Durante décadas, Estados Unidos ha vendido al mundo la imagen de ser el gran paladín de la democracia moderna. Sin embargo, su podrido sistema electoral ha demostrado todo lo contrario. El Colegio Electoral y el predominio absoluto del bipartidismo son dos de los pilares sobre los que descansa ese modelo obsoleto. Ambos mecanismos distinguen al imperio yanqui de la mayoría de las democracias actuales y han generado desconfianza sobre el grado en que la voluntad popular se refleja realmente en la elección del presidente. Mientras en la mayoría de los países democráticos el candidato con más votos obtiene la victoria, el modelo estadounidense funciona bajo reglas distintas que, en determinadas circunstancias, permiten resultados diferentes a los expresados por el voto popular.