La respuesta del Presidente Trump fue correcta

Enviado por tortilla el Dom, 18/01/2026 - 15:01

Wilfredo Gutiérrez *, 18 de enero 2026

Cuando el NYT, el 7 de enero 2026, preguntó al Presidente de Los Estados Unidos Donald Trump sobre si había algún límite a sus poderes globales, el Presidente contestó: “Sí, hay una cosa, mi propia moralidad, mi propia mente. Es la única cosa que puede pararme.”
 
Si la intencionalidad en la pregunta era picar la consciencia del mandatario estadounidense para acicatear alguna demostración de lujo de discurso  político sobre la “fuerza bruta,” no creo que eso se haya logrado. Comprendo que la respuesta del presidente connota la idea de alguien quien maneja a alta velocidad en la carretera y que no tiene la voluntad de “parar” para evitar una tragedia. Permitidme compartir una diferente apreciación de lectura.
 
Cuando se pone atención al sentido común y la espontaneidad humana inherente en la respuesta del presidente, surge otro cuadro.  Independientemente de la crudeza de la realidad diciéndonos lo contrario, in un contexto de máxima tensión mundial cuando las políticas del mandatario han causado muchas tensiones bélicas en el mundo, el secuestro del Presidente de Venezuela Nicolás Maduro y las ambiciones imperialistas sobre Groenlandia, la respuesta del Presidente Trump fue correcta.
 
¿Acaso no estamos hartos de saber que sólo los “intereses propios” en geopolítica gozan de un estatus de universalidad? ¿Acaso la “Realpolitik” no nos ha enseñado tantas veces que la “moral” está fuera de las relaciones políticas internacionales? Pues, la expresión del Presidente, “mi propia moralidad,” me parece a mí como un “vientecito fresco” que nos recuerda el papel fundamental de la moral en los asuntos políticos mundiales.
 
Pero no os confundáis. No estoy proclamando que las acciones del poder global del presidente son justas. De hecho, la gran mayoría de las naciones del mundo, junto con sus pueblos, incluyendo gran parte del pueblo estadounidense, han rechazado las ambiciones imperialistas de Estados Unidos en el mundo. Tampoco estoy afirmando que la “propia moralidad” que subyace detrás de las acciones políticas del Presidente puede calificar para un requerimiento de “universalidad,” como podría demandarlo, digamos por ejemplo, el “imperativo categórico” de la ética Kantiana; o que podría reunir el criterio moral de la Regla de Oro: “Haz a otros lo que quieras que otros te hagan a ti.” Por supuesto que no.
 
Lo que, sí, puedo decir con certeza es que la respuesta del presidente Trump fue correcta en cuanto al hecho que detrás de toda acción humana siempre hay una regla de conducta moral subyacente. Y esa regla de conducta moral, por ejemplo, como dice el mismo Presidente, “Es la única cosa que puede pararme.” Ningún presidente en el mundo, ningún político, ningún hombre, ninguna mujer y, en verdad, ningún ser humano está excento de regir o regular su propio comportamiento por alguna regla de conducta moral. De no ser así, ¿Cómo podrían los seres humanos asegurar la convivencia y el respeto mutuo en las sociedades del mundo?
 
No hay nada malo ni extraño que el presidente Trump haya respondido espontáneamente de la manera en que lo hizo. Lo malo y extraño sería que él no fuera consciente de su propia moral. Con su “propia moralidad,” yo creo que el presidente, como cualquier otro ser humano, es capaz de saber, entender y ser sensitivo a la “propia moralidad” que tienen también otras personas y otros líderes políticos del mundo.  
 
La expresión “mi propia moralidad” significa que el presidente Trump, como todo ser humano, es consciente de saber y entender lo que es “bueno” o “malo” en toda circunstancia o contexto y saber cuándo refrenarse y cuándo proceder. Si el presidente no fuera consciente de su “propia moralidad,” entonces estaríamos ante un grave peligro, o más peligros; quizás ya habrían ocurrido más tragedias en el mundo, más genocidios, bombas atómicas talvez ya habrían caído, otra vez, en algunos puntos del planeta, etc.   
 
