Stephen Sefton, Tortilla con Sal, 11 de diciembre de 2021
http://www.tortillaconsal.com/tortilla/node/13566

En noviembre de 2008, mientras era embajador en Nicaragua, Robert Callahan viejo cómplice de John Negroponte, gerente sin par a nivel internacional de las escuadrones de la muerte fomentadas por Estados Unidos, comentó a un reportero en Managua: "La política exterior de EE.UU. hacia América Latina no ha cambiado en 50 años y es poco probable que lo haga bajo el presidente Obama". Apenas unos meses después, el golpe de Estado de junio de 2009 en Honduras contra el presidente Manuel Zelaya le dio la razón. De hecho, el comentario del veterano estadounidense sobre los crímenes de guerra explicaba de manera involuntaria por qué la política exterior de Estados Unidos y de sus aliados va dando tumbos de una catástrofe asesina en masa a otra.
Contexto internacional
Callahan y Negroponte, quien también fue veterano del siniestro Programa Fénix en Vietnam, fueron los matones vestidos de diplomáticos en Honduras para organizar la guerra de Estados Unidos contra Nicaragua en la década de 1980. En ese entonces, facilitaron escuadrones de la muerte que desaparecieron a más de 180 líderes hondureños de izquierda de organizaciones de trabajadores rurales, estudiantiles y laborales. Hasta el final de su carrera, Callahan encarnó la atroz historia de la política exterior de Estados Unidos cuya continuidad él afirmó tan ligeramente en 2008. Desde entonces, sólo han pasado trece años, pero el mundo sigue cambiando a un ritmo vertiginoso, incluso más rápido que la notable aceleración de la inestabilidad internacional tras la desastrosa guerra de Irak, en la que Callahan también sirvió, asistiendo a otra de las campañas de terror de Negroponte.
La élite gobernante norteamericana y sus aliados en Europa y el Pacífico siguen las mismas políticas unilaterales asesinas y despóticas de siempre. En casa, aplican un barniz falso de respetar los derechos humanos y promueven un tramposo discurso antirracista y pseudofeminista para apaciguar los escrúpulos liberales o socialdemócratas domésticos y la escasa disidencia progresista. Mientras tanto, reprimen a sus empobrecidas clases bajas con la austeridad y, más recientemente, con restricciones de salud pública innegablemente dañinas y arbitrarias. En el extranjero, las élites occidentales siguen destruyendo o desestabilizando docenas de países, mientras afirman falsamente que promueven la libertad y la democracia, algo que incluso sus propias poblaciones ya embriagadas de la represión psicológica, económica y policial, encuentran cada vez más difícil de creer.
América Central
Los recientes acontecimientos en Centroamérica han puesto de manifiesto la malevolencia, estupidez e incompetencia de la política exterior de Estados Unidos, especialmente en lo que siguen viendo por medio de sus anteojeras de la Doctrina Monroe como su exclusiva esfera de influencia. El pasado 28 de noviembre, la resistencia política masiva en Honduras hizo posible una coalición que ha infligido una derrota electoral verdaderamente humillante al régimen narcoterrorista respaldado por Estados Unidos y encabezado por el presidente Juan Orlando Hernández. Dos semanas antes, en Nicaragua, el gobierno sandinista de Daniel Ortega ganó la reelección con el apoyo masivo de los votantes por sus políticas de reducción de la pobreza, democratización económica y defensa de los derechos básicos a la seguridad alimentaria, la atención sanitaria y la educación.
Honduras espera ahora un gobierno que promete seguir las exitosas políticas de inspiración socialista que, antes de la despiadada campaña de desestabilización y agresión estadounidense de los últimos años, lograron transformar la vida de las mayorías empobrecidas de Bolivia, Nicaragua y Venezuela. Entre las medidas que la presidenta electa Xiomara Castro ha sugerido que podría tomar al asumir el cargo está la ruptura de relaciones con Taiwán, permitiendo a Honduras abrir relaciones diplomáticas plenas con China. En los últimos días, tras la reelección del presidente Ortega, Nicaragua ha reconocido la integridad territorial de China para así abrir de nuevo su antigua relación diplomática con China. Nadie debería quedarse perplejo sobre por qué ahora Nicaragua ha reconocido a China ni por qué Honduras podría hacer lo mismo.
