su fe en la capacidad de esa economía para mantener su propia estabilidad: "La reciente reforma regulatoria junto con las nuevas tecnologías han dado lugar a mercados en rápida expansión para, entre otros productos, bonos de titulización respaldados por activos, obligaciones respaldadas por carteras de bonos y créditos de permutas de cobertura por impago. Estos instrumentos financieros crecientemente complejos han contribuido, especialmente durante los estresantes tiempos recientes, al desarrollo de un sistema financiero más flexible, eficiente y por lo tanto resistente, que el que había hace sólo un cuarto de siglo."
A inicios de esta década, cuando la fe de Greenspan en la posibilidad de impedir el eclipse de un orden económico de las cosas se empezaba a hundir, Robert Solow, otra figura cimera de la profesión económica, reflexionaba sobre el credo de Greenspan y ventilaba sus sospechas de que la financiarización de la economía de los EE.UU. durante el último cuarto de siglo no creó riqueza real, sino ficticia: "Flexible: puede ser; resistente: parece que no, pero ¿qué tal eficiente? ¿En qué medida todos esos instrumentos financieros exóticos, y las instituciones que los crean, compran y venden, en realidad contribuyen a la economía 'real' que nos provee a nosotros de los bienes y servicios para hoy y para mañana?"
Estas versiones del Pánico son cápsulas que transportan al torrente sanguíneo de la conciencia histórica otras versiones del desarrollo del capitalismo estadounidense.
La distinción que hace Solow entre la economía "real" y el ámbito "exótico" de los instrumentos de cobertura por impago como los bonos de hipotecas, los créditos de permita, la deuda tóxica y los bancos zombies no es solo de su exclusiva cosecha. Como supuesto ampliamente difundido —una persistente distinción de nuestro pensamiento entre un dinero, riqueza o productividad "real" y otra "ficticia"— puede éste ser un factor responsable por la reluctancia de muchos historiadores a sumergirse en las profundidades de las dinámicas financieras a la hora de buscar una explicación a los "Tiempos Difíciles." Reflexivamente, analizamos tales dinámicas con las herramientas del giro lingüístico, y de esta manera gastamos nuestro tiempo demostrando que las ficciones sobre las que los actores económicos construyen sus mundos son, en efecto, ficticias. (Además, la mayoría de los historiadores tienen reluctancia hacia —o tal vez falta de preparación para— el trabajo con números.) Pero cuando la euforia colectiva, la innovación financiera, y las asombrosas desproporciones de poder se mezclan, toda burbuja que se forme será cualquier cosa excepto meros vapores. Podremos minimizar su peso llamándole ficción, pero lo haremos poniendo bajo grave riesgo nuestra comprensión de lo que sucedió y por qué. Porque en tales intercambios financieros vemos, no solo la generación y transferencia de riqueza real—es decir, efectos reales en el mundo social y político—sino también que tales transferencias pueden incorporar una gran dosis de violencia y perturbaciones para algunos, así como ser las causas de grandes beneficios para otros.

"Mercado de Esclavos de América," William S. Dorr, 67 x 50 cm.,
octavilla publicada por la Sociedad Americana Anti-esclavitud (Nueva York, 1836).
Cortesía de la Colección de Octavillas de la Sociedad Americana de Anticuarios, Worcester, Massachusetts.
Échele una ojeada a los papeles que documentan la vida y empresas de Jacob Bieller, y este dueño de una plantación de la Parroquia de Concordia, Luisiana, podría parecer que hubiera vivido, no solo a miles, sino a millones de millas de distancia de los mercados financieros internacionales en los 1830s —y el tipo de su negocio podría parecernos aún más distante de los mercados que nos preocupan en nuestros días. Revise la correspondencia entre Bieller y su hijo Joseph, éste último escribiéndole desde el Banco de Bayou Macon, unas treinta millas más o menos de donde vivía el propio Jacob en el Río Mississippi. Joseph le escribía a su padre con una ortografía poco cultivada, haciendo un recuento de los eventos de su vida en un campamento de trabajo algodonero, o lo que sus contemporáneos llamaban una plantación: "Me va a hacer falta máis," o alguien encontró el cuerpo del padre de Enos, el capataz de Bieller, habiéndose el viejo ahogado en "Bebida de Venado." El ritmo cíclico de trabajo agrícola forzoso seguía con su letanía
—"Le mandé con Enos quinse cortadores de algodón, que es todo lo que puedo enbiarle. Todavía tenemos dose mil quintales de algodón que cortar a juzgar por las guayabas que aún no se han abierto." Siempre, la urgencia por extraer más producción chocaba con las objeciones de los esclavos a su condición: "He pasado un rato muy sebero con los negros en casa. Mián estau maltratando a los chanchos y los lechones. A Harry y a Roberson los cogí. A Harry lo estaquié y le di 175 latigazos, y a Roberson 150 luego de que encontré dos chanchos muy lastimados." Uno casi puede ver el musgo español en las ramas bajas partiéndose mientras que el cerdo sale corriendo a los tumbos y chillando; uno puede imaginarse al padre de Enos paleteando su piragua. Ver como su pie embotinado se resbala en el borde mojado; uno puede oírlo, chapoteando frenéticamente en el gorgotear del agua oscura.
Sin embargo, para bien y para mal, hay mucho más en común de lo que inicialmente podríamos sospechar entre Jacob Bieller y —por ejemplo— los hombres y las mujeres que "quebraron al mundo" en el más reciente colapso del sistema financiero global. El Pánico de 1837 desató la mayor y más importante depresión económica de los Estados Unidos antes de la Guerra Civil. Y fueron las decisiones y el comportamiento de actores como Bieller los que crearon la tormenta financiera perfecta: llevando a su fin a un boom del capitalismo, destruyendo la confianza de la clase esclavista, empobreciendo a millones de trabajadores y campesinos conectados a la economía global, demoliendo las ya descalabradas vidas de cientos de miles de personas como Harry y Roberson. Por lo general, los historiadores han descrito el Pánico de 1837 de otra manera, haciéndolo encajar en sus propias categorías: Arthur M. Schlesinger Jr., el historiador de la Corte de los Demócratas del New Deal, vio a "la comunidad de los negocios," con su "vertiginosa acumulación de notas de crédito," como el problema. Los historiadores de la banca estadounidense, generalmente una casta interesada en, no podía ser de otro modo, la banca, a menudo culpan del Pánico a Andrew Jackson —en sus palabras, un gamberro ignorante obsesionado con el ídolo del vil metal. Para ellos, la causa del Pánico fue la Especie Circular de 1836, que obligó a las agencias del gobierno de los EE.UU. a dejar de aceptar billetes impresos al por mayor por bancos autorizados por el Estado y demandar el pago en especies (monedas de metal: oro o plata, por lo general) por terrenos federales y otras obligaciones.
