¿Cristianismo de corazón o de exportación?

Submitted bytortilla onMié, 16/05/2018 - 19:34

Moisés Absalón Pastora, Detalles del Momento, 16 de mayo 2018

Los acontecimientos desprendidos del 19 de abril a esta parte derivaron en una insospechada y nunca calculada furia donde el odio, como poderosa arma destructiva fue desenfundada con saña para infundir con implacable efectividad un horror inédito que no termina de manifestarse y que jamás podrá ser arrancado de la memoria de toda Nicaragua porque quienes golpearon y quienes fueron golpeados, los que gozaron con lo que hicieron y los que sufrieron por lo que les hicieron, nunca podrán olvidar el efecto de la sicología del terror aplicada sobre un país que nunca volverá a ser igual y que está herido gravemente en la unidad de cuidados intensivos de un diálogo que bajo el control de Dios todos, al menos los que sabemos que esa es la única salida, esperamos que tenga resultados porque de lo contrario aquí nos morimos todos en una tierra que solo será gobernada por la venganza.

Independientemente de las causas que originaron o detonaron el conflicto, donde evidentemente hay errores que afloran en la conducción administrativa del país y que tienen que ser corregidos con los consabidos costos que esto acarreará al partido en el poder y donde también hay intereses políticos externos e internos para rematar a quien suponen acabado y por lo tanto hay que deponerlo, lo cierto es que esto dejó de ser protesta y se convirtió en una revuelta donde la saña, el odio y la venganza son los demonios liberados por una intransigencia letal desbocada, cuyo freno debe ser el primer punto en la agenda como paso ineludible para discutir la solución política, económica y social de Nicaragua a través de talentos cerebrales que esperamos no nos defrauden.

Nadie que tenga decencia ciudadana puede entrar a un estado de confort cuando policías asesinaron a estudiantes; cuando estudiantes y los llamados auto convocados mataron policías; cuando transeúntes que nada tenían que ver cayeron y que igual suerte haya tenido un colega periodista. Nadie que esté en su sano juicio puede minimizar la contundencia de la violencia en las calles, en los tranques y en las barricadas ni cómo los pirómanos incendiaron bienes públicos y privados, ni cómo hasta ahora 17 árboles de la vida, símbolos si se quiere del gobierno, fueron derribados con los colaterales daños a la población y la añadida muerte de un ciudadano aplastado en su carro por el derribamiento de uno de ellos. Nadie desde la firmeza de los valores que gravitan alrededor de la honestidad, del comportamiento cívico, podrá considerar legítimo el inmoral saqueo de individuos aprovechados y sin escrúpulos que se lanzaron como sobre lo ajeno, sobre la inversión que da empleos a muchas familias y lo que es peor sobre los alimentos del mismo pueblo.

Con toda seguridad en el futuro iremos particularizando sobre cómo y por qué se desataron estos eventos, pero en lo que no tengo duda en coincidir con las personas, que aun creo tenemos sentido común, es que el detonante de todo esto fue nuestra intransigencia, fue no respetarnos, fue no tolerarnos y cuando entro a estos planos de la debilidad en la existencia humana lo primero que viene a mi mente, desde el equivocado o legítimo concepto que del cristianismo tengo, es que la violencia, el odio, la saña y la venganza niega a Cristo, niega a Jesús de Nazaret, niega a Dios y nos convierte en una nación sin fundamento, en ciudadanos vacíos que por no tener un norte espiritual actuamos bajo la lay de la naturaleza animal.

Desde antes del 19 de abril, este pecador que les escribe y habla, que por pensar como lo hago, algunos me dicen chancho, camaleón, sapo, arrastrado, lame botas, vendido, servil, agente del orteguismo, rata, me mencionan a mi madrecita ya muerta y hasta me amenazan de muerte, siempre creyó y lo sigo creyendo que Nicaragua es una tierra bendecida y amada por Dios. Seguramente algunos pensarán que eso no es posible, que no se corresponde con la realidad de un país donde nicaragüenses de un lado matan a nicaragüenses del otro lado y viceversa y que unos pretenden el aniquilamiento de los otros por la vía de la venganza que desencadena el odio y la saña y claro todo eso ante los ojos del Creador es aborrecible y cristianamente deberíamos tomar nota de esa gran realidad.

A mí desde que fui uno de los más grandes críticos de Daniel Ortega en los 90s la militancia del FSLN me decía las mismas “cositas” que hoy exactamente me repite el anti-sandinismo y estoy convencido que lo hacen no por lo que ahora pienso ahora o pensé ayer, sino porque no pienso como ellos, porque no hablo como ellos, porque no veo el negro que ellos ven como único color y ahora es peor que antes porque hoy gusto hablar de Dios, de las cosas buenas que hizo en mí, del cambio que hizo en mí vida y que me inspiran para hablar de paz, de reconciliación y de perdón.

