Tortilla con Sal, 6 de septiembre 2016
Desde hace mucho tiempo, el abuso de los mecanismos seudo legales para avanzar los objetivos políticos de las élites occidentales han sentado precedentes para abusos similares en América Latina. Por ejemplo, el Tribunal Especial para el Líbano se ha usado para atacar a Hezbolá y otros aliados políticos de Siria en el Líbano. El Tribunal para la Antigua Yugoslavia fue usado para atacar a funcionarios del gobierno de Serbia que resistieron las exigencias de la OTAN. La Corte Penal Internacional fue usada para hostigar y perseguir injustamente a dirigentes africanos independientes como Laurent Gbagbo, antiguo Presidente de Costa de Marfil o al líder libio Muammar al Gaddhafi, antes de que fuera sádicamente asesinado. Ahora este abuso de los mecanismos judiciales internacionales se ha aplicado a Brasil y Argentina luego de haber sido ensayado contra el Presidente Lugo en Paraguay.
Con el golpe a Dilma de la semana pasada asistimos al zenit, a rasgos generales, de un proceso que en menos de 12 meses prácticamente ha dado al traste con la ola de izquierda en América Latina, una derrota que no es de ninguna manera definitiva, especialmente tomando en cuenta que la variante de neoliberalismo que promueven regímenes como el de Macri en Argentina o el de Temer en Brasil (o los de las potencias coloniales a ambos lados del Atlántico) solo prometen más recesión y agudización de las contradicciones del capitalismo senil que padece el mundo.
Como toda derrota (y esta es una derrota), pone de manifiesto las debilidades de nuestros pueblos a la hora de construir alternativas. Toda derrota revela ingenuidades, lo importante para los revolucionarios es aprender de ellas para no volver a repetirlas. Más allá del gran logro de haber comprendido la necesidad histórica de superar al capitalismo y de unir a Nuestra América, hemos de constatar que hemos caído en dos grandes tipos de ingenuidades: Uno, de carácter económico, el de pensar que el mercado mundial nos iba a mantener con altos precios de las commodities hasta que reventase el capitalismo, y el otro, de carácter político, el de pensar que íbamos a poder reformar un garito que por siglos ha estado manejado por verdaderos truhanes en función de sus propios intereses, en estados nacionales gobernados por la transparencia, el derecho y la buena fe: es decir, en esa entelequia que la mayoría de las personas en el planeta llama democracia - una entelequia por la que vale la pena luchar y dar la vida, pero de manera informada, es decir, no ingenua.
A menudo los revolucionarios tendemos a caer en uno de los trucos de mercadotecnia más viejos del capitalismo: El creer que todo es "nuevo". Es así que nos enamoramos de conceptos como "guerra asimétrica", o de cuarta, quinta o séptima "generación" como si el ser taimado, artero y mañoso, como si el manipular las percepciones de la gente para lograr el fin deseado, no fuesen parte constitutiva del arsenal de estrategias políticas de la mal llamada civilización humana, de la que tanto nuestras corruptas oligarquías como el imperio estadounidense-occidental son representantes selectos.
Nada es nuevo, todo tiene una génesis en el pasado, nada surge de la nada, eso lo deberíamos haber aprendido los que nos creemos marxistas. Los autogolpes sin gran derramamiento de sangre han sido una práctica recurrente en la historia del Brasil (y en muchos otros países de Nuestra América), pero nos llaman la atención ahora que le hacen un golpe a Dilma, o que están cercando al gobierno del FMLN en El Salvador o que, en Guatemala, han aprovechado el tema de la corrupción para instalar un mecanismo de intervención directa en la forma de una Comisión bajo la autoridad de la ONU. Es claro, históricamente en nuestra región las élites se han visto forzadas a aplicar los golpes "duros", con gran derramamiento de sangre, con tanques en las calles, exiliados, tortura, etcétera, pero no han dejado, siempre que pudiesen, de recurrir a los otros golpes que en incontables ocasiones han impuesto los intereses estratégicos o incluso particulares de las élites.
