Reflexiones sobre el ejemplo de Brian Willson

Submitted bytortilla onSáb, 05/09/2020 - 11:01

Sofia Clark, 4 de septiembre 2020

Lo que realmente necesitamos entender es que, sin empatía, no podemos sobrevivir como especie. Es ese sentimiento social lo que une a todos los seres humanos. Así que, mi futuro está ligado a su futuro, y tal vez viceversa.
S. Brian Willson, UNAN-Managua, 1 de septiembre 2020


El pasado martes tuve el privilegio de acompañar a Brian Willson a la Asamblea Nacional y a la UNAN-Managua donde recibió merecidos elogios por su medio siglo de lucha por la paz.

Sus palabras trajeron a la mente varias reflexiones al azar.

Su claridad. Hay una transparencia notable en Brian.  Lo que ves es lo que hay.  Brian no busca aprobación o popularidad. Tiene una historia. Tiene un mensaje, uno que comparte sinceramente con cualquiera que quiera escucharlo.

El despertar de Brian vino de la manera más dura y cruda. Para evitar el reclutamiento, se alistó en la Fuerza Aérea de los EE.UU. en 1966. Para entonces los esfuerzos bélicos de EE.UU. en Vietnam aumentaban a pasos agigantados. En 1969, durante el apogeo de la movilización de fuerzas terrestres estadounidensesi, Brian fue enviado a Vietnam al Delta del Mekong, una zona de aldeas pesqueras, como responsable de una unidad de seguridad nocturna. Por ser serio, estudioso, alerta y, sobre todo, sobrio, se le pidió que evaluara el éxito o fracaso de las misiones de bombardeo que su país realizaba en la zona. Los horrores que Brian vio lo cambiaron para siempre. Fue una experiencia visceral. Y de repente, la insania de todo, le golpeó de frente.  “Todo es una mentira” pensó Brian. Le habían enviado a 9.000 millas de su hogar para estar en el lado equivocado de una guerra. Brian no era tímido. Reportó lo que vio. Escribió numerosos informes a sus superiores calificando los bombardeos y el asesinato de centenares de campesinos como ‘ilegales’. En otras palabras, Brian se convirtió en una molestia y sus superiores lo enviaron a casa temprano.

Pero este "conocimiento irreversible", como dice Brian, hizo imposible que volviera a ser el hombre de antes, ese hombre blanco supremacista, privilegiado. Se vio obligado a construir una nueva identidad. Se empeñó en la búsqueda de la verdad, en estudiar la historia de su propio país y a destapar las mentiras. Su cruzada fue en beneficio nuestro.
Siempre me han gustado los “troublemakers”, no los problemáticos que generan ruido y alboroto sin sentido, sino aquellos que nos incomodan por decir la verdad sin pelos en la lengua, que afligen a los poderosos y a los cómodos.

Brian es un orador cautivador.  Algunos podrían pensar que como tiene ese don, le ha sido fácil. Pero su despertar provino del dolor, y las secuelas y el estrés post-traumático perduran hasta hoy. Enfrentar las mentiras consagradas en mitos puede ser aterrador y desorientador. Brian merece respeto por la ardua deconstrucción y reconstrucción de su identidad, y por ayudar a innumerables veteranos en ese mismo proceso. Él no eligió ser un veterano de Vietnam o convertirse en un crítico abierto de su propio gobierno. Las atrocidades que vio sacudieron su conciencia. Desataron su empatía y le obligaron a rebelarse. Le hicieron cuestionar la narrativa oficial de su país, primero de la guerra en sí, y luego de todo lo que su país significaba. Es difícil comprender la magnitud de semejante revelación, tener que aceptar que tu gobierno, (los supuestos “buenos”), mintió sistemática y deliberadamente al pueblo americano, y al mundo entero, durante cuatro administraciones consecutivas. “Entonces, ¿quiénes somos?”

Todos los nicaragüenses nos deberíamos sentir en deuda con Brian por ofrecer su solidaridad, inteligente y sincera, durante la parte más sangrienta de la obsesión de Reagan contra Nicaragua.

Yo, sin embargo, siento una especial, y profundamente personal, deuda de gratitud. Mi madre fue una viuda de la guerra de Vietnam. Con seis hijos y después de perder un marido al que adoraba, necesitaba creer que el sacrificio de mi padre fue por una causa noble. A finales de la década los setenta, en virtud del proyecto de ley GI, mi madre asistió a clases nocturnas en el colegio comunitario local donde se enfrentó con una generación de estudiantes desencantados y enojados que condenaban la guerra de Estados Unidos en Vietnam.  Mi madre, siendo mi madre, podía simpatizar con la sinceridad de sus jóvenes compañeros y compañeras de clase, pero le fue difícil reconciliar su “protesta” (patriótica) con su enorme sentido de pérdida.  Fue a través de los Veteranos por la Paz que mi madre pudo superar su dolor y encontrar la paz.

