El problema de la “existencia” y la “esencia”

Enviado por tortilla el Dom, 01/03/2026 - 06:05

Wilfredo Gutiérrez *, 1ero de marzo 2026

El 22 de septiembre de 2011 el difunto Papa Benedicto XVI dijo, “El hombre no se crea a sí mismo.” Cuando leí la frase recientemente, me hizo pensar sobre el famoso problema de la “esencia” y la “existencia.” Aunque no soy partidario de ciertos “determinismos,” de “arriba” o de “abajo,” por ser abiertamente maliciosos políticamente, me parece digno apreciar la certeza del pensamiento del pontífice con humildad ideológica.
 
Puedo imaginar dos formas de valoración de la verdad en dicho pensamiento. Y también me parece pertinente discutir un tercer enfoque en que tal pensamiento es problemático porque no parece encajar en la realidad del mundo.
 
Por un lado, dejadme decir que yo, al igual que vosotros lectores, “no soy el creador de mí mismo.” Nunca tuve elección ni decisión para venir al mundo. Cuando comencé a crecer, como un niño, un adolescente y después un adulto, empecé a darme cuenta de que yo existía y que ya estaba en el mundo. Entonces, es lógico de que yo “no podía ser el creador de mí mismo;” podría decir que fue mi madre y mi padre los creadores de mi existencia; ellos se encontraron, se amaron y me trajeron al mundo.
 
Por otro lado, dejadme decir también que tampoco mi madre y mi padre “fueron los creadores de ellos mismos.” Al igual que yo, ellos no decidieron venir al mundo, y lo mismo se puede decir de sus antepasados. Y siguiendo en esa misma línea de indagación vamos a llegar hasta Adán y Eva y nos daremos cuenta que ellos tampoco tuvieron elección y decisión para venir al mundo. Así que, Adán y Eva y la humanidad entera son una “creación” de Dios.    
 
Hasta este punto, la afirmación del Pontífice es totalmente acertada: “El hombre no se crea a sí mismo.” La “creación” de Dios de la humanidad la podemos apreciar meridianamente en la imagen bíblica del “alfarero y la arcilla.” La metáfora, como bien es conocido, es una representación de la relación entre la soberanía absoluta de Dios y la humanidad.
 
El problema es que el hombre o la humanidad en general, en su realidad histórica y contemporánea, parece haber ido mucho más allá de la “arcilla” y la metáfora ya no parece cuadrar.
 
Presumiblemente, el hombre no parece estar dispuesto a seguir siendo “moldeado” por el   Creador. De hecho, las palabras, las teorías y las acciones de muchos científicos, filósofos, ateos y políticos poderosos del mundo parece ser una prueba fehaciente de lo que ha sido capaz de decidir “ser” y “hacer” esta “arcilla humana” en el mundo. Se puede decir que el pensamiento Sartreano condensa toda esta perspectiva cuando plantea que “la existencia precede la esencia” O sea que, el hombre, como dice el filósofo, “se hace a sí mismo” a través de sus actos de elección y decisión en el mundo. En síntesis, “el hombre,” dice Sartre, “está condenado a ser libre.”
 
A diferencia de la “arcilla” que permanence “arcilla” en toda su existencia, el hombre adquiere consciencia en el desarrollo de su existencia y elige y decide lo que quiere “ser” y “hacer” en el mundo. La radicalidad de su libertad, siguiendo a Sartre, sin lugar a duda, raya en lo “absoluto,” ya que, además, en su sentido existencialista más profundo, la idea es que la “existencia” se ha convertido en la “esencia,” y por lo tanto, Dios se ha quedado afuera.
 
En dicho contexto, quizá sólo basta echar una mirada a la magnitud de tensión y conflicto geopolítico en que vive el mundo actual para comprobar que la “existencia” del hombre se ha convertido en la “esencia.” O sea que, estamos ante una “arcilla” pretensiosa que, creyendo “relevar” a Dios en su tarea, aparece resueltamente decidida a “moldear” la existencia de su propio destino como humanidad mediante una confrontación políticamente y militarmente violenta que busca redefinir el concepto de “orden mundial.” O sea que, la “arcilla” ahora cree que ella es la “alfarera;” y esta “moldeando” su nueva “arcilla” para hacer una “vasija bella”: el “orden mundial.”  
 
Una redefinición del “orden mundial,” por supuesto, es absolutamente necesaria porque la injusticia social está metida hasta el fondo en todo el conflicto. Una visión “unipolar” del mundo que se presume “obediente” de Dios acusa a la otra visión del mundo, “multipolar,” por considerarla “desobediente” o “rebelde.”
 
