Moisés Absalón Pastora., Detalles del Momento, 13 de mayo 2018
En la puerta de un posible diálogo está el espectro de la guerra tratando de tumbar a patadas la casa común que nos representa Nicaragua para asesinar la paz que habita en la conciencia de la gran mayoría de sus ciudadanos. Hasta hoy, desde el 19 de abril que empezó toda esta tragedia que nos consume, los niveles de odio y violencia no menguan, por el contrario, como si se tratase de un guion disciplinadamente ejecutado, cada día que pasa la modalidad destructiva cambia sus formas, de la misma manera que el dolor e impotencia de la racionalidad se profundiza en cada hogar, en cada centro de trabajo que aun sobrevive, en cada calle donde con angustia nos transportamos o en cada acera donde la tristeza convierte al transeúnte en un autómata de sus peores pesares.
Para esta Nicaragua de llanto partido, que como madre ve la enorme distancia que por asuntos políticos separan a sus hijos, no es tan importante a estas alturas determinar el verdadero origen del conflicto. En lo macro todos cargamos culpas y somos responsables de lo que desatamos y hay que amarrarlo en una mesa de negociación como una opción verdaderamente liberadora de nuestra tragedia y como la iluminación divina que Dios quiere de quienes verdaderamente le aman.
La otra opción, solo hay dos, es el camino de la guerra que ya conocemos y que nos destruirá completamente para enfrentar a muerte, y en tierra de nadie, a los que tienen por visión la venganza y a los que en su legítima defensa harán lo que tengan que hacer para defender su vida porque en silencio se están preparando para responder la embestida de quienes no oyen, no escuchan, el grito ronco y sonoro de quienes han accedido a todas las condiciones planteadas para ir a un diálogo responsable en donde se discuta lo que se tenga que hacer para que el país retome el progreso y no el retroceso.
Vive Nicaragua una realidad inédita en su historia donde por verdad mayúscula se visibiliza la voluntad imperial de los Estados Unidos que cree haber encontrado en el descontento justo de los nicaragüenses, por una medida que como la del INSS ya fue derogada, la oportunidad de estimular reacciones vandálicas que se administran financieramente para pintarlas de enojos políticos, sobre los cuales hay sentimientos legítimos -no hay duda- pero no tan legítimos como para haber llevado a la nación a un enfrentamiento fratricida, como aquellos que ya recoge nuestra historia donde el gringo o el yanqui pone la plata y los nicaragüenses, independientemente de lo que seamos, de lo que pensemos o dónde estemos, siempre ponemos la sangre para terminar odiándonos y claro, para terminar siempre desbaratando al país.
El costo de la nueva guerra civil en la década de los 70s para derrocar a Somoza o la de los 80s, para abrir paso a un proceso de democratización, fueron sumamente altos, pero a pesar de ello la comunidad internacional nos vio con piedad y nos ayudó para reconstruirnos y hasta gran parte de la deuda externa nos fue perdonada y así los organismos internacionales nos asesoraron para iniciar desde el fondo de nuestros fracasos la escalada hacia el umbral que nos permitiera ver los rayos del sol y comenzar a dar pasos hacia estabilidad que hasta el 18 de abril teníamos y que se deslizó otra vez al fondo en una caída libre y profunda que no sabemos cuándo tocará fondo y menos aún sí podremos remontar otra vez la monumental escarpada.
Veo difícil que ello vuelva a ocurrir por la complejidad e interés del mundo actual donde cada quien se preocupa por lo suyo pues la economía particular de cada nación, por muy consolidada que esté, no tiene tanto como antes para las muchas naciones empobrecidas que no tienen y sobre todo para aquellas que como nosotros una y otra vez volvemos a caer en lo mismo de no entendernos, de no conversar con razones, de no dejar de pelear, de pensar que lo que yo digo es la verdad y que yo soy el infalible y que yo soy mejor que el otro y por eso, y otras tantas cosas más, y por las heridas que han sido abiertas, hay que sentarse a dialogar ya y que lo que surja de ese diálogo se implemente lo más rápidamente posible para que el interés extranjero y el interés político de quienes manejan los hijos de toda esta revuelta, pase lo que pase, en la búsqueda de una solución, no nos deje sembrado, en el espíritu indómito que nos caracteriza, la semilla del resentimiento que no es otra cosa que el odio rumiante que muerde y remuerde la venganza como una “justicia” que hoy por hoy amenaza a unos y otros.
