Miguel d'Escoto Brockmann *, 2008

En la encarnación y testimonio vivencial de Don Pedro Casaldaliga vemos lo más bello y noble de lo que supone ser un misionero de Jesús en este mundo. Llegado a Brasil a sus 40 años de edad, se puso de inmediato a la tarea de encarnarse en la realidad de esa parte de nuestra América originaria, ibérica, negra y proletaria en la que le corresponda proclamar su mensaje de amor, paz, justicia y solidaridad.
Don Pedro parece haber tenido siempre claro que la proclamación de la Buena Nueva de Jesús se debe hacer con el ejemplo más que con la palabra; que es el ejemplo de amor y servicio a los hermanos lo que despertará en otros la curiosidad o deseo de entender por qué los discípulos de Jesús se preocupan tanto por la suerte de sus semejantes y en la práctica rechazan la cultura dominante de individualismo y egoísmo.
El claretiano Pedro María Casaldáliga entendió desde el inicio que su cedula de identidad, o tarjeta de presentación, como misionero de Jesús sería el amor que él supiera dispensar a los que vino a servir en nuestra Amerindia. Las palabras de Jesús, recogidas en Juan 13, 35, las había grabado Don Pedro en su conciencia: "En esto conocerán todos que ustedes son mis discípulos: en que se aman unos a otros". Don Pedro, sin duda, habría también leído a Tertuliano cuando éste, volviendo sobre estas palabras de Jesús, nos dice:
Esta práctica del amor es, más que nada, lo que a los ojos de muchos nos imprime un sello peculiar. "Ved -dicen- cómo se aman entre si", ya que ellos mutuamente se odian. "Y cómo están dispuestos a morir unos por otros", cuando ellos están más bien preparados para matarse unos a los otros.
Por su extraordinario don de artista, de poeta, Pedro Casaldáliga pudo haber caído en la tentación de la literatura, pero no cayó. Su más lindo poema es, y siempre ha sido, su vida de amor y de servicio, especialmente para aquellos que han consagrado su vida a la construcci6n de ese otro mundo posible que todas y todos anhelamos en Brasil y en toda la Patria Grande, que adoptó, nuestra América latina y caribeña.
Por eso Don Pedro logra comprender e identificarse plenamente con todas nuestras luchas libertarias y por superar el divisionismo que el Imperio y nuestro egoísmo nos imponen. Reconoce Don Pedro la grandeza espiritual de los que, como Fidel, Daniel, Hugo, Eva, Lula y Correa, ya han transitado de la lógica del yo y lo mío a la del nosotros y lo nuestro. Don Pedro entiende bien el afán unionista de estos prohombres porque él, incluso antes que muchos de ellos, ya sentía esas palpitaciones en su corazón. Todas nuestras más profundas aspiraciones las logra comprender porque, después de todo, Don Pedro lucha para el advenimiento del Reino de Dios que es mucho más revolucionario que nuestros más grandes sueños libertarios, aunque estos ciertamente apuntan en esa misma dirección.
También parece Don Pedro haber estado siempre muy claro de que el mensaje de Jesús debe ser proclamado desde las entrañas de la sociedad a que se le dirige. Es necesario hacer lo que hizo Dios en Jesús, encarnarse, hacerse igual a los hombres y mujeres con quienes trataría. Este principio de encarnación para la transmisión efectiva de la Buena Nueva de Jesús, asumido a plenitud por Don Pedro Casaldáliga, lo llevó a sentirse y a ser visto como igual a todos y todas, en todo lo humano, menos en el pecado.
Tan hondo caló la encarnación de Don Pedro en nuestra América originaria, ibérica, negra y proletaria, que llegó a la mera medula de lo que constituye su esencia hoy en día: ansias de liberaci6n y de conformación de la Patria Grande como medio indispensable para lograrla. Don Pedro se percata de este sentimiento en el alma de nuestra América incluso antes de que brotara con toda su fuerza del subconsciente de la mayor parte de nosotros. Fue zambulléndose en lo más profundo del alma de nuestra multiétnica realidad latinoamericana y caribeña que Don Pedro estableció contacto con Bolívar y Morazán, al igual que con Toussaint Louverture, Martí, Darío, Sandino, Juárez, Tupak Katari, Bartolina Sisa y todos los grandes luchadores de nuestros pueblos originarios. Su compromiso con Jesús no podía dejar de llevarlo a un rechazo total a todo lo que oliera a imperialismo, capitalismo y su inhumana ideología neoliberal. Esto es lo que lo lanza a buscar la forma de ir creando conciencia sobre la urgente e inaplazable tarea de borrar las fronteras que nos dividen y crear la Patria Grande que corresponda a nuestra común identidad como indoamericanos y nos proporcione así la posibilidad de hacernos respetar y de vivir en paz.