Estas versiones del Pánico son cápsulas que transportan al torrente sanguíneo de la conciencia histórica otras versiones del desarrollo del capitalismo estadounidense. ¿Fue el Pánico el resultado de la lucha entre los dueños de las fábricas y los trabajadores de las mismas con una pizca de recios granjeros jeffersonianos que veían con sospecha la nueva manera de hacer dinero? ¡No, fue creado por una lucha por mayor eficiencia, un proceso de barrer con las viejas instituciones y prejuicios para alcanzar la omnipresencia del mercado! Sin embargo, recientemente hemos recibido toda una lección en auges y estallidos, en burbujas y en pánicos, que nos alerta de que hay otro tipo de narrativas. La primera lección que hemos aprendido (o re-aprendido) es la de que una crisis financiera es una cosa muy poderosa. Los actores responderán a su impacto con lenguaje, y nosotros los historiadores querremos interrogar esas palabras con las herramientas de la historia cultural. Fue ciertamente significativo el que los hombres de negocios "pasasen vergüenza" cuando sus "amigos" no podían "mantener" su "crédito" (Nótese como las comillas "problematizan" cada palabra, exigiéndonos que desempaquetemos sus significados contextuales.) Sin embargo, si eso fuese todo lo que preocupase a los historiadores, éstos estarían dejando los mecanismos de las crisis financieras históricas a los historiadores de la corte de las grandes dinastías bancarias, o a los economistas. La historia de los pánicos financieros nos recuerda que tenemos que integrar el estudio de grandes, impersonales fuerzas, con el estudio de cómo la gente le da forma al significado a partir de sus vidas individuales.
Si miramos de cerca las transformaciones y las innovaciones que llevaron al Pánico de 1837, encontraremos nuevas evidencias sobre el papel de las esclavitud y del tráfico de esclavos en la creación de nuestro mundo moderno, industrializado —y de manera postmoderna, financiarizado. Veamos un poco más de cerca a Jacob Bieller, que nos puede contar cosas dignas de atención. En 1837 Bieller tenía 67 años. Había crecido en Carolina del Sur, donde en los primeros años del siglo XIX él y su padre sacaron partido de la reapertura del tráfico de esclavos africanos en ese estado especulando en sobrevivientes de la travesía del Atlántico. En 1809, poco más de un año después de que el Congreso cerrase el tráfico legal de esclavos por el Atlántico, Bieller se mudó al oeste. En parte movido por el divorcio de su primera esposa, pero también atraído por las oportunidades para un empresario dueño de esclavos en las nuevas tierras algodoneras que se abrían en el oeste, Bieller se llevó a su hijo Joseph y a 27 afroamericanos esclavizados y se asentó un poco más río arriba que Natchez, en la orilla de Luisiana.

"Barbaridad Cometida contra un Africano Libre," dibujo de Alexander Rider,
grabado por Alexander Lawson, 8.7 x 14.3 cm. Ilustración para la doble página 36,
Un Retrato de la Esclavitud Doméstica en los Estados Unidos, Jesse Torrey, (Filadelfia, 1817).
Cortesía de la Sociedad Americana de Anticuarios, Worcester, Massachusetts.
La gente esclavizada que Bieller llevó a la Parroquia de Concordia se convirtió en la fuente de su fortuna —de la misma forma, que un millón de otras personas como esas se convertirían en la fuente de la prosperidad, no solo de los estados del sudoeste de preguerra, sino de todos los Estados Unidos en su conjunto. Y quizás se podría ir más allá de los EE.UU. En los 1830s, el algodón que esclavizaba a la gente crecía en los nuevos estados y territorios que le fueron arrebatados a las poblaciones originarias a inicios del siglo XIX, fue el "commodity" de más amplia circulación en el mundo. Sus ventas suscribieron inversiones en nuevos tipos de empresas al norte de la esclavitud. También se convirtió en la materia prima de la revolución industrial. La creación de las fábricas textiles de las Midlands Británicas lanzaron un proceso de innovación tecnológica continua, de urbanización y de creación de mercados que rompió con las trampas maltusianas de la sociedad agrícola tradicional. Primero Gran Bretaña, luego los EE.UU. y luego el resto de Europa Occidental, alcanzaron tasas de crecimiento sostenido nunca antes vistas en la historia humana.
La salida fácil es la de acreditar este impresionante crecimiento a la cada vez mayor división del trabajo y al alto ritmo de la innovación tecnológica — la hiladora Jenny, el telar mecánico— que emergieron en el el sector manufacturero británico del siglo XVIII. Pero el historiador universal Kenneth Pomeranz insiste en que además debemos de estudiar la capacidad de los medio ambientes de producir recursos si queremos entender lo que realmente le permitió a Occidente emerger del resto de la manada. Los campos de algodón del Sur esclavista fueron especialmente cruciales porque le permitieron a Gran Bretaña salirse de su propio "callejón sin salida" en materia de recursos: los límites impuestos por los delicados balances entre trabajo, tierra, combustibles, alimentos y fibras que impidió que tal revolución ocurriese en otras sociedades. Aún si cada acre de tierra en Gran Bretaña hubiese sido convertido para la producción de fibras, la isla habría sido incapaz de igualar la capacidad del Sur esclavista para producir las materias primas para una transformación económica basada en los textiles, sin hablar de la fuerza de trabajo que habría que haber retirado de la reserva de trabajadores industriales potenciales para producir la fibra.
Cuando Jacob puso a sus dos docenas de esclavos a cultivar y cortar algodón, su látigo también estaba impulsando la creación de una economía mundial más compleja, más dinámica. En el período entre la ratificación de la Constitución [1788 N del T] y la secesión de la Confederación [1861, N del T], los esclavistas trasladaron más de un millón de estadounidenses africanos esclavizados hacia áreas algodoneras expropiadas por la nueva nación a sus habitantes originarios. Las migraciones forzosas y el trabajo robado trajeron consigo un aumento impresionante de la producción de algodón: de 1,2 millones de libras en 1790 a 2,1 millardos en 1859, y a un dominio increíble sobre el mercado internacional —al llegar a la década de los 1830s, 80% del algodón usado por la industria textil británica provenía del sur de los Estados Unidos.