Así es que mi madre, doña Rita, estuvo allí en 1986, en solidaridad y como testigo, durante cado uno de los 47 días que Brian, Charlie, Duncan y George hicieron su Ayuno por la Vida en las gradas del capitolio de los Estados Unidos.  El éxito de ese histórico ayuno, -llevado a cabo justo después del fallo de la Corte Mundial y cuando Reagan pedía 100 millones de dólares para la Contra-, que desencadenó en más de 500 acciones no-violentas por todo el país en oposición a la ayuda, hizo que los cuatro veteranos entraran en la lista negra de ‘sospechosos de terrorismo doméstico’ de Reagan.

Luego de concluir el ayuno, varios veteranos vinieron a Nicaragua y fueron a las zonas de guerra, verificando en el sitio las atrocidades de la Contra. Visitaron víctimas en hospitales y en sus comunidades, escuchando con empatía sus historias. Incluso entrevistaron, en profundidad, al pateador de carga de la CIA, Eugene Hasenfus, en la cárcel en Tipitapa. La visita de 1986 fue tan sólo la primera de numerosas visitas que Brian haría a Nicaragua durante los ochenta.

La desobediencia civil de Brian frente la Estación de Municiones de la Fuerza Naval de Estados Unidos en Concord, un año más tarde, fue una continuación de este mismo proceso. No fue un acto de rebeldía precipitado o impulsivo. Fue una acción bien pensada, tomada en coordinación con un grupo de 40 activistas comprometidos. Tampoco fue una idea novedosa. Como el mayor depósito de armas del Pentágono en la costa del Oeste, Concord tenía la reputación desde la era de Vietnam por ser un punto de protestas. Existía un protocolo de larga data. Literalmente a unos metros del lugar de la acción de Brian había un cartel con la advertencia que manifestantes que bloquearan las vías podrían acarrear penas de cárcel de hasta un año y una multa de $5.000 dólares. Brian y sus compatriotas notificaron diligentemente a las autoridades de la Estación de Armas Navales de Concord de sus intenciones y anticiparon sus propios arrestos. Por eso, la orden militar para que el tren no se detuviera, incluso que se acelerara, puede calificarse como “asalto con intención de matar”.  

Brian es un ejemplo vivo de que ser activista por la paz implica estar dispuesto asumir riesgos, y aceptar las consecuencias. Muestra también cómo acciones, incluso contratiempos, pueden convertirse, si sabemos aprovecharlos, en puntos de apalancamiento. Así fue que, cuando Brian despertó tres días más tarde, unas 9,000 personas se desplazaron a Concord para bloquear el paso de los trenes. Y no solo fue por un día, sino diariamente durante 32 meses consecutivas voluntarios bloquearon las vías. Más de 2,100 personas fueron arrestadas, muchos con penas de hasta 6 meses de cárcel, algunos con codos fracturados u otras heridas.  

Es un reflejo de la integridad de Brian que apenas se recuperó, con dos nuevas prótesis (o "en piernas del tercer mundo") y mucha agalla, regresó a Nicaragua, dotado con una mayor empatía por las víctimas de guerra que perdieron sus miembros. Permaneció firme en su solidaridad con Nicaragua y el Frente Sandinista más allá de 1990 y en el nuevo milenio.

Un pensador penetrante, Brian percató las conexiones globales de las luchas de los pueblos. Continuó su camino, lo cual le llevó a documentar, en sitio, la política de Estados Unidos en más de 25 países, incluyendo, además de Nicaragua, a El Salvador, Honduras, Panamá, Brasil, Argentina, México, Colombia, Ecuador, Cuba, Haití, Irak, Israel, los territorios palestinos ocupados, Japón y Corea del Norte y del Sur. Sigue resistiendo las guerras del imperio. Brian ha protestado contra el envío de tropas estadounidenses a Afganistán, Irak y Siria.

Su ejemplo, lleno de amor y sacrificio, contrasta marcadamente con personajes de la oposición que miden la solidaridad en el número de likes, twuits y seguidores en las redes sociales.  El “social marketing” se ha convertido en la herramienta por excelencia para la manipulación política. Hay una real necesidad y lugar para el tipo de solidaridad directa, de persona-a-persona, que definió la década de los ochenta en Nicaragua, y que Brian trae consigo al siglo XXI.

Ni la edad ni una pandemia mundial han frenado la insaciable curiosidad de Brian, su deseo de saber lo que está sucediendo en nuestro mundo, local y global, o su compromiso de apoyar el derecho de los pueblos a la paz, la soberanía y el desarrollo. El llamado de Brian a los jóvenes para defender los logros de la revolución y contrarrestar las mentiras del imperio proviene de alguien que tiene los ojos abiertos. Su invitación de hacerlo con amor y empatía es un reflejo de su gran humanismo.

Sí, me gustan los "troublemakers". Al mundo le vendrían bien unos cuantos más como Brian.