La intransigencia es la forma más cobarde de llegar a una guerra, pero el diálogo es el medio más valiente para alcanzar la paz. Nuestra historia es una maestra aleccionadora de lo que en el pasado hicimos para no reeditar en el presente el fracaso que nos conducirá a un futuro incierto y seguramente sin esperanza. Hasta hoy y hasta donde mi memoria recoge cada letra escrita con sangre, innecesariamente derramada, no recuerdo nada qué en el pasado, que no sea Esquipulas II -un acuerdo regional de los centroamericanos por la paz- que los nicaragüenses, como tales, hayamos hecho un solo esfuerzo serio para encontrar salidas a nuestras profundas crisis a través de un diálogo efectivo. Todo lo que yo recuerdo es que hemos hecho ceses al fuego para detener las guerras que ya habían herido las entrañas de la patria o nuestros golpes de estado que siempre fueron infartos para la institucionalidad política de la nación, pero nunca nos hemos sentado para detener una amenaza inédita que como esta no sabemos a qué infierno nos conducirá, aunque sí tengamos la seguridad que cuando el choque del odio ponga frente a frente a la intolerancia todos serán demonios desatados donde amigos y hermanos se enfrenten en un circo que solo gozará el Águila imperial que como ayer nos mandó a morir, a unos por paga y a otros por el honor de sus propias vidas.
Yo sé lo que son las guerras y pluralizo porque estuve en dos y por eso quiero la paz porque he visto que material y económicamente podemos volver a empezar porque de todas formas siempre nos acomodamos, siempre hay fórmulas que por la misma reconstrucción generalmente siempre resultan mejores, pero lo que nunca vuelve a ser igual es el daño moral que nos causamos, la polarización que surge cuando la visión de país es de extremo a extremo, cuando los amistades que por años y años se cultivaron se marchitaron totalmente, cuando los hermanos de sangre en silencio, sin decir nada, se distanciaron como en un adiós sin retorno y cuando los hermanos en Cristo nos descubrimos como cristianos falsos de golpes en el pecho, de danzas en el culto, pero llenos de odios y de mentiras porque así he visto a tantos en las redes sociales que en vez de sumar restan, en vez de multiplicar dividen y en vez de orar maldicen.
En medio de todo esto la guerra te impone que lo más grande de sus consecuencias son las vidas perdidas. En esta revuelta, que se acerca al mes, la contabilidad de los caídos no es precisa, pero UNO que fuera nunca debió ser y lo trágico es que los rostros de quienes murieron andan como estandartes, portados por quienes con razón reclaman justicia, pero si seguimos cómo estamos y no hacemos nada por sentarnos para ver cómo se investigará todo este saldo rojo, vamos a tener que llamar a todos los nicaragüenses que viven en el exterior para que ellos carguen las fotografías de todos los que terminaremos aniquilándonos aquí porque hay quienes tienen una sed insaciable de venganza y hay otros que sintiéndose amenazados por la violencia están también dispuestos a todo en defensa de su vida y de sus intereses.
Entre la paz y la guerra, entre la vida y la muerte, entre el bien y el mal, entre la verdad y la mentira están nuestras disyuntivas. Yo prefiero y así lo he decidido ser un pacificador; Yo abrazo la vida porque desde ella irradió futuro; Yo opto por el bien porque ningún camino que no sea ese me conduce a la felicidad y me quedo con la verdad porque es la que me hace libre para determinar, con el amor que le tengo a Nicaragua, que lo que más nos conviene es sentarnos bajo un ambiente patrio, con los colores azul y blanco como símbolo de la nacionalidad que nos distingue, para hacer de nuestro país una nación que se sienta orgullosa de todos sus ciudadanos sin distingo de colores políticos o ideológicos.
POR NICARAGUA CUESTE LO QUE CUESTE ASÍ PENSAMOS EN EL MOMENTO.