Hoy vivimos con los resultados de los lejanos días en los que los esclavos de Bieller regaban con sudor los campos, pero también vivimos en un mundo formado a la distancia por las decisiones financieras de los empresarios algodoneros a ambos lados del Atlántico —así como por la amnesia de aquellos que no aprendieron sus lecciones hace dos siglos. Para ser más específicos: de sus decisiones sobre cómo obtener y utilizar el crédito, así como para manejar los riesgos. Y riesgos había por montones. A lo largo de toda la cadena, personas (mayoritariamente blancas) vendían, comerciaban, fletaban y especulaban con el algodón hecho por gente esclavizada. El crédito y el riesgo eran parte consustancial al oficio de mover la "commodity" más importante del mundo a lo largo de una cadena de compradores y vendedores que se extendía desde los campos de algodón de Luisiana a la bolsa del algodón en Liverpool. Los precios de pronto se hundían cuando corrían los rumores por Nueva Orleáns, Nueva York o Liverpool: "El optimismo prevalecía" —hasta que el mercado se daba cuenta de que la cosecha en los EE.UU era demasiado grande para la demanda del año. La ropa no se está vendiendo por la "sobreproducción." Los trabajadores en los telares de Manchester han sido "liberados" —despedidos.

"Nota en Libras Esterlinas del Banco de los Ciudadanos de Luisiana," 1 de febrero de 1886.
Cortesía de la Serie sobre la Banca de Luisiana, Colección de Manuscritos,
Biblioteca de la Universidad de Tulane, Nueva Orleáns, Luisiana.
Cuando los rumores de malas noticias superaban de manera aplastante al deseo por alcanzar ganancias especulativas —cuando los "espíritus animales" del mercado, para usar un término acuñado por John Maynard Keynes, se ponían negativas—entonces podía ocurrir un crack masivo, sistémico. Esto fue lo que casi sucedió en 1824-1825, cuando los compradores de algodón al inicio estaban convencidos de que la cosecha de 1824 iba a ser pequeña. Luego de comprar todas las pacas que pudieron a precios cada vez más altos, los intermediarios descubrieron que, de hecho, la cosecha había sido bastante grande. Comenzando por Adam Smith, los economistas utópicos han sostenido que el resultado lógico de un comportamiento maximizador de las ganancias por todos los actores del mercado es el máximo beneficio colectivo. En este caso, cuando el precio de la libra de algodón se vino abajo, las empresas comercializadoras fueron incapaces de pagar los créditos de corto plazo que habían conseguido de otras comercializadoras, y éstas les demandaron el dinero. Este comportamiento individualmente racional —apuntalar la liquidez aumentando la presión por el pago— llevó a resultados colectivamente irracionales. Todas las empresas de pronto empezaron a moverse en la misma dirección, cada empresa enfrentó la misma crisis, y cada una de ellas respondió de la misma manera. El resultado fue el crack y la parálisis de los mercados británicos del algodón y del crédito.
El mini-crack de 1824-26, como todo pánico financiero, resaltó el problema del riesgo sistémico. El hecho de que la erupción de los espíritus animales a mediados de la década no hubiese terminado en un desastre económico a escala natural en los EE.UU. fue resultado, creen algunos, de la mayor capacidad del Segundo Banco de los Estados Unidos para regular el nivel de riesgo sistémico en la economía estadounidense. Bajo la dirección de Nicholas Biddle, el B.U.S. (Banco de los EE.UU.) cumplió muchas de las funciones de un banco central moderno. Al forzar a los bancos más pequeños, fundados por los estados, a liquidar sus créditos en divisas altamente convertibles, como dólares oro, libras británicas o cheques del mismo B.U.S. el banco de Biddle tuvo a esas instituciones a rienda corta. No podían emitir demasiado crédito. Al hacer y cobrar sus propios préstamos, el B.U.S. también "restringió" la especulación de parte de los individuos privados. El B.U.S. aseguraba un nivel de estabilidad sistémica que a su vez le permitió a los actores individuales en el mercado diseñar estrategias factibles para protegerse frente a contrapartes individuales. Para evitar la posibilidad de que les dejaran con la papa caliente en las manos en caso de que los precios del algodón bajaran repentinamente, los intermediarios empezaron a insistir en fletar las pacas de algodón a consignación. Esto significaba que los dueños de las plantaciones seguían siendo dueños de su algodón y cargaban con el riesgo de una caída de los precios, hasta que alguno de los compradores de las textileras de Manchester lo adquiriese.
El banco no solo trabajaba para prevenir pánicos financieros, sino también para impulsar el crecimiento sostenido. Como el mayor prestamista individual de la economía, le prestaba dinero directamente a los empresarios individuales —incluyendo a esclavistas como Jacob Bieller, que siempre estaban ansiosos de comprar más capital humano para ponerlo a trabajar en los campos de algodón del sudeste. "El Banco de los EE.UU. y el Banco de Dueños de Plantaciones en este lugar ha puesto una gran cantidad de efectivo en circulación," escribía el mercader de esclavos Isaac Franklin desde Natchez en 1832. Franklin era el Sam Walton [Samuel Moore Walton (1918-1992), fundador de las dos mayores cadenas de tiendas minoristas de EE.UU.: Wal-Mart y Sam's Club (N. del T.)] del tráfico doméstico de esclavos en los EE.UU., vendiendo cientos o miles de hombres y mujeres al año en Nueva Orleáns y Natchez. De hecho, a inicios de la década de 1830, las ramas de Natchez y Nueva Orleáns habían hecho préstamos por toda una tercera parte del capital del B.U.S., la mayor parte usado para comprar miles de personas esclavizadas de Chesapeake, Kentucky, y Carolina del Norte. Parte de los préstamos se concedieron en la forma de "pagarés de favor" renovables a dueños de grandes plantaciones que era miembros de, o estaban conectados a, la camarilla de iniciados que manejaba la rama del B.U.S. y la serie de bancos estatales fundados por el gobierno de Mississippi. Otra parte mayor de los préstamos eran en la forma de crédito comercial a los compradores de algodón. Esto mantuvo estable el precio del algodón y, abriéndose paso hasta los propios dueños de plantaciones, inspiró a los esclavistas del área de Natchez a comprar más de las personas que Franklin y otros estaban adquiriendo en los estados de la bahía de Chesapeake y enviándolos al Valle del Mississippi.