Nosotros los nicaragüenses somos testigos privilegiados del espíritu unionista que permite a Don Pedro sentirse y actuar como ciudadano de nuestra Patria Grande. El mismo nos relata cómo fue que en el décimo séptimo día del Ayuno por la Paz y la Autodeterminación de Nicaragua y de toda Centroamérica, él se dijo a sí mismo: Quizá yo deba ir a Nicaragua, para unirme también a esa vigilia de Miguel. Con el patriarca Méndez Arceo, con Pérez Esquivel, con otros amigos solidarios. La insensibilidad, las excusas ideológicas, la asepsia eclesiástica, nos neutralizan el amor y el testimonio...".
Diez días después, el 27 de julio de 1985, Don Pedro publicó un comunicado, con la lista de los 32 obispos, dos pastores evangélicos y más de 200 entidades y personalidades que, a una simple invitación, según el propio Don Pedro nos relata, quisieron adherirse a su gesto de solidaridad con el pueblo de Nicaragua y su vigilia: Como latinoamericano de adopción y como cristiano obispo, en nombre de la Iglesia de Sao Felix do Araguaia, Mato Grosso, Brasil... voy a Nicaragua para unirme en oración al ayuno. . y tensa vigilia de su pueblo. "Oro y p1ata no tengo" -podría decir yo, con Pedro y Juan-; ni armas, ni dip1omacia, ni poder. "Lo que tengo eso os doy": la oración de mi fe cristiana, mi pasión latinoamericana, la inquebrantable esperanza en la liberación del Reino y, si fuera preciso, con cantos otros que nos precedieron, mi propia vida también. ''En nombre de Jesús de Nazaret": Nicaragua, Centroamérica, América Latina, ¡levántense, ustedes mismos, sin intervenciones, y caminen al aire de la Libertad Nueva!
Es este sentirse uno con todas y todos en nuestra Patria Grande, su "pasi6n latinoamericana", su desbordante amor a las y los que luchan por el advenimiento del Reino, lo que lo hace volarse todas las trancas que un estéril convencionalismo eclesiástico impone para impedir el libre vuelo del Espíritu. Don Pedro es y se siente obispo latinoamericano y, en ese sentido, también es y se siente corresponsable de la credibilidad de nuestra Iglesia en esta parte del mundo. Es importante poner atenci6n a la explicaci6n que dio a las periodistas del porqué de su primera visita a Nicaragua. Además de repetir que había venido para sumarse al ayuno y vigilia de nuestro pueblo por la paz, la no intervención y la autodeterminaci6n en Nicaragua y en toda América Central, dijo esta otra cosa también muy importante: "he venido también, como obispo latinoamericano, para aportar mi corresponsabilidad a la credibilidad de la Iglesia, en Nicaragua, en Centroamérica, en América Latina, dentro de esos procesos de transformación social de afirmaci6n de identidad patria, de autonomía".
Eso de nuestra "corresponsabilidad" para con la "credibilidad" de la Iglesia es un concepto que tuvo y sigue teniendo mucha resonancia en mis propias entrañas. Es precisamente ese sentimiento el que me obligó a mí a no acatar el ultimátum que me vino de Roma para que, en no más de 15 días de haberlo recibido, desistiera de defender los derechos a 1a paz, a 1a vida y autodeterminación de mi pueblo desde la cancillería nicaragüense. Las palabras de Don Pedro desde entonces me han ayudado mucho también a fortalecer mi creencia de que en casos de contradicción, nuestra conciencia cristiana, formada en años de oraci6n y reflexi6r sobre las enseñanzas de Jesús, deberá ser privilegiada.
