Wilfredo Gutiérrez*, 11 de mayo 2025

Una niña víctima de la ofensiva genocida sionista, apoyado
por Estados Unidos y la Unión Europea. La leyenda
lee "Está niña no sabe aún que ha perdido la vista"
Hace algún tiempo yo creía que sólo las personas podían hablar. Y es evidente que así es. Pero no estoy implicando aquí a los animales. ¡Ojalá que ellos pudieran hablar también! – talvez nuestra interacción parlante con ellos podría hacer el mundo un mejor lugar para vivir. Me refiero a las estructuras sociales, a los grupos sociales humanos; ellos no pueden hablar; el habla es una gracia especial de las personas. Paradójicamente, sin embargo, las estructuras también “hablan,” y cuando hablan, lo hacen en voz alta y poderosa.
Las estructuras “hablan” en el sentido de expresiones colectivas de instituciones sociales que comparten valores, creencias, lenguajes, normas y símbolos para entenderse e interactuar con otras estructuras y personas. De hecho, desde el primer momento en que nacemos y entramos al mundo ya estamos inmersos en estructuras sociales. La estructura familiar es nuestra primera institución social que experimentamos en la sociedad, la cual condiciona nuestro comportamiento y percepciones futuras en la vida. Después vienen otras estructuras – la escuela, los grupos de amigos/amigas, la iglesia, el Estado, los medios de comunicación tradicionales, las redes sociales, la inteligencia artificial, etc. – que continúan el proceso de condicionamiento social de los humanos hasta su muerte.
Pero en todo este proceso, las personas no son meros espectadores absorbiendo enteramente los significados direccionales de las instituciones. La interacción entre los individuos también influencia, transforma, desafía y/o refuerza las estructuras establecidas del estatus quo. Es algo que no depende de que un individuo lo diga o no lo diga, lo quiera o no lo quiera. La interacción entre individuo y sociedad es un hecho fundamental histórico que ocurre como un ciclo permanente en todos los tiempos y lugares. La importancia del orden social y la dinámica de interacción entre los individuos genera también nuevas estructuras; y las interacciones se tornan entre estructuras y estructuras. Es un proceso de orden y conflicto donde muchas veces la voz de las estructuras tiende a acomodarse a la dominación de las viejas estructuras imperantes y lo hace de forma rastrera, inclinándose más hacia lo vil que hacia lo noble.
Cuando las estructuras de los pueblos “hablan” ellas se volcan a las calles en protestas públicas contra las injusticias sociales, cuando usan su voto político para elegir al Presidente de una nación, cuando eligen la gobernadora o gobernador de una provincia, cuando eligen a un Sumo Pontífice, cuando un determinado congreso legislativo vota por una ley, cuando un partido político alcanza un consenso sobre sus objetivos, o simplemente cuando los miembros de una familia se reúnen para decidir asuntos importantes en sus vidas, etc,. Javier Milei, el Presidente de Argentina, por ejemplo, es un producto cristalino de esa “voz alta” de las estructuras cuando se muestran rastreras. Se sabía muy bien desde mucho antes de la elección presidencial de ciertos indicios relevantes por los cuales se podía inferir la estatura moral y política del sujeto. Pero las nuevas estructuras del pueblo que querían “hablar” y clamaban al cielo por “un cambio” se dejaron arrollar por la cultura de manada que producía el circo telemático del payaso.