Mientras que dueños de plantaciones como Jacob Bieller esperaban su paga, mercaderes como el corredor de Natchez, Alvarez Fisk, un hombre nacido en Massachusetts que canalizaba plata de los bancos a los dueños de las plantaciones, y algodón a Liverpool, les prestaba los fondos para mantener las operaciones. Pero en última instancia, toda la estructura obtenía su base, su fundamento, y sus fondos, de los cuerpos de las personas esclavizadas: de la capacidad de los esclavistas para extraer de ellos algodón, y de la habilidad de esos esclavistas (o de los tribunales de quiebra) para venderlas a algún otro que quisiera extraer el algodón. Y el hecho de que los campos de algodón fuesen el lugar en el que se creaban los márgenes de crecimiento significaba que le brindaban a los prestamistas, tanto las necesidades de, como las oportunidades para, protegerse del riesgo de que alguna contraparte individual no fuese a pagar.

"Lista de los Esclavos Hipotecados al Banco de los Ciudadanos,"
Cortesía de la Serie de la Banca de Luisiana, Colección de Manuscritos,
Colección de Investigación sobre Luisiana,
Biblioteca de la Universidad de Tulane, Nueva Orleáns, Luisiana.
Porque habían muchas cosas que podían hacer que las contrapartes individuales, especialmente los dueños de plantaciones, no pudiesen pagar. Éstos dependían de los cuerpos y las vidas de personas a las que explotaban brutalmente, comenzando por la migración forzada a un medio mortífero. El campo algodonero del Valle del Mississippi era caliente y húmedo, y la gente que era transportada allí moría de fiebre en grandes números. Una de las elocuentes cartas escritas por Daniel Draffin, un inglés contratado por Jacob Bieller como tutor de sus nietos, describía los mosquitos que volaban en formación de falange: "He estado cazando y no podía apuntar, porque eran tan numerosos." Los mosquitos estaban encantados con toda esa sangre nueva; y había mucha: Por ejemplo, 155,000 personas fueron transportadas de los viejos estados esclavistas a los nuevos en la década de 1820, según el mejor estimado existente. Y otras enfermedades, además de la malaria, florecían en el medio radicalmente nuevo de los "acres fantasmas". [Ghost acres ("Acres fantasmas") = Expresión originalmente acuñada por el historiador Kenneth Pomeranz para designar los territorios fuera de la metrópolis imperial dedicados a la producción de "commodities" (algodón, café, azúcar), los que permitían liberar tierras en el imperio para la producción de, por ejemplo, alimentos para mantener a la propia clase trabajadora industrial. N del T.] En 1832-33, el cólera se expandió con violencia por los campos de trabajo esclavo de Mississippi y Luisiana, transportado en los mismos barcos de vapor que traían a los esclavos nuevos y se llevaban el algodón. En el "Gancho de Caminos," el enorme mercado de esclavos justo en las afueras de Natchez, Isaac Franklin desesperadamente escondió la evidencia de la epidemia entre sus "elegantes existencias de lana negra y marfil," como de manera tan vulgar lo describió su primo. "La forma en la que mandamos negros muertos por la noche y lo mantenemos en secreto es un pecado," escribió Isaac sobre los funerales secretos en los montes detrás de su barracón. Él mantuvo el secreto, y el precio de hasta 700 dólares por hombre, hasta que "vendí a los dos hijos cabezas tiñosas del viejo Alsop por 800 dólares, uno de ellos cogió el Cólera al día siguiente y murió, y el otro estuvo muy cerca de estirar la pata." En particular durante los tiempos del auge algodonero, las tasas de muertes entre las personas esclavizadas de los nuevos estados del suroeste eran comparables a las del Caribe, o a las de las tierras bajas de Carolina del Sur.
Muchas veces se trataba de simples averías, a veces por razones endémicas a las nuevas fronteras de la esclavitud, a veces no. Aún en la década de 1830, cuando los mercados del algodón se disparaban, Jacob Bieller, por ejemplo, se hundió en su propia bancarrota personal. La hija de su segundo matrimonio se fugó con un ambicioso joven abogado local llamado Felix Bosworth. Ella sólo tenía unos quince años, pero parece probable que Nancy, la mujer de Bieller, la haya animado a hacerlo, ya que rápidamente dejó su hogar para juntarse con su hija e inició los trámites del divorcio —demandando la mitad de los bienes de Bieller. Según Nancy, Jacob no solo había amenazado con dispararle en 1827, sino que además durante años "mantuvo una concubina en su domicilio común y en cualquier otro lado, pública y abiertamente." (Las cortes de Luisiana declinaron de pronunciarse en alguno de esos cargos cuando, al pasar del tiempo, le concedieron el divorcio a la pareja. El testamento de Jacob dió tácitamente la libertad "a mis esclavos Mary Clarkson y a su hijo Coulson, un niño de poco más de cinco años de edad, ambos mulatos claros.")
En un momento de desesperación, Jacob escribió en la solapa de una biblia familiar que la fuga de su hija había"destruido mi bienestar, mi familia y mi futuro." Pero estaba claro que la última cobertura para él, para Nancy y para Alvarez Fisk e Isaac Franklin, estaba en la relativa liquidez de la gente esclavizada. (Recientemente, Bieller había adquirido docenas de esclavos adicionales a crédito de Isaac Franklin, pagando más de 1,000 dólares por cabeza, y aumentando el número total de cautivos a ochenta). Todo lo que él y Nancy tenían que debatir, era el método —él quería vender a todos aquellos designados como propiedad común y luego dividir el dinero. Ella quería dividir a los hombres, las mujeres y los niños, "esparciéndolos", según escribió intencionadamente. La gente esclavizada, decía Nancy, era "susceptible a una división en especie sin daño para nosotros." O para una venta, siempre y cuando el sistema no estuviese en crisis y hubiese un mercado estable, podría haber repostado Jacob. En cualquier caso, las familias de casi cien personas registradas en los documentos de Bieller podrían haberse derretido como cubos de hielo en su refresco de verano.