La autoridad eclesiástica ha sido muy dada a descalificar e, incluso, ridiculizar las acciones y palabras de sacerdotes, obispos o cardenales que no coinciden con sus opiniones y prefieren decir y hacer lo que en conciencia entienden ser lo que Jesús espera de ellos ·en un momento dado. Explicando su presencia en Nicaragua, Don Pedro dice: '' He venido para estar cerca del dolor de este pueblo... Sí, también para suplir un poco -sin pretensiones, pero conscientemente- algo que quizá le falte aquí al Cuerpo del Señor que es la Iglesia'. No debemos olvidar que la jerarquía de la Iglesia cat6lica nicaragüense en aquella época había dado la espalda a su pueblo que estaba siendo masacrado y, de hecho, la jerarquía se había aliado con Reagan cuya Agencia Central de Inteligencia (CIA) la había bautizado con el nombre de ENTIDAD y a ese nombre destinaba cuantiosas sumas de dinero y/o equipos, en recompensa por servicios prestados al Imperio. El hecho de que la jerarquía eclesiástica nicaragüense haya recibido orientaciones de Roma para actuar de esa manera, como lo afirman Bernstein y Politi, no hace menos grave esa traici6n y el desamparo pastoral en que la jerarquía católica nicaragüense dejó al pueblo en lucha por su vida.
Don Pedro ciertamente no es uno de esos que puede fácilmente tranquilizar su conciencia y no hacer nada de lo que su sentido de solidaridad evangélica le exige, simplemente por no contrariar posibles normas canónicas u orientaciones vaticanas. El prefiere seguir al Espíritu y tomar los riesgos que eso implica. "Ya sé que mi venida a Nicaragua es", dijo en aquella ocasi6n, "una señal de contradicción. No lo pretendo, pero no puedo evitarlo. La Causa de Jesús, en todo caso, mejor o peor servida, nos pone siempre en violencia, como previno Él. Y Dios puede llamarle a uno a cualquier hora desde una zarza ardiendo".
En el contexto de esa primera visita a Nicaragua Don Pedro escribió: "Ya se que me acusan de entrometido. Aunque algunos, muchos quizá, no me entiendan, yo pienso que no puedo dejar de atender aquella pregunta del Señor: “¿Qué has hecho de tu hermano? ¿Por tu hermano?” Está claro que al Señor difícilmente podríamos contestarle con la excusa de que no habíamos hecho nada por no contrariar orientaciones pastorales locales o emanadas en el propio Vaticano, cuya complicidad en el crimen que se estaba perpetrando contra Nicaragua es algo que no admite discusión.
Pero cuando se tiene una clara conciencia de que la fraternidad humana y, con más razón, la solidaridad cristiana no debe ser limitada por fronteras, idiomas, razas o creencias, no se duda que la única forma de actuar, para dar testimonio inequívoco del amor de Dios, es como lo hizo y lo ha hecho siempre Don Pedro. Con su ejemplo Don Pedro Casaldáliga claramente nos enseña que cuando, por la raz6n que fuere, una Iglesia local, o el propio Vaticano, no estén comportándose a la altura de su misi6n, la Iglesia universal tiene que suplir para tratar de, por lo menos, mitigar el impacto del escándalo teológico y la consecuente pérdida de credibilidad de la Iglesia. Obviamente, la latinoamericanidad o el sentirse ciudadano de la Patria Grande en el caso de Don Pedro es algo profundamente arraigado en su creencia en el Cuerpo Místico de Cristo y en la hermandad de toda la humanidad.
Esta reflexión me trae a la mente acotaciones de Gandhi sobre el tema. Críticos de Gandhi lo acusaban de inmiscuirse en política como queriéndole decir que un religioso traicionaba su vocación al salirse de los estrictos límites de lo que ellos consideraban religión:
"Yo no podría vivir una vida religiosa si no me identificara con toda la humanidad y eso no lo podría hacer si no tomara parte en política. La totalidad de las actividades humanas hoy en día constituye un todo indivisible. Uno no puede dividir el trabajo social, económico, político y estrictamente religioso, en compartimientos impermeables... Yo no podría vivir ni un solo segundo sin religión... Mi actividad política y todas mis otras actividades son consecuencia de mi religión... Y no estoy hablando de sectarismo".
