Carta a las y los hermanos nicaragüenses

Submitted bytortilla onVie, 29/06/2018 - 20:01

Benjamín Forcano, 29 de junio 2018

AYER, Vds.  fueron noticia y cátedra  por su Revolución

- De la   soberanía nacional contra el mayor imperio del mundo, Sin paredón, sin  represalias, ni  venganza alguna.
- Integradora (marxismo, sandinismo, cristianismo).
-  Con trato de  magnánima igualdad a los vencidos.

HOY, pueden serlo de nuevo mostrando  la  utopía

- De una  Nicaragua revolucionada por la fraternidad.
- Unida frente al enemigo exterior e interior.  
- Igualada en la justicia, los derechos humanos, la libertad, la       democracia participativa, la paz.
- Sin violencia, sin odio, sin enemistad.
- Con diálogo: que escucha,   argumenta e integra toda verdad.
- Sin tregua para deslegitimar todo  privilegio, monopolio,  dominación y pulverizar toda discriminación y esclavitud.  

    Estamos asistiendo, desde hace unos meses, a un doloroso y trepidante drama, que seguramente la mayoría de los nicaragüenses no imaginaban y  que ciertamente no hubieran suscrito: la provocación de desunión por una oposición que no ha aprendido a vivir en Paz.  No es ese el camino. No es eso lo que  los nicaragüenses se merecen.

    Desde el triunfo de la revolución sandinista, han pasado 38 años, en los que el pueblo fue viviendo y avanzando en  la articulación de una Nicaragua políticamente libre, plural, más justa e  igualitaria, según un orden constitucional aprobado por la mayoría, que regulaba su política interior y exterior, con la participación de unos y otros, en un Partido u otro.

    Se ha publicado por activa y pasiva la causa que originó el estallido de esta protesta: la medida del Gobierno de reformar el sistema de pensiones que rige hoy en Nicaragua. Medida retirada por el  propio presidente  en pocos días.

    Nicaragüenses y  no nicaragüenses  comprobamos con extrañeza que esta medida gubernamental derivó  de improviso y de forma creciente en protestas en las que se fueron mezclando acciones violentas, configurando peligrosamente una oposición extrema,  que pasó a gritar sin razón alguna:  Ortega debe marcharse.       

    Los nicas llevaban un período de Gobierno Sandinista  que el presidente actual había logrado  y mantenía ya por once años,   período  tranquilo, con avances y logros en todos los campos que les ha sido posible. Es decir, lo que se conoce una Democracia efectiva, perfectible. Pero,  tras esa   tranquilidad, algunos agentes, motivados por diversos asuntos, ocultos muchas veces,  han venido trabajando planes y objetivos de combatir y dar por acabado el Gobierno del  presidente Ortega.

     Y que se diera eso, a raíz de la violencia desatada, es lo     que despertaba en muchos  perplejidad, sospecha, interrogantes. La causa originaria de las protestas estaba resuelta,  pero seguían sin aparecer las causas que  justificaran  tan   violenta y odiosa   oposición, conjuntada en  grupos, asociaciones,  colectivos o  Partidos que no presentan  verdaderas  propuestas.

    El caso es que la espiral de la violencia se expandió y se asentó en los  Medios de Comunicación, los que sabido está, son verdaderas máquinas monstruosas  de tergiversación.  Una espiral que, ignorando  la  sabiduría ética del Sandinismo, rompía la unidad de quienes todos querían por igual a su patria.

    En ese proceso, brotó   la Iglesia católica, aceptando ser mediadora, a propuesta del Gobierno,  del  método de entendimiento  y solución: el diálogo. Diálogo que abría la  puerta para poner sobre la mesa el origen del conflicto, sus causas. Diálogo que el Sandinismo, desde sus orígenes, ha instaurado como forma transversal de avanzar, de alcanzar metas tangibles para el bien común.

    Todo  a través de esa mediación dialogal sentida por los nicas como  humano-cristiana.

“Hacemos un ferviente llamamiento  a los cristianos  para que cooperen  con todos los hombres a cimentar la paz en la justicia  y en el amor mutuo y a preparar los instrumentos de la paz” (Gaudium et Spes, n.77).

Sólo  unidos por el amor podrán superar el pecado de la  violencia haciendo veraz la palabra profética de que Las naciones no levantarán ya más la espada una contra otra “(Idem 78).

    Está por estrenar ese camino, difícil y  acaso descartado por  ilusorio.  Pero más ilusoria aparecía la gesta de hacer capitular al  mayor imperio, con su horroso y descomunal desprecio de la libertad y de la vida de todo un pueblo. Y se logró. Lo lograron gentes de una nación pequeña -David contra Goliat- arraigados en la  convicción de la razón,  justicia y bondad de su propia causa, aun a costa de dejar en el camino miles y miles de muertos. La inspiración, la clave y la meta estaba  ¡oh paradoja! en no resignarse a mal vivir, a no vivir humanamente.  Ahora bien, tal como   lo comprueba el prestigioso periodista estadounidense  Max  Blumenthal, el enemigo de la pequeña Nicaragua sigue siendo el mismo: el imperio y sus adláteres internos. Nuevamente David contra Goliat.

    Los nicas tienen  reciente esa gesta, la tejieron y la volverán a tejer  paciente y heroicamente, pues la llevan esculpida en sus entrañas y en su historia. Es la utopía que ellos, un día, hicieron realidad y que, mucho más ahora, pueden reproducir sin tocar un pelo la fraterna, variada, singular y común unidad.      

    ¡Es la hora de Nicaragua!