La ironía es que cuando las estructuras deberían “hablar” con verdadera voz alta, no hablan, no lo hacen, permanecen relativamente agachadas. Y al parecer no perciben cómo lo noble se revuelca de dolor por el suelo mientras lo vil se convierte en lo más cómodo de la vida. Hoy en día, se siente un gélido aletargamiento de la consciencia de la humanidad que nos abruma ante lo obvio, ante una de las injusticias sociales más brutales del mundo cometida por otras estructuras. Michael Ryan, Director del Programa de Emergencias de la Organización Mundial de la Salud, nos hace recordar que las estructuras también “hablan,” pero por alguna razón “prefieren” la complicidad del silencio ante la miseria humana. El médico, muy acertadamente, ha golpeado en el corazón de la mediocridad humana cuando las estructuras deben “hablar” y no hablan:
¡“Estamos destruyendo el cuerpo y la mente de los niños de Gaza! Estamos matando de hambre a los niños de Gaza, porque si no hacemos nada acerca de esto, somos cómplices de lo que sucede ante nuestros ojos. Somos cómplices. Nosotros estamos provocando esto, ustedes, nosotros, y todos aquellos que NO hacen nada al respecto. ¡Esto tiene que parar! Cualquier persona sensata se ha de poner de pie y decir: Esto tiene que parar. Yo, como médico, como alguien que ha visto más de mil niños sin extremidades, miles de niños con lesiones de la médula espinal y lesiones graves en la cabeza que nunca se recuperarán; miles de niños con problemas psicológicos severos que probablemente nunca se recuperarán. Como médico estoy enfadado por no hacer lo suficiente. Estoy enojado con todos aquí. Estoy enojado con vosotros. Estoy enojado con el mundo. ¡Esto es abominable. Es abominable!
¡Pero cómo no podría esto ser abominable! Y más aún cuando los cabecillas de la muerte, del Sionismo israelí, ya se han quitado las máscaras para pregonar descaradamente, por medio de sus estructuras de poder que también “hablan,” que se están preparando para una “limpieza étnica completa” en Gaza. El médico Ryan, sin duda, está haciendo un llamado de emergencia a la consciencia de la humanidad, y con ello, parece martillarnos la idea de que sólo cuando las estructuras “hablan” el mundo puede cambiar.
Que las estructuras “hablan” no es una cuestión semántica. Es un principio sociológico fundamental que enfatiza la importancia de la unidad en las interacciones humanas. El poder de la unidad surge en la historia cuando las personas empiezan a compartir intereses y una misma identidad, cuando tienen una percepción de pertenencia en la estructura, cuando se sienten parte de algo más grande, cuando adquieren papeles definidos y deciden asuntos colectivos que hacen que la estructura pueda “hablar” con un discurso colectivo ante las injusticias. En fin, cuando los pueblos comparten una misma realidad social subyacente que no sólo los hace “hablar,” sino que los catapulta hacia lo noble, como lo demuestra, por ejemplo, la tierra de Darío, Sandino, Carlos, Tomás, Arlen, Mildred y otras figuras inmortales que vivieron, y viven, en las estructuras correctas de la historia.
María y Pedro, individualmente, es poco lo que pueden hacer por la consciencia de la humanidad, pero cuando ella y él mezclan sus percepciones y valores, la cohesión de su unidad es tal que se convierte en una nueva substancia social. Y cuando ya no son dos, sino doscientos, o millones, entonces las características individuales de María y Pedro, y de cada una de todas las personas individualmente envueltas, se indeterminan para dar lugar a la emergencia de una entidad social poderosa: La estructura. El poder de las estructuras, cuando “hablan” en voz alta y en dirección hacia lo noble, es como la fuerza de un meteorito.
Lo que está pasando en Gaza, dijo un diplomático chino, “es una herida en la consciencia de la humanidad.” ¡Por supuesto que sí! Yo sé que lo vil nunca podrá ser eliminado del mundo, ya que entonces lo noble no podría hacer sentido sin lo vil. La grandeza de lo noble sólo puede explicarse en función de lo vil, pero no viceversa – a menos que encontremos alguna grandeza en lo vil. Quizá sólo un poder espiritual podría transcender o borrar sus fronteras. Pero al menos, de una cosa podemos estar seguro: Podemos imaginar cómo ese meteorito, dirigiéndose hacia lo noble, podría “darle vuelta a la tortilla” en Gaza.
* Wilfredo Gutiérrez es sociólogo