Vale la pena detenerse un poquito y ver cómo reaccionó la jerarquía católica nicaragüense a la visita de Don Pedro. La reacción de nuestra jerarquía pone más en evidencia la urgencia de aquella visita de Don Pedro a Nicaragua. El mismo día de su llegada él pudo sentir la inmensa alegría con que su solidaridad evangélica era recibida por el gran número de laicos, religiosas, sacerdotes y pueblo en general que en Nicaragua se identificaba con el sueño de los desposeídos y se oponía a la agresi6n imperialista. La forma en que lo recibieron los padres Cesar Jerez, Rafael Aragón, Arnaldo Centeno y todos los sacerdotes con muy pocas excepciones, además de las monjas y las comunidades eclesiales de base, no pudo haber sido más fraterna. Nos cuenta cómo fue "franciscanamente" acogido por el padre Uriel Molina, donde cenó y durmió aquella primera noche. Pero de parte de nuestra jerarquía la cosa fue muy diferente. Inmediatamente después de su llegada, en h mañana siguiente, Don Pedro tuvo que desplazarse a Matagalpa para participar en los funerales de un grupo de madres asesinadas por la Contra mientras ellas llevaban alimento a sus hijos combatientes. En su diario Don Pedro registró lo que presenció y lo que sintió en aquel entierro:
"Los féretros están allí, al otro lado del altar. Y yo siento que el altar y los féretros son una sola Pascua. Beso al altar y los féretros, uno a uno, acompañado por los demás concelebrantes. Consuelo a las familias de las víctimas, hablo al pueblo: Os bendigo en la sangre de Jesús y en la sangre de estas madres que yo declaro resucitadas... ¡Que os bendiga a todos el Dios de la Vida, el Dios de la Libertad, el Dios de la Paz! La esperanza de Nicaragua no se frustrará, porque el Dios de los pobres no ha de permitir que la destruyan.
Los versos de Edwin Castro, grabados en una pared de las calles de León, ganaban dentro de mí una versión materna aquel día:
"Mañana, madres nuestras, todo será distinto..,". Aquellas madres que parieron un día hijos estaban pariendo ahora, sencilla y heroicamente, la Nicaragua nueva.
Por la tarde concelebre también en el poblado La Trinidad otro funeral por treinta soldados caídos en la flor de la juventud. jPara quien acababa de llegar era un fuerte bautismo de sangre y duelo!
Aunque Don Pedro hubiese preferido comunicarse con la jerarquía católica nicaragüense en el primer día de su estancia en Managua no le fue posible por los “funerales de emergencia" a los que se sintió evangélicamente impelido a asistir el 29 de julio de 1985. Por eso su comunicación con los obispos fue solo al siguiente día, es decir el 30. Lo hizo mediante una carta enviada al cardenal Miguel Obando para toda la Conferencia Episcopal Nicaragüense. En el contexto de nuestra reflexión sobre la causa de la Patria Grande en el testimonio episcopal de Don Pedro Casaldáliga, creo que vale pena rescatar la totalidad de esa carta como también la reacción de los obispos nicaragüenses a la misma. "A monseñor Obando y Bravo, arzobispo cardenal de Managua, y a toda la Conferencia Episcopal Nicaragüense.
Queridos hermanos: El domingo, día 28, llegue a Managua para juntarme a la vigilia de oración y ayuno del padre Miguel d'Escoto y a la tensa vigilia de todo el pueblo e iglesias de Nicaragua. Me pareció ser una llamada de Dios en mi vida de obispo; y el equipo pastoral de mi iglesia de Sao Felix do Araguaia respaldó plenamente mi decisión. Sentí que este gesto podría ser una pequeña contribución a la solidaridad de América Latina, y más concretamente de Brasil, con Nicaragua y con toda América Central; una apelación a la conciencia, humana y cristiana, del Primer Mundo; un servicio eclesial de corresponsabilidad apostólica. No vengo a dar ninguna lección. Quiero estar cerca del sufrimiento y de la esperanza de su pueblo. Mi actitud podría ser conflictiva; también lo es para mí: siempre la causa del Reino nos exige "violencia''. Mi intención, en todo caso, es sinceramente evangélica. Les adjunto la nota con que explique a la Iglesia y al pueblo del Brasil mi decisión; así coma también la carta en que se la comunique a la presidencia de nuestra Conferencia Episcopal; igualmente la Lista de los 23 obispos del Brasil que, en el plazo de un día de contactos solamente, se solidarizaron conmigo, delegándome con su adhesión total y con el apoyo de sus respectivas iglesias. Unas 200 entidades y personalidades brasileñas -pastorales, de derechos humanos, sindicalistas, indígenas- también me concedieron su de1egaci6n solidaria. Les pido, hermanos, que me acompañen en con su oración. El Señor Jesús está siempre allí donde nos reunimos en su Nombre. Maríao su madre, dolorosa como tantas madres nicaragüenses, gloriosa hoy con su Hija resucitado, no dejará de poner su corazón sobre este clamor de paz de todo un pueblo, junto a este empeño nacional de vida y liberaci6n. Les abraza fraternalmente, en Cristo Jesús...".