Para todos aquellos que sacaban beneficios del sistema, los seres humanos esclavizados eran la última seguridad. Los mercaderes del algodón, los banqueros, los traficantes de esclavos —todos aquellos cuyo dinero prestaba el dueño de la plantación y no podría pagar sino hasta el momento en el que el algodón fuese vendido a un precio lo suficientemente alto como para saldar sus cuentas —todos podían esperar que eventualmente, la gente esclavizada: 1) produciría suficiente algodón para permitirle al dueño de la plantación salir de sus deudas o 2) sería vendida con el fin de generar la suficiente liquidez como para pagar las deudas. En 1824, Vincent Nolte, un empresario independiente que casi acaparó el mercado de algodón de Nueva Orleáns más de una vez en la década de 1810, prestó 48,000 dólares al esclavista de Luisiana Alonzo Walsh. ¿Los términos? Walsh debería de pagar el préstamo en cuatro años a un interés de un ocho por ciento. Como garantía se comprometió a consignar toda su cosecha cada año a Nolte para que ésta fuese vendida en Liverpool. Y, por las dudas, puso un colateral: "serán hipotecadas de 90 a 100 cabezas de esclavos de primera." En 1824, ese casi centenar de personas tenía un valor de hasta 80,000 dólares en la subasta de Nueva Orleáns— una forma de propiedad cuyo valor fluctuaba menos que el de las pacas de algodón.

"Venta de Esclavos, Charleston, Carolina del Sur," de un boceto por Eyre Crowe.
Ilustración en The Illustrated London News (29 de noviembre de 1856).
Cortesía de la Biblioteca del Congreso, Washington, D.C.
Sin embargo, los esclavistas ya —a fines de la década de 1820— habían creado una alternativa muy innovadora a la estructura financiera existente. La Asociación Consolidad de Plantadores de Luisiana (a pesar de su nombre, la "A.C.P.L." seguía siendo un banco) creó más apalancamiento financiero para los esclavistas a un menor costo, y a plazos más largos. Eso lo hizo titulizando los esclavos, protegiendo a los esclavistas aún más efectivamente contra las pérdidas de inversionistas individuales— siempre y cuando el sistema mismo no fallase. Así funcionaba: prestatarios potenciales hipotecaban sus esclavos y cultivaban la tierra en el marco de la A.C.P.L., lo que les daba derecho a prestar hasta la mitad del valor estimado de sus propiedades en bonos de la A.C.P.L. Para convencer a los demás de que aceptasen los bonos y desembolsasen el efectivo, la A.C.P.L. convenció al parlamento de Luisiana de respaldar 2 millones y medio de dólares en bonos bancarios (a pagar en un plazo de 10 a 15 años y a un interés del cinco por ciento) con la "fe y el crédito" de los habitantes del estado. El banco británico mercantil Baring Brothers acordó adelantar a la A.C.P.L. el equivalente de 2 millones y medio de libras esterlinas en billetes y colocar los bonos en los mercados de valores europeos.
Los bonos, efectivamente convirtieron la mayor inversión de los esclavistas —seres humanos, o "brazos", de Maryland, y Virginia, y de Carolina del Norte y de Kentucky— en una multiplicidad de fuentes de ingreso, todas ellas bajo su propio control, dado que todos los prestatarios oficialmente eran accionistas del banco. La venta de bonos creó un fondo de crédito de alta calidad para ser vuelto a prestar a los dueños de las plantaciones a una tasa de interés significativamente menor de la que podía esperar que ese dinero fuera a producir. Ese fondo podía ser utilizado para todo tipo de fines generadores de ingreso: la compra de más esclavos (para producir más algodón y azúcar y, por lo tanto, más ingreso) o para prestárselo a otros esclavistas. Los prestatarios más listos podían piramidalizar aún más alto su apalancamiento crediticio sacando préstamos sobre el mismo colateral de múltiples prestamistas, por medio de al mismo tiempo obtener préstamos comerciales sin garantía de la A.C.P.L., comprando nuevos esclavos con el dinero prestado, y sacando otro préstamo con esos mismos esclavos como garantía. Habían hipotecado a sus propios esclavos —a veces, en múltiples ocasiones, y otras veces, hasta hipotecando esclavos ficticios— pero a diferencia de lo que Walsh le había tenido que prometer a Nolte en 1824, este tipo de hipoteca le daba al esclavista unos márgenes de ganancia, control y flexibilidad enormes. Era difícil imaginarse que las hipotecas de esos prestatarios llegarían a ser ejecutadas, aún en el caso de que se atrasasen con los pagos. Después de todo, los mismos prestatarios eran los dueños del banco.
Usando el modelo de la A.C.P.L. los esclavistas ahora serían capaces de monetizar a sus esclavos titulizándolos y apalancando su valor múltiples veces en los mercados financieros internacionales. Asimismo, esto le permitió a un grupo mucho más amplio de gente beneficiarse de la expansión de la esclavitud. Probablemente no fue ninguna coincidencia el que el típico bono emitido por la A:.P.L.. y el de la serie de instituciones de imitación que le sucedieron tuvo una denominación de 1,000 dólares, que más o menos era el precio de un par de brazos. Para el inversionista que lo compraba de la Casa de Baring Brothers o de algún otro vendedor, un bono era en realidad la adquisición de un esclavo completamente comodificado: no un individuo particular, sino un pequeño porcentaje de cada uno de miles de esclavos. El inversionista, por supuesto, escapaba al riesgo inherente a ser dueño de un esclavo individual, el cual podría morir, escaparse o volverse rebelde.