Razones para reconocer a China
En 2008, antes de que Honduras se uniera al bloque regional de países del ALBA, fundado por Venezuela y Cuba, el entonces presidente hondureño Manuel Zelaya visitó al entonces presidente George W. Bush en Washington para pedirle una importante ayuda al desarrollo e inversión. Bush le dijo que no había nada que hacer más allá de la escasa ayuda que ya se había ofrecido. Así que Honduras se unió al ALBA y comenzó a recibir un apoyo significativo que facilitó el ambicioso programa de desarrollo nacional de Manuel Zelaya. Al no querer aceptar las implicaciones regionales de la defensa de Zelaya de las políticas progresistas de reducción de la pobreza, el gobierno de Estados Unidos y sus aliados europeos ayudaron a promover el golpe y a legitimar la consiguiente represión violenta de las protestas y las elecciones posteriores, lo cual sólo hizo posible el regreso de Zelaya a Honduras tras meses de dura persecución y exilio.
Después de esa amarga experiencia y la del apoyo de EEUU y la UE al fraude electoral de 2017, Xiomara Castro sabe que su gobierno no va a poder esperar ninguna ayuda económica útil ni una aceptación política respetuosa ni de EEUU ni de sus aliados de la Unión Europea. Tampoco Venezuela está en condiciones de poder ayudar a Honduras, después de sufrir ella misma una década de agresiones económicas norteamericanas y europeas. Por lo tanto, la apertura de Honduras a China es prácticamente la única opción realista para que Honduras acceda a los tipos y cantidades de cooperación para el desarrollo que necesita para poder recuperarse de más de una década de catástrofe económica inspirada por las políticas regionales de los Estados Unidos que ha dejado a más del 70% de los hondureños viviendo en la pobreza.
Las aplastantes victorias electorales de Daniel Ortega y Xiomara Castro, junto con la volátil actuar impredecible del presidente Bukele en El Salvador, han complicado considerablemente las opciones de la política estadounidense en la región. Si Honduras abre efectivamente relaciones diplomáticas plenas con China, sólo Belice y Guatemala, de los ocho países del Sistema de Integración Centroamericana, seguirán reconociendo a Taiwán. Aparte de las razones puramente comerciales para pasar a reconocer a China, el gobierno sandinista de Nicaragua ha obstaculizado eficazmente la coerción económica actual y la que se avecina por parte de Estados Unidos, tanto abierta como encubierta. El gobierno entrante de Honduras también podría adelantarse así a una posible agresión comercial y económica de Estados Unidos.
El reconocimiento de China por parte de Nicaragua también rinde irrelevante el boicot del gobierno estadounidense a los préstamos del Banco Mundial y del Banco Interamericano de Desarrollo o el apoyo del FMI, cuyos recursos palidecen al lado del enorme poder financiero del sistema bancario controlado por el Estado chino. Las autoridades estadounidenses han profundizado recientemente las medidas ya existentes que atacan a la economía nicaragüense con la punitiva Ley Renacer. Nicaragua ha contrarrestado esa agresión económica al colocarse para poder recibir el importante apoyo bilateral que puede esperar ahora de China. Lo mismo ocurriría en el caso de Honduras. Pero más allá de esas razones que Nicaragua puede compartir con Honduras para reanudar las relaciones diplomáticas plenas con China, otros factores relacionados seguramente influyeron en la decisión de Nicaragua.
Sus nuevas relaciones con China también complementan las ya sólidas relaciones económicas y comerciales de Nicaragua con la Federación Rusa y otros países miembros de la Unión Económica Euroasiática, como Bielorrusia. La medida también mejora sus perspectivas comerciales con los países miembros de la Asociación Económica Integral Regional de los países de Asia-Pacífico, además de los socios comerciales de larga data, Corea del Sur y Japón. En ese contexto, Nicaragua tiene una importancia estratégica tanto para los países del AEIR como, más concretamente, para la Iniciativa de la Franja y la Ruta de China, especialmente teniendo en cuenta el avanzado estado de planificación y preparación del canal interoceánico propuesto para el país, llevado a cabo desde 2013 por la empresa china HKND.
