Ecuación para un mundo que toma forma en las manos de las mujeres

El amor no llega:
se propaga,
como una onda que atraviesa el medio
y altera la forma en que la materia
se reconoce a sí misma.
La revolución, la muestra más sublime del amor, no estalla,
sino que acumula su fuerza en el silencio:
es un campo latente que sube de intensidad
hasta que la simetría cede
y aparece un orden nuevo.
El 8 de marzo es esa energía visible:
no un día,
sino la vibración de un potencial antiguo
que por fin encuentra frecuencia.
Una emanación que no pertenece a nadie
y sin embargo nos atraviesa a todos.
La mujer —arquetipo del hombre nuevo, mejor dicho, del ser nuevo —
no es figura ni consigna:
es el punto donde el sistema
descubre que puede reorganizarse.
Es un cambio existencial en las condiciones de la frontera
que obliga a la realidad
a reescribir su ecuación.
El amor participa de esa física, es el punto céntrico de la ecuación:
abre grietas,
deshace rigideces,
convierte al yo en un cuerpo permeable
que intercambia energía
con aquello que reconoce como otro.
Porque toda revolución auténtica
es un proceso de acoplamiento:
entre sistemas que interactúan,
que cambian de fase.
Y todo amor verdadero
es la prueba íntima
de que el mundo puede hacerlo.
Aquí, en este punto del espacio‑tiempo, queda ella:
la que sostiene el campo cuando todo vibra,
la que desplaza constantes sin pedir permiso,
la que reorganiza la materia del día a día
con una precisión incomparable,
con la audacia de quien sabe
que ninguna ley es definitiva.
Queda la mujer que dirige,
que investiga,
que crea,
que enseña,
la que administra esa energía en todos sus estados,
la que transforma sin ruido la arquitectura de lo posible,
la que comparte el mando del mundo íntimo y del público,
la mujer copresidenta,
la que gobierna procesos, cuerpos, instituciones,
la que encarna en su movimiento
la revolución que otros solo nombran,
pero que ella la vive desde el centro mismo de su ser.
Aquí la ecuación que condensa la fuerza de la mujer:
Porque toda realidad busca la forma en que pueda revelarse,
y toda ley profunda se manifiesta
en aquello que transforma el ser desde su origen.
d/dt g_mundo(t) = A_amor(t) · R_rev · Φ_mujer(t)
donde:
g_mundo(t) es la métrica del mundo,
A_amor(t) es el campo de amor que abre y permea,
R_rev es el operador de revolución que rompe simetrías,
Φ_mujer(t) es el potencial activo de la mujer que hace irreversible cada transformación.
Así que, cuando la ecuación se vuelve vida y la teoría encuentra cuerpo,
la fuerza que describimos deja de ser abstracción
y se manifiesta en quienes transforman en mundo con sus manos.
Y al final, la naturaleza ha de reconocer
la fuerza emancipadora que ellas mismas instauraron,
las que sostienen el espacio de fuerzas sin que el mundo lo diga,
benditas las mujeres proletarias,
porque de ellas brota el fruto del conocimiento,
del discernimiento
y de esta nuestra revolución.
Jeremy Cerna
Berlín, Alemania
22 de marzo 2023