¿Diálogo?

Submitted bytortilla onMié, 23/01/2019 - 16:05

Moisés Absalón Pastora, 23 de enero 2019

Nuestra historia está llena de episodios cruentos, que, atizados desde afuera, por mil razones que ya hemos analizado antes, se profundizaron por la ausencia del diálogo franco y sincero. Hoy estamos escuchando nuevamente llamados urgentes para replantear el diálogo y dirimir desde el, nuestras contradicciones.

Los que más insisten en la reinstalación del diálogo son quienes lo abortaron de entrada cuando el Presidente Daniel Ortega, tras los acontecimientos que se sucedieron a partir del 18 de abril del año pasado y que se prolongaron en los tres meses posteriores dejando por saldo resultados sumamente tristes y lamentables, llamó a un encuentro nacional de pensamientos que aterrizaran la crisis, sin que lamentablemente tuviera el mismo propósito, para la contra parte oposicionista que vio en el diálogo un medio para fraguar un golpe contra el estado de Nicaragua con el descarado apoyo de los Estados Unidos de Norteamérica.

Pero bueno como el tema quiere ponerse de moda nuevamente entonces hablemos de diálogo con seriedad como un camino que lleve al encuentro con el otro, con su persona y toda su realidad. En ese sentido el diálogo debe representarnos la humildad para aceptar al otro como yo sin cortapisas y de ahí lo indispensable del mismo porque lo primero que debemos hacer es buscar, antes que los objetivos, una atmósfera franca para poder conversar.

Para empezar, debemos dar el primer paso a partir del fracaso que representó la Torre de Babel que algunos obispos de la conferencia episcopal construyeron en el Seminario de Fátima para derrocar al gobierno constitucional del Presidente Daniel Ortega a través de una estrategia que juntó a todos los odios ocultos contra el sandinismo y que lanzados no contra el partido de gobierno sino contra una Nicaragua que retrocedió al menos cinco años en su macro economía y en la misma distancia en su desarrollo político y social y ya no digamos en lo moral porque en esa área es cuando en realidad quedamos más que desequilibrados porque nos arrebataron la esperanza.

Dado que las cosas cambiaron, que los nicaragüenses nos dimos cuenta de los intereses reales que se movieron en esta cruzada maligna ordenada por Estados Unidos a su servidumbre nacional para destruir Nicaragua, es necesario precisar las bases correctas para no volver a errar y eso implica una reingeniería que parte de, al menos eso deja ver la opinión generalizada, que la iglesia católica puede tener, como igual los evangélicos un asiento en la mesa dialogante, con una representación igual a la de los demás, pero nunca más ni como mediadores ni como testigos porque nunca lo fueron en el primer intento, sino que por el contrario su rol fue de gasolina sobre la hoguera y descaradamente coludida con los golpistas. Un nuevo diálogo debe ser incluyente y en él deben estar todos los partidos políticos con personalidad jurídica, las grandes empresas, pero también las medianas y las pequeñas y de la misma forma los trabajadores con sus sindicatos, los medios de comunicación como parte de la solución y no del problema y otros actores representativos, todos bajo la mediación de instituciones que realmente medien y acerquen en la disyuntiva.

A la mesa del diálogo deben concurrir personas maduras, responsables y sensatas. No pueden ser parte de esa instancia ni vulgares ni pendencieros y menos chavalitos que no saben ni como se llaman porque solo así se podría generar el reconocimiento de la igual legitimidad de los interlocutores y la voluntad de comprender y respetar las diferencias, como la aceptación de la dignidad del otro, algo que brilló por su ausencia en el fracasado diálogo que quiso ser mediado por 4 obispos que haciéndose de la vista gorda permitieron ofensas hasta irrepetibles de los envalentonados golpistas contra la delegación gubernamental que siempre fue la única que propuso soluciones a una crisis que fue trancada desde el seminario por los representantes de la iglesia católica. En su diversidad, el diálogo nos lleva al respeto, la comprensión e inevitablemente a la aceptación del otro sin condiciones. En ese sentido todo tema debería tratarse, pero siempre y cuando se haga en el marco de la constitución y las leyes porque de lo contrario no caminaríamos mucho en el ánimo de encontrar los mecanismos correctos que la civilización impone.

El diálogo debe ser un encuentro íntimo con la solución y no un tinglado público que limite su desarrollo a precocidades infantiles de viejos inmaduros que por venderse como valientes digan cualquier brutalidad con tal de proyectarse como el Jhon Rambo de la película.

Solo el diálogo íntimo como fuente de reflexión por el bien del país puede permitir redimensionar los alcances de su verdadero propósito más allá de ser el medio para la obtención de resultados posibles. De ahí que los autores lo propongan como un valor en sí mismo, sin negar su carácter pragmático.

Aprender es una condición indispensable para evolucionar, no nacemos enseñados, por lo tanto se tiene que aprender también a dialogar y para ello resultan necesarias algunas actitudes; la actitud de respeto, la búsqueda de la verdad, la no imposición de nuestra verdad, el reconocimiento de la igual dignidad del otro, etcétera. Al igual se requiere de ciertas actitudes como la capacidad de empatía y de autocontrol como elementos sustanciales de toda comunicación elemental y más aún cuando lo que se trata es de interés nacional.

El diálogo es no solo un mecanismo de solución sino un espacio para educar cuando transmitimos saberes sin imponer nuestro sistema particular de valores porque implica comprometerse en la utilización de procedimientos legitimados por la moral no por la politiquería que decepciona al ciudadano que requiere respuestas a sus problemas.

Todos estamos de acuerdo que una salida dialogada a cualquier problema siempre mejor, más definitiva, más segura y certificada. El diálogo genera reflexión y a su vez la reflexión enriquece el diálogo, pero como dije antes este debe partir de una agenda que corte distancias, que nos deje claro que lo primero es identificar nuestras coincidencias y yo creo que la primera de ellas es deponer el odio, ser coherentes entre lo que hacemos y decimos porque no se puede hablar de vida matando personas, no se puede hablar de desarrollo destruyendo al país, no se puede hablar de Dios actuando como demonios, no se puede invocar la verdad mintiendo, no se puede hablar de libertad amenazando a quien piense diferente a mí, no se puede hablar de paz llamando a la guerra.

Hay individuos que conscientes de sus actos y de sus malos cálculos decidieron huir y desesperados por tramar sabotajes de todo calibre que les habilite un retorno sin consecuencias llaman al diálogo a pesar de haberlo tirado por la borda y hay otros que habiendo hecho lo mismo, pero que aún están aquí, hacen lo mismo porque se empantanaron, porque la desesperación los consume y porque mientras los intelectos del golpe huyeron, hay una evidente presión contra ellos desde la Casa Blanca porque hagan algo aquí, aunque sea el ridículo y por eso insisten en el diálogo aunque lo aborrezcan porque saben que de darse no será ni con los mismos actores ni en las mismas condiciones.

No obstante hay estar claramente convencidos que el diálogo es necesario y fundamental, pero si este se da los sectores que vayan a su rescate deben estar claros que los nuevos actores y su modalidad serán totalmente diferentes porque aquel primer intento que se hizo nunca tuvo el espíritu de una solución posible.

QUE DIOS BENDIGA A NICARAGUA.