Al condolerme por todos estos acontecimientos que con toda el alma deseo aterricen, y estoy plenamente convencido que la inmensa mayoría de los nicaragüenses también así lo desean, me pregunto qué somos ¿CRISTIANOS DE CORAZÓN O DE EXPORTACIÓN? Aquí no solo estamos frente a la evidencia de un país en proceso de destrucción, sino también de un cristianismo profundamente cuestionado, que no actuó en función de la misericordia que debió tener porque no pocos rostros que decían ser cristianos y que hasta voz en cuello cantan lindas alabanzas a Jesús de Nazaret en los templos, los leí, en la red cibernética del tal Facebook, como la discordia personifica en el centro del caos, dirigiendo el vandalismo, destilando odios contra el hermano de la misma iglesia y llamando a la sedición y a la venganza lo que me parece una conducta triste y además un pésimo ejemplo qué no pasa desapercibido.

Yo no soy quien para dar clases de cómo un cristiano debe comportarse, yo solo vivo mi relación personal con Jesús de Nazaret y créanme que la siento inmensamente fuerte y la percibo así porque siempre tuve que estar íntimamente agarrado de la mano de Dios para sufrir por todo lo que he pasado y para hacer de mis propias experiencias, donde hubo odios y resentimientos familiares, políticos y sociales, una transformación que me permite ser tolerante, que me permite perdonar, que agrada pedir perdón, que privilegia el diálogo antes que la violencia, que cree en la esperanza y en el renacer de las personas a través de la coherencia que debe existir entre hacer el bien y hacer el bien sin importar a quien y sin importar para quien.

Siempre he dicho que las religiones no salvan porque fueron inventadas por hombres que siendo católicos o evangélicos terminan siendo profesionales de la fe que con sus defectos y virtudes como siempre pueden encantarnos o no. Sin embargo, desde la iglesia que Cristo encontró en cada uno de nosotros como templos de su palabra, sí los religiosos deben interpretarnos la biblia como norma rectora de nuestra conducta, de nuestro actuar, de nuestro comportamiento como hijos de Dios y como ciudadanos, en éste caso como nicaragüenses.

Cuando observo que la protesta de un ciudadano, que se dice cristiano y jura que lo hace “pacíficamente”, pasa con saña y con odio al vandalismo destructivo, trato de encontrar razones lógicas que conduzcan al por qué ese escalamiento hacia el caos extremo de no medir lo que hace cuando la aspiración de encontrar justicia, en una demanda seguramente legítima, pasa a una venganza en contra no del gobierno y partido en el poder sino que en contra de toda una nación en la que ciertamente hay errores que corregir, pero que, con avances significativos en la última década, jamás mereció el infierno que por castigo le impuso la revancha de quienes desde algunos medios de comunicación dirigen esta revuelta que pretende no dejar piedra sobre piedra.

Cuando yo percibo esa anormalidad entre gentes que se dicen cristianos, y actúan como lo hacen, lo primero que capto es que no lo son de corazón y que su filiación religiosa, desde donde escuchan hablar del Reino, no importa cuál sea, es pura exportación, es pura pantalla, para esconder la oscura y vacía oscuridad espiritual en la que habitan y que descubre también a altos jerarcas eclesiales que con su verbo encendido son tan responsables de la Nicaragua que bajo fuego tienen feligreses descarriados que nadie puede saber hasta dónde nos van a llevar y que a nombre de Jesús amenazan con más, lamentando la sangre derramada de aquellos que fueron lanzados desde las páginas, desde los micrófonos, desde la red o desde las pantallas de televisión al martirologio sin retorno, pero cada uno de esos azuzadores llorando a nombre de Cristo a los nuevos héroes desde la comodidad de una oficina, desde un set de televisión o desde una cabina radial desde donde proclaman la libertad.

Sean estas iglesias católicas o evangélicas, sean sacerdotes o sean pastores hay que hacer una revisión sobre lo que se hizo o no se hizo para que esos posibles 50 mil nicaragüenses que están marchando en las calles, que se toman las rotondas, que ponen tranques, que levantan barricadas, que queman alcaldías, que saquean súper mercados y centros comerciales, que derriban árboles de la vida, que se disparan unos contra otros, que agreden físicamente a su prójimo, que amenazan y que te insultan y que son los que tienen paralizados al país, bajo la dirección de algunas cabezas calientes que no quieren dialogar, les entre Cristo verdaderamente en su corazón a fin de que la luz entre en las tinieblas y que el país y sus ciudadanos recuperen la normalidad que teníamos pero con una nación sinceramente mejorada y en paz.

Por todo eso el verdadero pueblo de Nicaragua ora y le pide a Dios para que las tempestades cesen y lo hace desde la oficina, desde el trabajo, desde el hogar, desde la calle, desde el bus o desde el taxi en el que puede movilizarse, lo hace con los ojos lagrimados por el dolor y con el corazón llagado por las circunstancias, pero pidiéndole al Creador para que el cristianismo que cada uno de esos protestantes lleva por dentro, asuma su derecho a manifestarse pacíficamente pero respetando a los demás el derecho que también les asiste.

POR NICARAGUA CUESTE LO QUE CUESTE ASÍ PENSAMOS EN EL MOMENTO