La “propia moralidad” del presidente me dice a mí que él es capaz de saber que “lo que es bueno” para él o para Los Estados Unidos “puede ser malo” para otras personas o para otras naciones del mundo. Y eso debe ser muy probablemente el gran reto de consciencia moral que debe confrontar el presidente. Y solamente su “propia moralidad,” en medio de su colectivo asesor, le puede aconsejar redefinir sus concepciones de lo “bueno” y lo “malo” para proceder con conducta moral en sus acciones políticas en el mundo. De otro modo, ¿Cómo podría el presidente hacer honor a su propia moral y tomar en cuenta la propia moral de otros actores políticos en el nuevo orden mundial emergente?
 
Si la respuesta del Presidente Trump a la pregunta del NYT hubiera sido “mi propia voluntad política,” yo no estaría escribiendo esto y ningún “airecito fresco” habría pasado por mi cabeza. Pero en la respuesta real del presidente, “mi propia moralidad,” yo creo, subyace la esperanza de hacer surgir el amor, el respeto mutuo, la cooperación, el desarrollo humano y la convivencia pacífica internacional que demanda la “propia moralidad” de todos los actores políticos involucrados. Cuando digo “subyace la esperanza de hacer surgir el amor…,” dispensadme que de automático venga a mi mente la imagen moral de aquello que una nación, tan sufrida históricamente como Nicaragua, haya logrado hacer realidad en un grado humano infinitamente digno.
 
Desde el momento en que el Presidente Trump confía en su “propia moralidad,” él es consciente de que su “libertad” no es “total” ni “absoluta,” como creen los despistados “libertarios” como Milei y otros ilusos en el mundo. El presidente Trump sabe que su libertad tiene “límites” impuestos por su “propia moralidad” en el conjunto de la “propia moralidad” de los demás. Muy seguramente, el presidente es consciente que los “límites” naturales, sociales o divinos en el mundo, son consubstanciales a la “libertad” de todo ser humano, y que “libertad” y “restricción” comparten una misma identidad existencial en el mundo real. Ahí radica, creo yo, la esencia de la verdad implícita en la expresión “mi propia moralidad” del presidente estadounidense.  
 
No me cabe duda que la expresión “mi propia moralidad” sugiere que el presidente es consciente de lo que debe hacer; sabe lo que es permitido, sabe lo que es prohibido y sabe lo que es deseable. En otras palabras, si una regla de conducta moral dice “No matar” o “No robar,” esto es obviamente y lógicamente así porque no hay duda de que dicha regla de conducta reúne el criterio moral de universalidad; y ahí precisamente se fragua los frenos y los impetus del mandatario, como los de cualquier otro político u otra persona moralmente consciente en el mundo.
 
Por el contrario, si una regla de conducta dice “Busca siempre tus propios intereses,” ¿Creéis que esta regla de conducta reúne el criterio moral de universalidad? Por supuesto que no. ¿Pero por qué no puede calificar para el requerimiento moral de universalidad? Simplemente porque es una “luz verde” para el ejercicio desenfrenado de la falacia de la “libertad absoluta.” Es por eso que solamente la “Realpolitik” y su mantra que “el fin justifica los medios” puede permitir “universalidad” a comportamientos inmorales en el mundo. El énfasis que pone el presidente en su “propia moralidad” es teóricamente decisivo porque abre una puerta donde por primera vez puede entrar ese “vientecito fresco” que puede humanizar las relaciones políticas internacionales.
 
Podéis acusarme de que debo estar soñando, creyendo que el Presidente Trump podría pasar a la historia como el primer presidente estadounidense que aportó un “grano de arena” moral a las relaciones políticas internacionales. ¿Qué puedo decir? Talvez no me voy a resistir a la acusación. Pero, ¿Qué pasaría si el Presidente Trump un día decide generar diálogo y debate que busque poderar el sentido moral y humanista de su histórica respuesta pública? Perdonadme la ingenuidad. Al fin y al cabo, “La esperanza es lo último que se pierde” ante las adversidades de la vida. Dejadme soñar.
 
* Wilfredo Gutiérrez es sociólogo