Hoy en día en Nuestra América no es factible ni deseable (desde el punto de vista de la élite, tanto la local como la global) repetir la "experiencia" del golpe contra Allende en Chile o los 30.000 asesinados de la Argentina de Videla, pero eso, como lo estamos comprobando hoy en día, no quiere decir que el arsenal de técnicas para reestablecer el "orden" de los privilegiados se haya agotado notablemente: en todo caso, se ha refinado. Hoy en día, en vez de torturar o asesinar en masa, se judicializa selectivamente (casos de Argentina con juicios a Cristina Fernández y prisión a Milagro Sala, y de Brasil, con el golpe a Dilma), se asesina bajo el manto de la criminalidad (caso de la Resistencia Hondureña), se manipula la división de poderes (caso de El Salvador), etcétera, etcétera.
Desde Argentina en el sur hasta El Salvador en América Central, nuestros gobiernos han estado - y están - siendo subvertidos con los medios que el imperio y las élites siempre han manejado y que saben manejar mejor que nadie: el sistema judicial y las instituciones diseñadas por ellos mismos. "A veces nos invitan a comer a la mesa que tienden señores poderosos y por urbanismo hay que sentarse, pero esa mesa no es nuestra, es de los señores poderosos", dice Pepe Mujica. Y sus palabras, referidas a las trampas que pone la sociedad de los privilegios a los revolucionarios que acceden al poder político para corromperlos, deben ser extendidas a todos los ámbitos del engranaje político.
Tampoco se trata de una estrategia inventada por Obama. Ya hace casi 30 años, en 1988, los estrategas del imperio producían el documento Santa Fe II en el que establecía, en su quinto lineamiento, que "Para promover realmente los derechos humanos, EEUU debería ayudar a fortalecer los sistemas judiciales en la región." El documento (que vale la pena leer en su totalidad) hace un análisis desde la óptica imperial del planteamient gramsciano sobre la hegemonía y concluye en que es muy peligroso para su dominación que la izquierda aprenda cómo funciona el sistema político y forme sus propios cuadros jurídicos.
Rara vez el enemigo brinda un consejo tan claro, y el único en Nuestra América que parece haberse apropiado a fondo de ese discernimiento es el Frente Sandinista de Liberación Nacional, que a pesar de haber perdido las elecciones en 1990 (o tal vez gracias a ese amargo trance) nunca descuidó la atención a miles de juristas formados de las propias filas revolucionarias, como nunca perdió de vista la necesidad de aprovechar todos los espacios que brinda una estructura político-jurídica históricamente hecha a la medida de los intereses de la élite. Si no hubiese sido por los espacios conquistados en el Poder Judicial y en las instituciones, a estas alturas el Frente Sandinista estaría enfrentando los mismos problemas que muchos de los otros gobiernos progresistas y revolucionarios de América Latina.
Al final lo que está en juego es el futuro de la humanidad en un conflicto entre dos maneras de razonar completamente opuestas. Por un lado está el fallido proyecto de la Ilustración que se ve en el colapso de capitalismo, el choque contra los límites ambientales de la sobrevivencia humana, y el papel de la democracia liberal occidental como coartada de siglos de genocidio y esclavitud del mundo mayoritario. Por otro lado los gobiernos progresistas de America Latina que promueven un proyecto socialista de democracia genuina basado en la cooperación solidaria y el amor y respeto para las y los seres humanos y la Madre Tierra.
A menudo desde la izquierda esto es visto como manipulaciones de la democracia, cuando en realidad son manejos que la hacen posible. A menudo desde la izquierda pecamos de ingenuos, lo que no es malo desde el punto de vista de un movimiento que quiere transformar un orden injusto y criminal, pero se convierte en un pecado mortal cuando los mismos errores se repiten una y otra vez con su consecuente saldo en vidas humanas.