El mismo día 30, monseñor Bosco Vivas Róbelo, como secretario de la Conferencia Episcopal Nicaragüense, firma un mensaje dirigido al presidente de nuestra CNBB, monseñor Ivo Lorscheider. Este mensaje llegó al diario conservador e inveterado enemigo de la CNBB, "O Estado de Sao Paulo", antes que a la Conferencia Episcopal Brasileña.
Dice el mensaje: "Los obispos de la Conferencia Episcopal de Nicaragua saludan a los hermanos obispos de Brasil y les piden respetar la autoridad de los obispos locales evitando injerencias que puedan traer consecuencias más graves contra la Iglesia en Nicaragua, ya bastante sufrida. Los obispos nicaragüenses conocen la situación de su Iglesia y de su país mejor que los obispos brasileños, ya que viven con sus fieles las angustias y las esperanzas. Los obispos de Nicaragua creen que se lesiona gravemente la caridad y comuni6n eclesial cuando algunos obispos de Brasil hablan o actúan ignorando la autoridad episcopal nicaragüense ".
¡Habráse jamás escuchado semejante barbaridad! Don Pedro, los obispos del Brasil y gente en todo el mundo estaban al tanto y repudiaban la masacre que el Imperio estaba cometiendo contra el pueblo de Nicaragua. Como una obligación de conciencia en todos los continentes se habían formado grupos de solidaridad que continuamente se estaban manifestando, incluso en los propios Estados Unidos, en repudio al genocidio. No obstante, nuestra jerarquía católica nicaragüense no sólo no decía nada sino que más bien criticaba que esa solidaridad con nuestro pueblo agredido “lesiona gravemente la caridad y comunión eclesial.”
Así de grave estaban las cosas en nuestra Nicaragua en los ochenta. Cuando la Corte Internacional de Justicia en La Haya emite la más fuerte condena en la historia del derecho internacional contra la política de Estado alguno y condena a Estados Unidos por lo que estaba hacienda en Nicaragua, un obispo católico nicaragüense, monseñor Pablo Vega, salió como voz solitaria en el planeta, diciendo que la Corte no sabía nada y, como repitiendo lo de la carta de monseñor Bosco Vivas a los obispos del Brasil, que: "los obispos nicaragüenses conocen la situación de su país mejor que los ,obispos brasileños" y que la Corte Internacional de Justicia en La Haya. No obstante, el secretario general de la Conferencia Episcopal Brasileña respondió a la protesta de monseñor Vivas, en nombre de la CNBB, reconociendo el derecho de los obispos nicaragüenses a reclamar y respectando también - profundamente”, decía- el gesto de solidaridad de Don Pedro con la insurrecci6n evangélica.
No cabe duda que para el pueblo cristiano nicaragüense y para todo el pueblo en general, que sentía y resentía el abandono de su iglesia en aquellos días de terrible agresión imperialista, el testimonio de Don Pedro fue de un inmenso valor. Por medio de este humilde y fraterno obispo de Sao Felix do Araguaia los nicaragüenses que condenábamos y denunciábamos el baño de sangre a que está siendo sometido nuestro pueblo, ante el silencio cómplice de nuestra jerarquía local, sentimos el abrazo y la consolación ya no solo de todo el Mato Grosso sino que también de toda la Iglesia del Brasil y de Latinoamérica.
Veíamos nosotros en aquellos días a la Iglesia del Brasil como la Iglesia que más había avanzado, desde los tiempos de Don Helder Cámara, en su liberación de la antievangélica camisa de fuerza en que normas y cálculos politíqu eros de la iglesia curial pretendía limitar su misión profética y sacerdotal.
Me parece importante, en el contexto de este recordatorio de solidaridad internacional, mencionar algo que considero también de un inmenso valor testimonial. Seis obispos católicos del Japón, del lejano y querido Japón, fueron, entre los miles y miles de voces solidarias en ocasi6n del ayuno, las primeras que llegaron a Nicaragua. El obispo Aloyius Nobu Soma de Nagoya, que era el encargado de asuntos de justicia y paz dentro de la conferencia episcopal nipona, fue sin duda el que se las ingenió para que la solidaridad japonesa se hiciera sentir rápido. Fue un gesto muy lindo e importante.
