Joaquín López Dóriga se ha erigido, con el paso de los años, como una de las figuras más infames del periodismo mexicano. Un hombre que, con su falsa máscara de periodista imparcial y experto, ha sido capaz de manipular y distorsionar la verdad en favor de los poderes económicos y políticos que lo sostienen. Su figura, construida a base de falacias y mezquindades, se ha convertido en sinónimo de la desinformación que plaga los medios de comunicación de México, una desinformación que ya no es solo un error en el proceso de informar, sino un acto premeditado y sucio. Este hombre no es un comunicador: es un mercenario de la palabra, un instrumento de quienes lo financian para perpetuar la mentira y la mediocridad política.