Así que, en una tercera valoración, cuando la “existencia” se ha convertido en la “esencia,” la idea de Benedicto XVI de que “el hombre no se crea a sí mismo” ya no parece sostenerse. ¿Significa esto que la “existencia” del hombre ha usurpado la “esencia” divina de Dios? Talvez sí. Talvez porque el hombre nunca podrá ser totalmente autónomo ni “omnipotente” y tiene que usurpar aquella “esencia” para camuflar su pequeñez con el uso de su “libertad,” presuntamente “absoluta” de su propia voluntad. ¡Pero ojo! No se trata de que el hombre “está jugando a ser Dios” en el mundo. Se trata de que Dios, por causa de su infinito amor por sus “creaturas,” no tuvo la mezquindad de “darle” un libre albedrío falso al hombre. Dios no engañó al hombre; Dios le “dio” un libre albedrío auténtico al hombre al “crear” el escenario original. Pero también, en un sentido estrictamente humano, el hombre “ganó” o conquistó su libertad y humanidad decidiendo “desobedecer” y “comer del árbol del conocimiento,” como argumentó el gran pensador ruso Mikhail Bakunin en su obra God and the State. De no ser así, tendríamos que creer que todo el “mal humano” y todo el “mal natural” que pasa en el mundo es la culpa de Dios cuando es la culpa del hombre, o sea como sea.
 
Yo creo que el amor de Dios fue más grande que su poder omnipotente ya que el “regalo” de la libertad auténtica a sus creaturas era (es) de un valor incalculable. Quizás a Dios, por su infinita bondad, no le importó “arriesgar” su soberanía absoluta con tal de dotar al hombre con un libre albedrío auténtico, y no falso. Pero seguramente Dios también abrigaba la esperanza de que el hombre, con su auténtica libertad, pudiera escoger el bien, pero no el “bien individualista,” sino el BIEN COMÚN en la tierra, digamos, como Él precisamente manda: “Amaos los unos a los otros.” Pero quizás la cuestión, por así decirlo, se le fue de las manos, y ahora el precio de aquel riesgo es tan alto por causa del absurdo, por causa de la imbecilidad, la soberbia y el egoísmo del hombre al no poder usar su libertad con nobleza y responsabilidad. Pero infunde una gran esperanza, a pesar de todo, el hecho de que la práctica del bien común ya está en camino en algunas sociedades del planeta como Nicaragua, Cuba, Venezuela, México y otras pocas más que han elegido la paz, el amor, la compasión, la misericordia, la solidaridad y la empatía.
 
Pero aún así, la esperanza más grande del cambio pende de un hilo, pende del combustible de la confrontación geopolítica que busca definir la “naturaleza buena" del nuevo “orden mundial.” Sólo hasta entonces la “existencia” podrá hacer honor a la “esencia” y Dios, como mínimo, podría sonreír ante su “creación.”
 
El hecho de “estar condenado a ser libre” no es una licencia de poder absoluto del hombre para elegir arbitrariamente el “mal” e imponer su voluntad a la fuerza sobre otros. La verdadera libertad, como ya dijimos, es la que busca la construcción del “bien común;” y no importa si este es un concepto de Dios o de la sociedad. Ser “libre” no es una justificación para ser un canalla contra el prójimo, y mucho menos contra aquellos más débiles.
 
El hecho de que el concepto de “orden mundial” es precisamente lo que está en juego en manos del hombre (la “arcilla” pretensiosa) debería recordarnos que el deseo del “alfarero” era “moldear” una “vasija bella y hermosa.” Por lo tanto, si el hombre no persigue y construye esa “belleza” en su “vasija” (i.e., su “orden mundial”), y por el contrario, rompe su “vasija” y la hace pedazos en un “Armagedón” nuclear, entonces “no hay vuelta de hoja,” el hombre seguirá siendo un gusano ante la soberanía de Dios. ¡Pero cuidado! Aquí no termina el cuento.
 
Dios, en mi opinión, si quiere “arreglar” lo que “arriesgó,” tendría que convencer a la “arcilla” sobre lo que significa su concepto de “justicia” en su “Guerra Final” frente a “gobiernos humanos obedientes” y “gobiernos humanos rebeldes.”  Si Dios no logra convencer a la “arcilla” sobre lo que significa su “justicia” en relación a esa diferencia de gobiernos humanos, entonces la guerra, en el mundo real, continuará. ¡Y qué más da! De hecho, ideológicamente hablando, el origen de la “desobediencia” surgió en el “cielo,” y no en la tierra.
 
* Wilfredo Gutiérrez es sociólogo