Agora o Diálogo - una constelación de alternativas

Submitted bytortilla onMié, 27/02/2019 - 19:20

Santiago Molina, 27 de febrero 2019

La propuesta del Presidente Ortega  invitando a un nuevo Diálogo Nacional marcará una distancia abismal con el fallido primer intento de “Diálogo”, que solo puso en evidencia la falta de claridad y seriedad política de la oposición al hacer de dicho encuentro  un espectáculo mediático,  síntoma de la miseria ética que padecen, pues sin conocer la profundidad de la palabra diálogo, vaciaron de todo sentido la democracia al convertirla en un mero circo de Firuliche.  

Latinoamérica en este  momento es recorrida por  carromatos de un circo telecomandado  desde Washington, ejemplo de ello es la carpa circense desplegada a través de las fronteras de  Colombia y Venezuela. El imperio ha trastocado todos los significados que sostenían los grandes valores de la humanidad: la ayuda alimentaria ahora significa preámbulo de intervención militar; a esta nueva significación Flaubert le hubiese encontrado un lugar en su diccionario de las estupideces humanas.

El imperio está buscando como convertir nuestra zona de paz en  tablero para armar guerras estratégicas; cabe bien en este contexto   parafrasear  el  célebre  pensamiento de Marx en las Tesis sobre Feuerbach: el imperialismo no ha hecho más que dominar el mundo de diversos modos, ahora  está tratando  de destruirlo. Pero la invitación del Presidente Ortega es la llave para abrir las puertas hacia  otro porvenir,  si    el  individualismo ideológico de unos cuantos codiciosos es trascendido, y  cuyo afán no ha sido otro que el de  privatizar  la política. Muchos de ellos,  sin haber tenido  contacto alguno con el pueblo,  se creyeron grandes líderes en ese momento: aquél  gigantón que gritó que la economía no importaba, debería esta vez quedarse sentado en el sofá de su casa mirando el mundial de rugby,  donde se necesitan jugadores de su talla.   

En un Diálogo el más rudo de la clase no tiene lugar, sin embargo,  concebir  la política  desde una perspectiva colectiva es  alcanzar por el entrecruzamiento lógico de la palabra un discurso  que determine  una  visión más amplia de la democracia. Sin fanfarrias y ofensas grotescas, podemos lograrlo.

Cornelius Castoriadis predijo que, si la   sociedad dejara de cuestionarse a sí misma desapareceríamos como civilización: cuestionarse es desplegar la política para que no se cierre sobre sí misma. Para Castoriadis, el neo-liberalismo en su apoteosis vencedora jamás se cuestiona. Este posicionamiento  absoluto –dice el filósofo- la sitúa como el continuum de las grandes ideologías de antaño, y podría ser más depredadora todavía que todos los sistemas de poder que hemos conocido, es decir, el neo-liberalismo ya es una forma de totalitarismo con ambiciones aún más refinadas.

No se le pide a la derecha opositora–como dijo en su discurso el Comandante Ortega- que cambie su pensamiento o que milite en las filas sandinistas, pero se debe dialogar “sin condicionamiento ideológico”; es la fórmula  que el Comandante Ortega encuentra para cuestionarnos  como seres de palabra comprometidos con todo un país mirando hacia sus representantes.  

En el concepto benjaminiano de historia,  la política es “el salto del tigre hacia el pasado”: salto o ruptura para romper con el poder de los que siempre han mandado como oligarcas de la historia, salto para que los  sin-nombre, que nunca han sido contados como  parte  del espacio democrático, irrumpan y ocupen el lugar que les corresponda en el presente. Ya vimos en “la primera mesa de diálogo” a  la oligarquía y sus allegados católicos  violar la Constitución de la forma más vulgar al exigir que el Presidente renunciara, ignorantes con poder integraron lo que Batjín denominara  acerca de la obra de Rabelais: “personajes configurando  una visión carnavalesca del mundo”.

La política  no es un carnaval con su séquito de roles a lo Trump tras bambalinas,  gobernando grotescamente  tal Ubú Rey con sus ambiciones desmedidas, tirano con bufones a su servicio como el Grupo de Lima.  Somos un pueblo en devenir,  la barbarie comenzada el 18 de abril no es lo que el mundo espera de nosotros, sino una nación que tiene capacidad de afirmarse en lo múltiple y ser autónoma en sus decisiones soberanas.  

Si esto le parece a la derecha tan difícil de comprender, entonces nos están precipitando a eso que Cornelius Castoriadis avizorara como el nudo gordiano de la política actual: “la destrucción total  en manos de un nuevo fascismo más radical”. Fascismo que parece ganar terreno en nuestro continente, banalizando las luchas de las generaciones anteriores; o bien,  destruyendo los logros sociales alcanzados para la felicidad de los más desposeídos.

Bolsonaro quiere vender la selva amazónica en lotes sin importarle sus nativos, de la misma manera que un gobierno neo-liberal vendió aquí toda la vía férrea del único trencito que cruzaba pitando con alegría a través de nuestros poblados. En esta segunda cita propuesta por el presidente Ortega  debemos  cepillar  la historia  a contrapelo para ver a nuestro país con los ojos de los que nos precedieron, no en vano Rubén escribió Oda  a Roosevelt, documento contra la barbarie que la derecha debe tomar en cuenta en cada uno de sus viajes a Washington.