Entre 1831 y 1834, por razones por las cuales los historiadores han discutido larga y acaloradamente (sin, oh, llegar a un consenso), el Presidente Andrew Jackson libró una brutal batalla contra el Segundo Banco de los Estados Unidos. El Banco había inyectado millones de dólares en préstamos en Mississippi y Luisiana durante el primer término de Jackson —casi la mitad del balance anual del Banco estaba allí en 1832— pero siguió siendo impopular entre amplios sectores del sudoeste. Los prestamistas no siempre son amados por aquellos a quienes prestan dinero. Jackson vetó la renovación del contrato del B.U.S. en 1832, y ganó ese otoño la reelección enfrentándose a un oponente favorable al Banco. Al año siguiente, ordenó el retiro del Banco de los depósitos del gobierno. Jackson sostenía que al darle al B.U.S. un control efectivo sobre el mercado financiero, el gobierno federal había hecho "más ricos, potentes y poderosos a los ricos." Y sin duda lo había hecho. Pero él distribuyó los depósitos entre una horda de así llamados "bancos mascota" —instituciones fundadas por el estado que, al menos inicialmente, eran manejadas por sus aliados políticos— los cuales a su vez muchas veces no pertenecían a las viejas cúpulas que habían controlados los bancos a los que el B.U.S. trataba como sus favoritos. Como respuesta, Biddle demandó el pago de millones de dólares en préstamos, provocando una recesión que comenzó a fines de 1833. Sin embargo, a inicios de 1834, el B.U.S. tuvo que ceder y seguir haciendo negocios como un todavía grande, pero significativamente achicado, banco ordinario. Ahora, nada —ningín banco ni otro tipo de institución— regulaba la economía financiera de los EE.UU.

"La Venta," litografía a color de Henry Louis Stephens (ca. 1863).
Cortesía de la Biblioteca del Congreso, Washington, D.C.
Son los creyentes utópicos, más parecidos a Greenspan que a Keynes, los que han controlado, tanto la academia económica como las políticas económicas durante el último cuarto de siglo. Han sostenido que un mercado auto-regulado liberará a la innovación, conduciendo al mejor resultado posible. Sin embargo, la historia de la década de 1830, sugiere otra cosa —insistiendo, por el contrario, en que la des-regulación de los mercados financieros permite la innovación financiera y luego las burbujas especulativas. Éstas a su vez reventaron, como acostumbran a hacer las burbujas. Las consecuencias pueden ser masivas, complejas y duraderas.
Economistas de las crisis financieras, como los fallecidos Hyman Minsky y Charles Kindleberger (nombres pasados de moda antes del año 2008), sostenían que la mayoría de las burbujas históricas contiene tres elementos cruciales: políticos que creían que los mercados eran estables y no necesitaban ser regulados; innovaciones financieras que facilitan la creación y expansión del apalancamiento financiero de los prestatarios; y lo que el escritor económico John Cassidy convenientemente designa como "un pensamiento de Nueva Era tipificado por la confianza exagerada y la miopía ante los desastres." Con "pensamiento de Nueva Era" Cassidy quiere decir aquellos que creían que, para citar el título de otro trabajo reciente sobre pánicos financieros, "Esta Vez es Diferente" —es decir, que las reglas han cambiado y los precios seguirán subiendo. La fe lo lleva a uno a querer meterse en la especulación, aunque deba incurrir en grandes deudas para hacerlo, porque se tiene la confianza en que los precios seguirán subiendo y se podrá vender a algún otro comprador más adelante. De esta manera, cada boom adquiere rasgos de un esquema Ponzi. Mientras tanto, "la miopía ante el desastre" hace referencia a la propensión común entre los actores económicos a subestimar, tanto la posibilidad como la posible dimensión del pánico financiero. La magnitud es exacerbada por el nivel de endeudamiento (alcanzado a causa del exceso de confianza) y el grado en el que la protección individual y el sobre-apalancamiento financiero des-regulado hacen probable que quitar un naipe más haga que se desmorone todo el castillo.
Los elementos anti-B.U.S. en la administración de Jackson no reemplazaron la institución de Biddle con algún otro control en el sistema financiero, abriendo el camino para que se desarrollasen todos esos tres procesos. Los políticos al frente del Estado, a los que de hecho se les pasó la pelota, aparentemente asumieron que nada podría ir mal. Luego de 1832, la titulización, el mercadeo a escala mundial, y el apalancamiento múltiple de personas esclavizadas, de las que la A.C.P.L. fue pionera, proliferaron. Al lo largo y ancho de todo el sudoeste, los empresarios algodoneros crearon una serie de bancos, muchos de ellos más grandes que el A.C.P.L. En 1832, el estado de Luisiana fundó el Banco de la Unión de Luisiana, que emitió 7 millones de dólares en bonos del estado. El banco contrató a Baring Brothers para venderlos, y Baring envió algunos a sus socios estadounidenses, Prime, Ward, y King en la ciudad de Nueva York. Pronto, valores del Banco de la Unión estaba circulando en todos los centros financieros de Europa y América del Norte. Luego, en 1833, vino el gigantesco Banco de los Ciudadanos de Luisiana, que fue capitalizado con la emisión de 12 millones de dólares en bonos que Hope y Compañía en Amsterdam aceptó colocar en el mercado.
Aún así, la legislatura de Luisiana siguió produciendo nuevos bancos como chorizos. La Compañía Ferroviaria y Bancaria de Nueva Orleáns y Carrollton —3 millones. La Compañía de Alumbrado de Gas y Bancos de Nueva Orleáns —6 millones. Y así siguió hasta, al llegar 1836, Nueva Orleáns se convirtió en la ciudad con la mayor densidad de capital bancario per cápita, con un total de 64 millones de dólares. Otros estados y territorios en el área, copiando conscientemente a Luisiana, comenzaron a crear bancos propios, cada uno de ellos explotando las lagunas del ahora des-regulado sistema con innovadores instrumentos financieros. Mississippi emitió 15.5 millones de dólares en bonos del estado para capitalizar su Banco de la Unión. Alabama no emitió bonos del estado, pero los Rothschilds, financieros de Londres y París, y encarnizados rivales de Baring Brothers, invirtieron fuertemente en el sistema bancario de Alabama. Florida vendió 3 millones de dólares en bonos para capitalizar su Banco de la Unión, y más o menos otro millón para otras instituciones menores. Arkansas, casi sin habitantes, hizo algo parecido. Para fines de la década de 1930, los bancos fundados por los estados algodoneros habían emitido bonos por bastante más de 50 millones de dólares.