Los nicaragüenses, sin embargo, requerían también de una voz solidaria de la Iglesia de nuestra Patria Grande. Esa voz vino de la Iglesia del Brasil desde donde la de Don Pedro fue la más importante entre tantas que vinieron de comunidades religiosas, obispos y cardena1es. Dentro de estas cabe destacar la de nuestro muy querido y respetado cardenal Paulo Evaristo Arns, arzobispo de Sao Paulo. Su carta del 23 de julio a Nicaragua fue verdaderamente una bendición de Dios -como comenta Don Pedro en su maravilloso diario publicado por Ayuso-Misión Abierta bajo el título de Nicaragua - Combate y Profecía. He recurrido a ese libro para refrescar mi memoria y ayudarme en este escrito. La verdad es que el leerlo, después de una rápida ojeada de hace ya más de 20 años, me ha impactado grandemente.
A mi, para ser franco, no deja de incomodarme el ver mi nombre tantas veces en el libro. En todo caso, está claro que yo no fui más que un instrumento. Mas que protagonista, siempre me sentí espectador -es decir, espectador de las grandes cosas que el Señor hace en y entre nosotros- . Durante el ayuno, a que en este escrito se alude con frecuencia, nunca dejamos de conmovernos al ser testigo de las maravillas del Señor en lo que en realidad es la continuación de los Hechos de los Apóstoles. El sigue siendo el gran Hacedor. Entre estas maravillas, la fe, la esperanza y el valor de nuestro pueblo era lo que mas nos entusiasmaba y fortalecía. Pero también fue imprescindible para contrarrestar aquel sentimiento de orfandad individual, y colectiva, recibir el amor de nuestro Dios a través de Pedro Casaldáliga, Paulo Evaristo Arns, Sergio Méndez Arceo y tantos obispos de todo el mundo que son y se sintieron siempre portadores de la causa de Jesús en la Iglesia universal.
Esta catolicidad de la misión apostólica no disminuye por el hecho de que un obispo se le haya encargado velar particularmente pro una pequeña parte dentro de la totalidad de la Iglesia. No quisiera ni pensar que hubiera pasado con la fe de miles y miles de cristianos nicaragüenses si no hubiera, en aquella hora de agresión imperialista, de sangre y muerte, agravada por lo que sólo se me ocurre llamar el “desastre” de la pastoral nicaragüense en los años 80, si no hubieran recibido el ministerio de consolación de Don Pedro. O, mejor, para ponerlo en las mas elocuentes palabras de Leonardo Boff: “¿Qué será de las madres que entierran a sus hijos ya sin figura humana si no hubiera quien las consolase? ¿Qué seria de todo un pueblo que día a día ve aumentar el cerco, que siente fraguarse la amenaza de invasión y que teme que se frustre la victoria de la revolución, si ese pueblo no fuese permanentemente consolado? Don Pedro no sólo lo consoló, sino que renovó su esperanza en la Iglesia y en los ideales mayores de la revolución sandinista.”
Como cristiano, mas aun, como sacerdote de esta nuestra Patria Grande, originaria, ibérica, negra y proletaria, doy gracias a Dios por habernos permitido sentir siempre su Presencia, su Gracia y su Acompañamiento en aquellos difíciles y dolorosos años de agresión imperialista en los 80, mediante el ministerio de nuestros obispos Pedro Casaldáliga, Paulo Evaristo Arns, Sergio Méndez Arceo, Leónidas Proaño, Samuel Ruiz, Tomas Balduino y de los padre Cesar Jerez, Uriel Molina, Rafael Aragón, Antonio Castro y José Power. Ellos, junto a muchísimos más, pudieron suplir, en gran medida, lo que en un momento dado nos faltó. Doy gracias también porque “la noche oscura” de nuestra Iglesia nicaragüense haya sido ya bastante superada y porque en el actual capitulo de nuestra lucha libertaria tengamos la bendición de contar con el cardenal Miguel Obando y Bravo como presidente de la Comisión Nacional de Reconciliación y Paz. Sólo mediante el perdón y la reconciliación lograremos mirar hacia el futuro con optimismo y trabajar hasta alcanzar el alba de la definitiva independencia de nuestra Patria Grande.
* Extracto del libro:
"Pedro Casaldaliga - Las Causas que dan sentido a su vida - Retrato de una personalidad"
Serie Homenaje a Amigos, Editorial Nueva Utopía, Segunda edición. (Madrid:2008) Coordinadores: Benjamín Forcano y otros.