“Cada generación sueña la siguiente”, dice el pensador alemán. Nuestro compromiso, por lo tanto, es concretar el bienestar futuro, pues es de lo que se trata de establecer en este  próximo diálogo, con palabras sencillas el Comandante Ortega definió así las líneas del nuevo mapa a recorrer: “abrir una nueva Ruta, y para abrir una nueva Ruta entonces una de las conveniencias, conversando, intercambiando, de entablar, bueno, abrir un Encuentro, instalar una Mesa en ese Encuentro, una Mesa para negociar, negociar para consolidar la Paz en nuestro País, negociar para construir esa Nueva Ruta, ese Nuevo Camino que mejore las condiciones para que el País, y por lo tanto, el Pueblo nicaragüense se pueda ir recuperando más rápidamente de los efectos del intento de Golpe de Abril”.

Hanna Arendt  expresaba en su filosofía  el mismo pensamiento, pues   proyectaba  la política como una renovación de la polis, espacio público para hablar de la libertad, concepto único que salvaguarda a  los seres humanos de no  volverse superfluos frente a la amenaza del pensamiento único; política –insistía ella-  considerada como espacio abierto donde no se pone trabas a la igualdad. Todo en la polis se conjuga en plural, comunicándonos perpetuamente  con el Otro. El sujeto interactúa  con su vecino para ir mejorando las condiciones económicas de su país y habla en nombre de la paz y rechaza la violencia.

Imagino una Mesa de Diálogo como el anillo o cinta de Moebius del cuento de Cortázar: “anillo de Moebius infinito, reptación hasta el borde de una cara para ingresar o ya estar en la opuesta y volver sin cesación de cara a cara”.  Cara a cara es que se deben asumir los retos y dificultades para que el bien común no resulte dañado como en el primer intento de diálogo. Obispos belicosos y empresarios llamando a la destrucción ya no deben formar parte del próximo encuentro.

Todos aquellos que desconozcan el compromiso tan delicado de tratar con asuntos públicos, es preferible establecerles una distancia; pobres de espíritu aquellos que pensaron –como dice Pierre Bourdieu-  que,  “ser visto en la televisión es ser alguien”.  

El 18 de abril pasado  me creí en otro país con tantas caras y nombres desconocidos   hasta entonces, queriéndose tomar, así de pronto, el país; miembros fantasmales de ciertas ONGs queriendo adueñarse de ese columpio  con un niño balanceándose al  viento  que el Buen Gobierno le armó en el parque de su humilde barrio. Ni los conservadores ni los liberales instalaron en el parque de mi pueblo natal un columpio, al contrario derrumbaron un bello quiosco techado, espacioso para hacer bailar los trompos.  Luego, en tiempos del neo-liberalismo, cortaron todos los árboles, confiscaron las canastas de las vendedoras de cajetas  porque “ocupan espacio y afean el lugar”.

El próximo Diálogo debe dar continuidad a la línea de progreso que hacía de Nicaragua  el país más seguro de la región. El diálogo, como escenario de enunciados diversos, es la oportunidad  para que la derecha  ponga  fin a sus utopías: no hay fin de la historia ni los Estados Unidos es el país más respetuoso de la democracia; bajo sus órdenes   fueron  construidos los tranques de la muerte (tanto rezó Silvio Báez para que el gobierno sandinista sucumbiera, que las cuentas de su rosario se gastaron,   deviniendo  un abalorio de  bolitas  imperceptibles  que ya no sirven para invocar a ningún Misterio).

Algunos poderosos  -dice Slovoj Zizek- por no perder ni una pulgada de su hegemonía política “dan curso libre a la fantasía capitalista que se alimenta con el terror democrático”. Aquí ese terror se llamó golpe de estado. El próximo diálogo jugará un papel crucial para decidir sobre los asuntos que afectan a cada ciudadano, para ello deberá borrarse esa frontera  entre lo público y lo privado; siguiendo este contexto, el comandante Ortega en su discurso habló de “abrir una nueva ruta”, espacio de conversación y intercambio, como el Agora donde se decide el significado del bien común, donde la palabra no es descartable porque lo que importa es la verdad perecedera que resolverá el peso de las cosas que no podemos  cargar; Agora o Diálogo, que el sociólogo Zygmunt Bauman la imaginaba atacada en su autonomía, los agentes del imperio la acusan de ser las voz de los excluidos, por ser  “ese espacio social donde las preocupaciones privadas se debaten por elevarse al rango de asuntos públicos, donde todas las elecciones funcionan, siempre y cuando sea una elección, y cada orden es bueno, si se trata de uno entre muchos y no excluye otros”.  

Agora o Diálogo, constelación de alternativas creadas para elegir  y exigir que no se repita la violencia y el fogonazo de la mentira en los medios.  Bajo el Agora todos  significamos, primero en la confrontación (en el litigio, diría Jacques Ranciere, como nacimiento del concepto de la política), luego en la reconciliación, que es la conquista del reconocimiento de toda identidad. Cada país debe cuestionar su propio sistema político para luchar contra la desigualdad, el terrorismo desatado el  pasado 18 de abril solo creó más desigualdad entre los nicaragüenses.

Retomar el camino  antes trazado es perseguir la felicidad de todos planificada desde el origen. Si un país es diferente al otro en su  forma política de ver el mundo, no debe ser obstáculo para formar parte de una constelación plural que ya se avecina  a pesar de la división propiciada por el imperio (países destruidos y ocupados aquí y allá) la correlación  todavía no se ha roto, quedan los umbrales abiertos por las palabras del hombre para pasar de un mundo al otro, por eso  Nicaragua aboga por un mundo multipolar de diálogo y respeto.