Armados con reiteradas infusiones de dinero fresco prestado por bancos poco preocupados por saber si los esclavos hipotecados ya lo había sido antes —es decir, asignados a otro prestamista como seguridad — los esclavistas del suroeste compraron decenas de miles de esclavos adicionales para los estados algodoneros. Algunos de los compradores eran viejos residentes de estados como Luisiana, Alabama, y Mississippi. Algunos eran inmigrantes nuevos impulsados por el "espíritu de la migración," la creencia en que "difícilmente había otra parte del globo" que pudiera permitir "al esclavista o mercader con capital moderado" convertir dicho capital en una fortuna. Calculaban el dinero que harían: del trabajo de una "mano" - una persona esclavizada en un campo de algodón— "entre trescientos y cuatrocientos dólares" al año, dijo un hombre que consideraba modestas sus expectativas —"aunque algunos afirman hacer seiscientos o setecientos dólares." No eran malos beneficios para un "activo" adquirido por sólo dos o tres veces esa suma, y que además podía ser hipotecado para producir múltiples fuentes de ingreso. De esta manera, tanto inmigrantes como viejos residentes locales iban en manada a los bancos, hipotecaban sus propiedades (algunas de las cuales, dirían más tarde los críticos, ni siquiera existían) y gastaban el crédito que recibían. Enormes cantidades de dinero circulaban de mano en mano: a mercaderes de esclavos, a vendedores de productos como comida y ropas baratas, a dueños de esclavos en el Chesapeake que vendían gente al área del sudoeste, a los bancos en Virginia y otros lugares que recibían su tajada como financiadores de los traficantes de esclavos locales. Al terminar la década, al menos 250,000 hombres, mujeres y niños esclavizados se habían movido de las viejas tierras de la esclavitud a las nuevas. Allí, los ponían a trabajar: limpiando los montes de los cuales los pueblos originarios habían sido expulsados por las políticas de Andrew Jackson; plantando semillas de algodón; cultivándolo mientras llegaba la hora de la cosecha.
Un cuarto de millón de personas fueron desplazadas por la fuerza, vendidas, hipotecadas, colateralizadas, titulizadas y revendidas a tres mil millas de distancia del lugar en el que trabajaban duramente. Cada verano, aprendían como cortar más rápido el algodón de los campos, a punta de latigazos. De 1831 a 1837, la producción de algodón se más que duplicó, de 300 millones de libras a más de 600 millones. Demasiado algodón estaba llegando a Liverpool para que en Manchester lo hilaran y tejieran, y mucho menos salía para vendérselo a los consumidores en la forma de telas. Los precios por libra en Nueva Orleáns, que había empezado su auge en 1834 a dieciocho centavos, había bajado a menos de diez a fines de 1836. "Todo el mundo está endeudado hasta las narices," era la respuesta desde Alabama, pero los "mercaderes (de esclavos) no están desanimados" —muchos de sus compradores creían que los precios del algodón volverían a repuntar. No tenían evidencia alguna que sugiriese un regreso de los precios al alza. Claramente, la oferta excedía a la demanda. Sin embargo, ahí estaban, operando la sicología, los espíritus animales de la típica burbuja, diciendo: esta vez es diferente. Pero a medida que se empezaron a sentir los pellizcos de la ralentización de los precios, el Banco de Inglaterra, alarmado por la fuga de capitales hacia los EE.UU. en la forma de compra de valores, cortó los préstamos a fines del verano de 1836. (Más o menos al mismo tiempo, Andrew Jackson emitió su Circular Especia que frenó un poco las adquisiciones de tierras públicas, pero que parece haber tenido poco efecto en lo que sucedió después en el mercado del algodón.) Las firmas comerciales a partir de ese momento empezaron a reclamarse mutuamente el pago de sus préstamos.
A inicios de 1837, un visitante a la Florida, que ya era - ̣como siempre lo ha sido - uno de las áreas más especulativas y propensas a las burbujas de los EE.UU. - escribió que "hay un grave riesgo de que burbujas Tres enormes empresas de Liverpool y Londres, incapaces de honrar sus deudas comerciales a causa de la caída de los precios del algodón, colapsaron a fines de 1836. El tsunami atravesó el océano hasta alcanzar a los socios comerciales de Nueva Orleáns. A fines de marzo, cada una de las diez principales firmas compradoras de algodón habían colapsado.
A excepción de los dueños de las plantaciones, que en su mayor parte eran acreedores, casi todos los demás actores del mercado —mercaderes de algodón, mercaderes de mercancías secas, banqueros del Sur, banqueros del Norte— ahora se empezaban a dar cuenta de que habían sido tanto prestamistas como deudores. Pero mientras corrían a cobrar sus cuentas a otros para poder pagar sus propias deudas, sucedían dos cosas. La primera fue que sus búsquedas racionalmente individuales de liquidez creaban el colectivamente irracional resultado de un fallo de todo el sistema. Nadie era capaz de pagar sus deudas, y así la mayor parte de la compra-venta al final se detuvo. Hubo un intento de reiniciar el sistema, pero falló. Otro crash más grande, en 1839, liquidó a muchos de los que habían sobrevivido al pánico de 1837. Mientras tanto, por esos años, emergía una segunda consecuencia: el descubrimiento de que la mayor parte de la deuda de los dueños de las plantaciones y de aquellos que habían comerciado con éstos era "tóxica," para usar un término moderno. Era impagable. Los dueños de plantaciones de Mississippi le debían sólo a los bancos de Nueva Orleáns 33 millones de dólares, estimaba un experto, y no podían esperar a juntar más de 10 millones de su cosecha de 1837 para pagar esa deuda. Tampoco podían vender capital para conseguir efectivo porque los precios de los esclavos y de la tierra, el último colateral en el sistema, se habían desplomado a medida que la primera ola de ventas motivadas por la bancarrota acabó con el poco dinero en efectivo que había en el mismo sistema. Esto significó que el sistema financiero no solo se congeló, sino que además los estados de cuenta de muchos de los prestamistas fueron desbordados.
Armados con reiteradas infusiones de dinero fresco prestado por bancos poco preocupados por saber si los esclavos hipotecados ya lo había sido antes —es decir, asignados a otro prestamista como seguridad — los esclavistas del suroeste compraron decenas de miles de esclavos adicionales para los estados algodoneros.