Detrás de todas estas razones económicas y comerciales para que Nicaragua reanude sus relaciones diplomáticas plenas con China después de una ruptura de más de treinta años, está también el compromiso moral y diplomático global de Nicaragua con el principio de la resolución pacífica de los conflictos internacionales, Desde que asumió la presidencia en 2007, el Comandante Daniel Ortega ha animado a Taiwán a alcanzar un acuerdo negociado con la República Popular China. Sin embargo, especialmente desde su reelección el pasado mes de enero, la presidenta de Taiwán Tsai Ing-Wen, ha impulsado una implacable agenda militarista que rechaza la negociación y el diálogo en favor de una provocadora confrontación con China, apoyada cínicamente por el gobierno de Estados Unidos. Difícilmente Nicaragua podría haber seguido reconociendo a Taiwán en un contexto en el que este país cuenta con la intervención militar de Estados Unidos en una posible guerra con China.
Consecuencias
Para Honduras, cualquier medida de reconocimiento de la República Popular China puede suponer únicamente la misma desaprobación discreta por parte de Estados Unidos que se produjo en relación a la misma decisión política de Costa Rica, El Salvador y Panamá. Sin embargo, dada la creciente desesperación de Estados Unidos por perder su acostumbrado control de América Central, es más probable que se produzca una intimidación de más alto nivel, sobre todo en lo que respecta a Nicaragua. Ya en 2005, el entonces representante de comercio de EE.UU., Robert Zoellick, dejó claro que el Tratado de Libre Comercio de América Central era una medida tanto política como comercial, en gran parte destinada a acorralar a los países para que dependan comercialmente de EE.UU.
Por lo tanto, no sería una sorpresa que Estados Unidos amenazara formalmente con retirarse del CAFTA de forma unilateral, como ha hecho con otros numerosos tratados, siendo el caso más notorio quizás el Plan de Acción Integral Conjunto sobre el programa nuclear de Irán. Cuando se trata de amenazas sádicas, vengativas al estilo gángster, nada está fuera de la mesa en lo que respecta a las autoridades estadounidenses. En consecuencia, los países centroamericanos díscolos, como El Salvador, Nicaragua y, quizás pronto, Honduras, pueden esperar todo tipo de amenazas que abarquen temas como las normas y cuotas migratorias, la cooperación al desarrollo o incluso las remesas familiares, tan vitales para la supervivencia de millones de familias en Centroamérica.
Por otro lado, sin embargo, México debería acoger con beneplácito las nuevas opciones de desarrollo para la región que abre la creciente influencia de China en Centroamérica. México es un país de importancia decisiva para la región y su gobierno claramente considera que la estabilidad social y económica regional es un imperativo prioritario. La filosofía de cooperación "ganar-ganar" de China ofrece nuevas opciones de cooperación al desarrollo, inversión, comercio, transferencia de tecnología y apoyo financiero, muy preferibles al actual modelo estadounidense de cooperación neocolonial fuertemente condicionada. Aparte de Centroamérica, si Nicaragua y China siguen adelante con el canal interoceánico, ese proyecto diversificaría las opciones de comercio y transporte marítimo regional no sólo para Cuba y las naciones insulares vecinas del Caribe, sino también para Venezuela.
Tanto la victoria electoral de Xiomara Castro en Honduras como el reconocimiento de China por parte de Nicaragua amenazan el control de Estados Unidos en la región. Ante la construcción de un canal interoceánico por parte de China a través de Nicaragua, EE.UU. probablemente intensificará su actual agresión diplomática y económica y también ideará progresivamente provocaciones más directas. Por ejemplo, podría animar a su aliado Colombia a intensificar las ya existentes violaciones de su armada en el territorio marítimo de Nicaragua las cuales manifiestan la decisión de Colombia de ignorar la sentencia de 2012 de la Corte Internacional de Justicia. En términos más generales, la arraigada presencia militar y naval de Estados Unidos en toda Centroamérica y el Caribe es una realidad constante y amenazante. Aun así, los recientes acontecimientos en la región marcan una nueva fase de resistencia popular notablemente más resiliente y sabia luego de las más recientes ejemplos de 150 años de intervención yanqui.