Luego de que las firmas comercializadoras de algodón y las proveedoras de las plantaciones, le tocó el turno a los bancos del sudoeste, cuyas divisas y crédito perdieron todo valor. Éstos fueron incapaces de seguir haciendo pagos en cupones —cuotas de los intereses sobre los bonos que habían vendido en los mercados de valores en el extranjero. Algunos podrían haber sido capaces de cobrar dinero de sus deudores ejecutando las hipotecas contra los esclavos y la tierra pero, claro está, el mercado para esos dos bienes había colapsado. Entretanto, muchos dueños de esclavos habían amontonado varias hipotecas sobre cada esclavo, y estaban usando su peso político para protegerlos de las consecuencias de su sobre-apalancamiento financiero. La expresión última de esta práctica fue el desconocimiento de los bonos apoyados por el Estado de parte de las legislaturas de varios de los estados y territorios del sudoeste, sobre todo Mississippi y Florida —en efecto, ellos mismos toxificaron los bonos, emancipando a los deudores en esclavos de los tenedores de bonos respaldados en esclavos. El poder del Estado había creado al esclavo titulizado, y ahora el poder del mismo Estado lo estaba destruyendo para proteger al dueño de los esclavos de sus acreedores.
Pero no todas las deudas podía ser desconocidas. Y muchos de los acreedores se encontraban en los estados del Norte. Sus intentos de cobrar cada vez más llevaron a los dueños de las plantaciones a reconsiderar el valor de la Unión. Tampoco podían los empresarios de Sur recapitalizar sus propias instituciones. Luego del desconocimiento, los inversionistas externos fueron cautelosos en prestarle dinero a las instituciones del Sur. En los 1830s, todavía no estaba claro dónde se encontraba el centro de la economía financiera nacional —Filadelfia, sede del B.U.S., y Nueva Orleáns, ambas se disputaban ese privilegio. A inicios de los 1840s, Wall Street y Nueva York habían emergido como el definitivo vencedor. Los dueños de esclavos continuaron proveyendo virtualmente todo el producto más importante del mundo industrial, pero luego de 1837, la incapacidad de los dueños de plantaciones del Sur de controlar su propio financiamiento o de conseguir el capital que les permitiese diversificar su producción, los llevó a sacrificar enormes porcentajes de sus ganancias en favor de intermediarios financieros y acreedores. Buscaron obtener mayores ingresos en las únicas formas en que podían hacerlo. La primera fue hacer más y más algodón. Obligaron a la gente esclavizada a alcanzar una intensidad increíble del trabajo, desarrollaron nuevos tipos de semilla, y expandieron el área cultivada, pero el aumento de la producción de algodón (que subió de 600 millones de libras en 1837 a dos mil millones en 1859) fue más de lo que el mercado podía absorber. El precio se mantuvo bajo la mayor parte de los años, en comparación con los niveles históricos.
El segundo método de aumentar los ingresos fue el de buscar nuevos territorios, tanto con el fin de aumentar la cantidad de tierras en cultivo como con la esperanza de provocar un nuevo auge. Desatar los espíritus animales de la especulación en nuevos territorios es algo que casi había funcionado antes, de modo que ¿por qué no intentarlo de nuevo comprando para la esclavitud California, Cuba, México, o Kansas? El resultado de la apuesta de capital político con ese fin fue, por supuesto, la Guerra Civil, en la que las consecuencias de las dificultades financieras de largo plazo de la economía del algodón jugaron un importante papel para la derrota del Sur.
Así, las innovaciones financieras de los 1820s y 1830s tuvieron consecuencias masivas e imprevistas, y a menudo irónicas. Pero esas consecuencias tenían lugar en la economía "real". Por supuesto, hay algo de mágico, ficticio y extraño en la comodificación de casas, tierras y, sobre todo, seres humanos. Cada una de esas cosas tiene sus propias razones para ser tratadas como algo único, con derechos morales. La casa adquiere un valor extra-financiero de las vidas que son vividas en ella y que a su vez la transforman en un hogar. Su valor de mercado depende, asimismo, de las ideologías sobre lo doméstico y la familia que la "invisten" de algo con más valor de lo que la madera, la piedra o el trabajo artesanal por sí mismos pueden proveer. La tierra, todavía más inamovible que la casa, está llena de demandas, tanto humanas como no-humanas, sino también históricas y ecológicas. La titulización de un ser humanos es aún mucho más ofensiva para nuestras sensibilidades morales, convirtiendo a las personas en números y bonos de papel, y así dividiéndolas y recombinándolas con bonos del estado que uno puede llevar de un lado al otro del océano en maletines para venderlas a personas que profesan su apoyo a los ideales de la emancipación. Si eso no es ficción, no sé qué otra cosa lo será. Sin embargo, al final, las reverberaciones desencadenadas por el apalancamiento de los antivalores de la esclavitud hacia más valor para aquellos que explotaban a esas personas fueron lo que vino a dar al traste con la estructura de la esclavitud en el mundo real.
Lecturas de ampliación
Los registros de Jacob Bieller y de la gente que trajo al noreste de Luisiana se pueden encontrar en los Documentos de Alonzo Snyder en la Biblioteca Hill de la Universidad del Estado de Luisiana. Otra fuente primaria excelente que ilumina los temas discutidos en este artículo son los Documentos R.C. Ballard, ubicados en la Colección Histórica Sureña de la Universidad de Carolina del Norte. Un libro reciente que indaga en los efectos posteriores a la victoria de Andrew Jackson sobre el Segundo Banco de los Estados Unidos es el de R.H. Kilbourne, Slave Agriculture and Financial Markets in Antebellum America: The Bank of the United States in Mississippi, 1831-1852 (Londres, 2006.) Kilbourne sostiene que la caída del Banco hizo inevitable la calamidad última de 1837.
Un reciente y laureada disertación de Jessica Lepler—"1837: Anatomy of a Panic," (Ph.D. Diss., Brandeis University, 2007)—recrea el colapso de la economía internacional. Tal vez el libro más significativo sobre la historia mundial a gran escala en años recientes sea The Great Divergence: China, Europe, and the Making of the Modern World-Economy (Princeton, 2000), de Kenneth Pomeranz, que sostiene que los "acres fantasmas" de los campos de algodón del sudeste de los Estados Unidos le permitieron a Europa escapar del "callejón sin salida de los recursos" que atrapó a la economía china antes de que pudiera alcanzar lo que los académicos acostumbraban a llamar el punto del despegue de la modernización.
Finalmente, una introducción excelente a la manera en la que la profesión económica, durante los últimos cincuenta años, cada vez más ha ocultado de la investigación de temas históricos como los pánicos y las crisis en la "economía utópica" de los modelos simples y las panaceas del libre mercado es el de John Cassidy, How Markets Fail: The Logic of Economic Calamities (Nueva York, 2009).


